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Un día en Normandía

Los 70 años del Día D se entremezclan, con algo de humor, con los malabarismos diplomáticos de hoy

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 13 de julio de 2014

Cada 6 de junio, se conmemora en Francia el audaz desembarco aliado en la costa de Normandía que fue la cabeza de playa para iniciar la reconquista del continente europeo ocupado por el Tercer Reich. Pero este año, cuando se cumplían 70 años de la hazaña, el evento tuvo ribetes especiales que 19 jefes de Estado realzaron con su presencia. Oportunidad de oro para que el presidente francés, François Hollande, mitigue su impopularidad y aparezca la jornada entera en los noticieros televisivos rodeado de cabezas coronadas y de célebres mandatarios como Barack Obama o Angela Merkel.

No obstante, quien concentró mayormente la atención de la opinión pública fue en Su Graciosa Majestad Elizabeth II que, a sus 89 años, marchaba con paso firme por la alfombra roja tendida a sus pies, luciendo su levita color verde limón, uno de sus estrambóticos sombreros cuya forma se asemeja a alguna maceta invertida que cobija las inefables flores arrancadas de su jardín imaginario. Atada a su inseparable cartera, en la cual, según las malas lenguas, esconde las mejores joyas de la Corona, dominaba la situación con su mirada cargada de poder histórico y de terco apego a la vida.     SÉQUITO. La seguía, dos pasos atrás, el Duque de Edimburgo, aún erecto como una vela, cauto y  resignado a su rol decorativo. Completaba el séquito, Charles, el eterno heredero al trono británico que parecía más viejo que su padre, fatigado de la incierta espera del funeral que nunca llega de esa soberana que si sigue la longevidad de su madre podría llegar a los 102 años de vida. Entretanto, el aspirante Charles disimulaba al auxilio de su pañuelo un soberbio grano, mal curado, fertilizado en su imperial naso. A su lado, andaba titubeante su consorte Camila, detestada por el pueblo inglés, por su falta de carisma y por sus rasgos faciales hípicos, nada royales.

Elizabeth II cumplía paralelamente una visita de Estado y por lo tanto tuvo derecho a la cena de gala homenajeándola en el Palacio Eliseo. Para ese convite, la monarca, por cuarta vez en la jornada, se cambió de atuendo enfundándose en un traje largo plateado luciendo su corona saturada de diamantes. En esta ocasión no sucedió  aquel episodio que soportó en la Casa Blanca, cuando al ofrecer el banquete,  el viejo George Bush (1.90 metros) terminado su discurso de bienvenida, no bajó el atril a la altura de la reina (1.65 metros) de modo que de ésta, cuando usó la palabra, parecía oculta detrás del micrófono, de donde solo sobresalía su conspicuo sombrero. Eso motivó  a la prensa local a referirse al talking-hat (el sombrero que habla). Esta vez, en el Eliseo, su alocución la pronunció en inglés y en perfecto francés, halagando así al auditorio galo.

Simbólicamente, Elizabeth II llegó a París a bordo del Eurostar, aquel tren anfibio que atraviesa el Canal de la Mancha por el túnel subacuático  en menos de tres horas. Enorme diferencia con relación a las épocas en que se debía usar los botes para atravesar ese mismo canal, desde Dover hasta Ostende, en más de seis horas, venciendo encrespadas olas en alta mar y provocando en los usuarios vómitos y mareos a bordo.

Retomando la reseña del famoso desembarco, la de Normandía fue, evidentemente “la madre de todas las batallas” no solo por la cantidad de materiales empleados y el número de combatientes: 5.000 naves en el mar, 10.000 aviones en los cielos y 155.000 jóvenes reclutas ingleses, canadienses y mayormente americanos, preparados para desatar lo que se llamó la batalla de Normandía en la que no obstante la captura por parte de los aliados —en una sola jornada— de las playas apuntadas en su plan inicial, la liberación de la región duró por todo 80 días. Empero, aquel  heroísmo ostentado por los invasores alimentó una leyenda edulcorada que no tomó en cuenta las 20.000  bajas civiles que los bombardeos aliados causaron en sus sorties.

Fue por esa masacre que, François Hollande creyó conveniente rendir un homenaje especial a los normandos que participaron colateralmente en la batalla, ya sea como guerrilleros en la Resistencia o como víctimas inermes, entre las cuales cayeron ancianos, mujeres y niños. Otro factor que jugó un rol esencial en la fecha del desembarco fue la información meteorológica, que no poseía los adelantos tecnológicos actuales. Por causa del clima, la Operación Overload se postergó por 36 horas. Los principales jefes militares dudaban ir adelante cuando en ese Día D se avistaba en el horizonte tempestades de consecuencias imprevisibles. Fue el comandante Eisenhower quien asumió la responsabilidad, con su famosa frase: Let’s go.INVASIÓN. Mientras tanto, en las barricadas alemanas para contener la invasión aliada, también cundió la duda sobre si la previsible operación ocurriría ese preciso día de mal tiempo y sobre todo, debido a que el comando hitlerista no tenía seguridad del sitio exacto del desembarco. Además, una oportuna tarea de desinformación  (Operación Fortitude) indujo al mando  alemán, a pensar que el acoso sería por Calais y, en consecuencia, desplegaron sus fuerzas hacia ese costado.

Confiado en esas conjeturas, Erwin Rommel, patrón mayor de la defensa nazi, se ausentó esa jornada  para festejar el cumpleaños de Lucie, su esposa. Sin embargo, unidades alemanas mantuvieron guardia en sus búnkers y pasada la sorpresa inicial, resistieron la invasión con nutrido fuego desde los nidos de sus ametralladoras que, en ese solo día causaron miles de muertos y heridos.

El cementerio americano de Colleville, que goza de extraterritorialidad, bajo más de 11 mil tristes cruces blancas, guarda los huesos de los jóvenes reclutas muertos en la aventura. Más lejos, en el campo santo de Bayeux reposan los restos de los infortunados combatientes británicos.

Cuando el presente es adverso, se puede aprovechar ocasiones conmemorativas como ésta, para entrar en la liga mayor de la diplomacia mundial. Eso y más hizo Hollande, tramando algunas acrobacias imaginativas. Por ejemplo, recibir casi al mismo tiempo a dos personalidades antagónicas  que por la crisis en Ucrania  no deseaban encontrarse. A Obama lo invitó a cenar en un conocido restaurante parisino y a Putin lo homenajeó dos horas después, con una cena oficial en el Palacio del Eliseo. Aunque  engullir dos comidas simultáneamente, no es sacrificio para los intestinos galos, digerir las negociaciones entre dos contrincantes quizá no fue faena fácil.  

Al día siguiente, un almuerzo ofrecido en el suntuoso castillo de Benouville en honor de los 19 jefes de Estado y de Gobierno, dio lugar a nuevos malabarismos. Hollande se dio modos para precipitar una reunión teta-a-tete entre Putin y Petró Poroshenko, el recientemente elegido presidente en Ucrania, quienes durante diez minutos rompieron un hielo polar. Luego, los mandatarios ruso y americano tuvieron que compartir una mesa redonda de 12 cubiertos, sentados a prudente distancia. Por civilizado protocolo, el diálogo entre Obama y Putin, aunque breve, se tornó inevitable. Se especula que Putin pidió a Obama dejarlo zanjar directamente sus diferencias con los ucranianos, sin presiones occidentales. Usando esas astucias, Hollande cumplió satisfecho su rol de facilitador.

Cuando menos por 24 horas, los enemigos de ayer, rememoraron los horrores de la guerra y Francia, tan adversa a las incursiones militares americanas en el planeta, ésta vez agradeció al Tío Sam por haberla liberado de ocupación nazi. C’est la vie...

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