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Un cuento chino

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 16 de septiembre de 2012

El arranque de esta historia llena de giros sobre sí misma está inspirado en un curioso suceso real acaecido hace algunos años: un avión carguero ruso con problemas para llegar a destino decidió aligerar su carga lanzando al mar parte del ganado que transportaba. El azar quiso empero que una de las vacas cayera directamente sobre una pequeña embarcación, matando al instante a la mujer de una dulce parejita china a punto de sellar su compromiso matrimonial en medio de un lago.

El azar es, por lo demás, el gran disparador de las situaciones tramadas por Sebastián Borenstein, joven guionista y director de Un cuento chino, su tercer largometraje después de La suerte está echada (2005) y Sin memoria (2010), thriller rodado en México y aún inédito en Argentina. Así, por ventura, Roberto se topa con Jun. Este último acaba de ser arrojado de un taxi, a bordo del cual fue robado por uno de los tantos taxistas porteños avivados que circulan por las calles de Buenos Aires a la pesca de incautos, turistas o provincianos preferentemente.

Jun sólo habla mandarín y se encuentra visiblemente en problemas: desorientado, falto de dinero, sin saber a dónde encaminar sus pasos, incapacitado para comunicarse con los ciudadanos que lo miran extrañados pero sin tiempo ni interés para detenerse a preguntar qué le ocurre. En parte por curiosidad, pero asimismo porque en el fondo, detrás de las apariencias, es un buen tipo, Roberto acaba llevándolo a su casa. Tiene la esperanza de sacarse de encima cuanto antes a ese huésped no deseado que viene a alterar su metódica vida de ferretero de barrio, cuya única preocupación pareciera consistir en controlar que los proveedores le entreguen la cantidad exacta de clavos que acaba de adquirir. Es cuestión de llamar a la embajada, ellos se ocuparán —piensa— de encontrar cómo resolver el problema de su connacional. Suposición equivocada puesto que los funcionarios encuentran innumerables pretextos para evitar involucrarse en la situación.

El tercer personaje es Mari, vecina del arisco y ensimismado Roberto, al que le tiene echado el ojo, sobrellevando sin hacerse muchos problemas los torpes desaires del comerciante, obsesionado en coleccionar recortes de prensa acerca de noticias estrafalarias y con visibles dificultades para relacionarse socialmente. Entre los tres se arma un triángulo, no en el sentido tradicional, pues la muchacha provinciana y el extranjero en Babia sospechan poder encontrar solidaridad una en el otro y viceversa, urdiendo una suerte de conspiración contra el hosco protagonista y su férrea resistencia a mudar de rutinas y comportamientos.

COMEDIA. El asunto despunta en tono de comedia, pero con el transcurrir de los minutos va escorando hacia un drama convivencial, pautado por desencuentros culturales e imposibilidades de comunicación con el mínimo de fluidez necesaria para escabullirse del precario intercambio gestual, siempre abierto a los equívocos y las interpretaciones contradictorias. Aunque la idea subyacente, insinuada por aquí y por allá a lo largo de la trama, es que la sensibilidad permite sortear en última instancia los escollos franqueando un modus vivendi llevadero, en torno al cual revolotean la suerte, el destino, la casualidad.

El tratamiento narrativo juega casi todas sus fichas a la composición de Ricardo Darín, sin lugar a dudas el mejor actor del cine argentino de los últimos 15 años por lo menos. Darín es un “animal cinematográfico”, con poca presencia en Tv y casi ninguna en teatro, ámbitos usualmente compartidos por sus colegas. La fama de Darín se basa de modo casi excluyente en los sucesivos papeles interpretados frente a la cámara, asumiendo roles bastante parecidos entre sí. Esto, sin embargo, no obsta para que en cada uno de los casos consiga dotar a esos roles de un espesor humano y de una intensidad no necesitada de los grandes despliegues gestuales ni de esa tendencia tan común en los intérpretes argentinos a la sobreactuación.

Aquí, de hecho, los momentos más vibrantes dependen del intercambio de miradas entre los personajes, de los silencios en los cuales pareciera naufragar toda posibilidad de comunicarse y de los gestos mínimos que dejan aflorar la incomodidad, las dudas y, por último, la resignación a llevar hasta el final una responsabilidad asumida de modo fortuito. Es un acierto, en este sentido, dejar sin traducción los recurrentes dichos en mandarín, permitiendo que el espectador se haga cómplice de la perplejidad del irritado anfitrión.PASADO. Bastante menos logrados resultan los flashbacks explicativos de los antecedentes de los personajes. El referido a Roberto remite a la muerte de su padre, inmigrante italiano, mezclado con episodios de su actuación como soldado en la Guerra de las Malvinas, apunte bastante forzado e innecesario para justificar su misoginia y malhumor.

El hilo de la trama vendría a ser la ansiosa búsqueda del tío de Jun, el novio sobreviviente a la vaca voladora, empeño malogrado por la impasibilidad burocrática de los funcionarios diplomáticos, atenidos a tiempos y ritmos de trabajo propios de las épocas cuando se construía la Gran Muralla, así como con la visión rudimentaria de un policía excesivamente caricaturizado. Entre todos se las ingenian para dilatar las cosas, llevando a Roberto al borde del frenesí, mientras con verdadera impavidez oriental el cada vez más incómodo “visitante” mantiene la compostura atrincherado en su hermético código de sonrisas y reverencias.

Sin embargo, la pesquisa es un mero pretexto para abrir el relato hacia las varias subtramas. Borenztein no apunta al suspenso en esa pesquisa; el desarrollo dramático es, más bien, bastante previsible y se encamina a un desenlace, entre didáctico y moralizante, falto de sorpresa.

La puesta es funcional y ayuna de riesgos o pretensiones. La cámara se limita a seguir el desplazamiento de los personajes, volviendo una y otra vez al rostro de Darín cuyo aparente gesto huraño e inexpresivo está en cambio lleno de matices. Gracias a éstos, las situaciones adquieren un espesor capaz de redimir incluso varios momentos de humor facilón, levantándolos a un nivel que redunda a favor de un resultado por demás llevadero y disfrutable. Ficha TécnicaTítulo original: Un cuento chino. Dirección: Sebastián Borensztein. Asistente de dirección: Eugenia Levin. Guión: Sebastián Borensztein. Fotografía: Rodrigo Pulpeiro. Montaje: Diego Garrido. Arte: Valeria Ambrosio, Laura Musso, Cristina Menella. Música: Lucio Godoy. Producción: Pablo Bossi, Juan Pablo Buscarini, Gerardo Herrero, Benjamín Odell. Intérpretes: Ricardo Darín, Muriel Santa Ana, Ignacio Huang, Pablo Seijo, Iván Romanelli, Leonel Derli Pradas, Joaquín Bouzas y Gustavo Comini. Argentina/2011.

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