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Dos cuentos de Dashiel Hammett

Bert Pirtle toqueteó con impaciencia el periódico hasta que los dientecillos afilados de su esposa cortaron el último hilo suelto y, con un gesto que indicaba que había terminado ya, se quitó el dedal. Luego se llevó la túnica al dormitorio.

Dashiel Hammett

Dashiel Hammett

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 08 de diciembre de 2013

El cruzado

Bert Pirtle toqueteó con impaciencia el periódico hasta que los dientecillos afilados de su esposa cortaron el último hilo suelto y, con un gesto que indicaba que había terminado ya, se quitó el dedal. Luego se llevó la túnica al dormitorio.

Tras tirar de ella para pasársela por la cabeza y los hombros delante del espejo del tocador, observó que había ocurrido un milagro: de pronto, mientras los pliegues de aquella prenda se asentaban, Bert Pirtle había volado, había desaparecido de aquella habitación en la que había dormido con su esposa todas las noches de los últimos siete años. En el lugar donde antes estaba él había ahora un extraño, aunque tal vez fuera exacto decir un hombre extraño, pues el recién llegado parecía más bien un espíritu, un símbolo, que alguien hecho de carne y hueso. El cuerpo que había dentro de la túnica —si es que efectivamente era un cuerpo—, se alzaba con más altura y mejor tamaño que el desaparecido Bert Pirtle y, pese a su incorporeidad, tenía una existencia más pronunciada. Por dos agujeros simétricos en el capirote puntiagudo, bien terminados con punto de ojal, ardían los ojos con el brillo casi inefable de las misiones sagradas. Lo que había ahora delante del espejo ya no era un hombre sino un espíritu: el espíritu de una nación, o incluso de una raza.

Mientras permanecía allí sin moverse, Bert Pirtle tuvo una visión. En uno de sus antiguos libros escolares había una imagen de un cruzado que llevaba por encima de la armadura un sobreveste blanco con una cruz grande estampada.

En aquel momento recordó la imagen; más que recordarla, la vio allí delante, en el tocador de roble. Por primera vez vio al cruzado, se dio cuenta de la gran pompa que tenían las cruzadas, llegó a ver de verdad la flor de la cristiandad —identidades separadas perdidas dentro de los yelmos de hierro, igual que se perdía la suya dentro de la sábana blanca— moviéndose bajo una extraña luz de clara blancura hacia Jerusalén.

Más allá de la solitaria figura en primer plano, el espejo mostraba un desfile de grandes columnas, falanges enormes de hombres de hierro bajo sus túnicas níveas con cruces rojas engalanadas que salían al encuentro del sarraceno; la luz del sol brillaba en las armas y en los adornos de oro y plata, en penachos y estandartes verdes, morados y escarlatas; el polvo se arremolinaba tras ellos y en lo alto. Y entre esos regimientos sagrados estaba él, que antaño fuera Bert Pirtle y ahora era simplemente —con una simplicidad casi divina— un caballero andante.

El Bert Pirtle que permanecía frente al espejo del tocador no estaba acostumbrado a soñar con aquella intensidad: se estremeció, tragó saliva y de sus poros empezó a brotar el sudor. Nunca había conocido aquella exaltación, ni siquiera en la ceremonia de iniciación de la noche anterior, en la Nigger Hill entre una muchedumbre amortajada de blanco, grotesca la luz de una hoguera gigantesca, mientras escuchaba un juramento largo, extraño, inspirador y no del todo comprensible, y lo iba repitiendo.

Acto seguido, los remolinos de polvo desfiguraron las filas de hombres del espejo y de aquella nube de azafrán salió un jinete solitario, todo vestido de blanco y montado en un caballo blanco, otro que combatía por la Causa. Un segundo recuerdo  escolar acudió a la mente del hombre que soñaba; bajo la capucha blanca su boca pronunció un nombre: Galahad.

Se abrió la puerta del dormitorio. Un bebé tropezó en el umbral, cayó al suelo con un ruido sordo, entró rodando en la habitación y se puso en pie con una levedad desmañada. El niño abrió los ojos como platos al ver aquella figura ante el espejo, batió el aire con sus palmas rosadas y de su boca salió un chillido de puro éxtasis. Se acercó al hombre bamboleándose y balbuceó con alegría:

—Cucú! ¡Papá juga cucú!

Otro crimen perfecto

Aunque me condenaron por el asesinato del presidente Bowlby Bunce, es cierto que lo maté. Ya no recuerdo por qué: me atrevería a decir que había algo de ese hombre que no me gustaba. Eso no es importante. Sin embargo, me parece que el público que tan atentamente ha leído esas entrevistas que jamás concedí y ha contemplado las fotografías mandadas por mis amigos personales merece saber por qué aquí, en el corredor de la muerte, he hecho un nuevo testamento en el que cedo toda mi fortuna al departamento de ficción de la biblioteca pública. (Antes de iniciar esa explicación, sin embargo, quiero manifestar que, si bien no me molestaría haber nacido en cualquiera de las otras casas fotografiadas en distintos periódicos, debo repudiar, por hacer justicia a mis padres, el iglú que apareció en el Examiner del miércoles.)

Sigamos con mi historia: cuando decidí —por razones sin duda suficientes, aunque ahora no las recuerde con claridad— matar al presidente Bowlby Bunce, planifiqué el asesinato con la más cuidadosa atención a todos los detalles.

Como avezado lector de la literatura dedicada a las ilegalidades más estridentes, me halagaba pensar que, entre todos los hombres, yo era el mejor equipado para cometer el crimen perfecto.

Acudí a su despacho a media tarde, cuando sabía que todos sus empleados estarían presentes. En la oficina exterior capté su atención con mi presencia y les hice caer en la cuenta de la hora exacta con una acalorada queja porque el reloj iba un minuto adelantado. Luego entré en el despacho privado de Bunce. Estaba solo. Saqué de los bolsillos el martillo y los clavos que había comprado el día anterior a un ferretero que me conoce y, sin prestar atención a un asombrado Bunce, clavé todas las ventanas y la puerta para que quedaran cerradas.

A continuación escupí la píldora que había tomado para preparar la voz y le grité con gran estridencia:

—¡Le odio! ¡Tendrían que matarlo! ¡Le voy a herir!

En su cara, la sorpresa se volvió aún más completa.

—Quédese sentado — le ordené en voz baja mientras sacaba el revólver del bolsillo.

Era un revólver montado en plata con mis iniciales grabadas en cuatro sitios distintos.

Pasé caminando por detrás de él, atento a mantener el arma cerca para que dejara las marcas de pólvora que indicarían que se había disparado él mismo, y le pegué un tiro en la nuca. Mientras destrozaban la puerta me atareé con el tintero que había en su escritorio para dejar mis huellas dactilares clara y limpiamente marcadas en la empuñadura de mi revólver, el mango del martillo, el cuello blanco de la camisa de Bunce y unas oportunas hojas de papel; a toda prisa, me metí en el bolsillo la estilográfica del muerto, su reloj y su pañuelo, justo cuando cedía la puerta.

Al poco llegó un detective. Me negué a contestar a sus preguntas. Al registrarme, encontraron la pluma de Bunce, su reloj y su pañuelo. Examinaron la habitación: puerta y ventanas clavadas desde dentro con mi martillo, mi revólver firmado junto al cadáver, mis huellas por todas partes. Interrogó a los empleados de Bunce. Le contaron que me habían visto entrar y pasar al despacho cuando Bunce estaba solo y luego habían oído los martillazos, mis amenazas y el disparo.

Y entonces... ¡Entonces, el detective me detuvo!

Luego resultó que aquel sabueso aficionado cuyo sueldo pagaban los accionistas no había leído una sola historia de detectives en toda su vida y, por lo tanto, no había sospechado que, con tal cantidad de pruebas fehacientes contra mí, yo tenía que ser inocente a la fuerza.

Inéditos del inventor de la novela negra

La literatura del siglo XX le debe al escritor estadounidense Dashiel Hammett (1884-1961) la posibilidad de que el género narrativo detectivesco —ese divertimento de origen inglés tan grato a la lectura y la imaginación— diera un gran salto para convertirse en un tipo de novela realista que sin dejar de lado la resolución de un misterio sea también un duro retrato de época. Es decir, le debe la invención de la novela negra.

La editorial española RBA acaba de poner en circulación la compilación más completa de los cuentos de Dashiel Hammett, traducidos por Enrique de Hériz, bajo el título de Disparos en la oscuridad. Se trata de 65 relatos cuya búsqueda y ordenamiento ha debido significar para los editores una labor detectivesca muy parecida a las a su hora emprendieron Sam Spade o el Agente de la Continental, memorables encarnaciones de la figura del detective en la narrativa de Hammett.

El libro presenta los cuentos de Hammett en orden cronológico, lo que permite al lector interesado seguir las huellas del desarrollo de su escritura y de sus personajes. El primer cuento fue publicado en 1922. El escritor “tenía 28 años, una esposa de 25 y un bebé. Y necesitaba comer”, como apunta Juan Carlos Galindo en una nota sobre esta novedad editorial publica en el diario El País de Madrid.

Antes de dedicarse a la literatura, Hammett había sido detective de la famosa agencia Pinkerton de Estados Unidos. Cuando empezó a escribir cuentos policiales sabía de lo que estaba hablando.

Muchos de los relatos recogidos en Disparos en la oscuridad aparecieron en la revista Black Mask, un pulp del que Hammett fue frecuente colaborador.

Entre los 65 relatos hay ocho inéditos en castellano, de los cuales se reproducen dos en estas páginas.

El halcón maltés (1930), La llave de cristal (1931) y El hombre delgado (1934) son las novelas más conocidas y reconocidas de Hammett. La primera fue llevada al cine por John Huston en 1941 —antes hubo dos versiones cinematográficas— con las memorables actuaciones de Humphrey Bogart, Mary Astor y Peter Lorre. Se dice que este filme inventó el cine negro.

En vida, Hammett publicó dos libros de cuentos: Cosecha roja en 1929 y Dinero sangriento en 1943. El escritor murió en 1961.

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