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Un diálogo con la historia

‘El encanto de Molière’ permite a Cordero exponer dos visiones de la sociedad y del mundo.

Ambientación. Los actores, ataviados como sus personajes.

Ambientación. Los actores, ataviados como sus personajes. Foto: facebook.com

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Soruco

00:00 / 07 de mayo de 2017

La historia y la política son amas muy crueles. Tanto pueden elevar a una persona al Olimpo como precipitar a otra al abismo del olvido en muy poco tiempo. No importa si a lo largo de su vida fue un paladín de la educación de los menos favorecidos o un excelente funcionario con alma de artista. Pero, de cuando en cuando surgen piezas como El encanto de Molière que rescatan estos personajes de las sombras.

Carlos Cordero recupera en la obra de Cinco Palmas Teatro a dos de estos personajes: Simón Rodríguez, quien educó al Libertador Simón Bolívar, y Facundo Infante, canciller y ministro de Antonio José de Sucre, quien en 1827 —año en el que transcurre la obra— todavía era el presidente de la recién nacida República de Bolivia. Dos personajes muy poco conocidos, opacados por la sombra de sus patrones pero tan fundamentales en la historia nacional y, gracias al texto de Cordero, avatares de dos formas de ver la política, la sociedad y el arte.

En un escenario minimalista —un poco de tierra en las tablas, cuatro cajas, velas y botellas—, el escritor y los actores montan una batalla épica donde las opiniones son las armas.

Fernando Botello está magnífico como Rodríguez, ya que no se asemeja a la imagen popular del maestro de Bolívar. No es el docto instructor que acompañó a su pupilo a un monte en Italia a escuchar un juramento que cambiaría la historia. No viste frac, chaleco ni corbata como muestran sus pinturas más conocidas. Paola Oña, encargada de vestuario, lo atavió con ropa de campesino y abarca, señal de su aislamiento social.

Botello nos presenta a un intelectual de principios férreos entrando a la vejez. Es terco, malhumorado y de fácil ofensa. Es consciente de que es un hombre de otros tiempos, que sus ideas no serán aceptadas por la sociedad de la épica y por eso languidece en el campo en un país extranjero. Pero mantiene sus principios, su fuerza y no piensa traicionar sus ideales, incluso aunque eso le perjudique.

Por el contrario, Infante —encarnado por Luis Caballero— es un militar y abogado de carrera. Su vida es una estructura rígida, lo que le permite servir con eficiencia al Mariscal de Ayacucho. Caballero logra darle distinción a un funcionario que tiene que aguantar los desaires de la persona que quiere ayudar, aquel que se refiere al presidente con un despectivo “Toñito” que denota su antipatía.

Ambos actores se enfrascan en un duelo verbal en el que salen las caras didácticas de Rodríguez y los formalismos de Infante. Cada uno muestra dos maneras revolucionarias de ver al mundo: la del estadista republicano y la del educador liberal: aquel que busca mantener la sociedad estable y el que quiere sacudirla, romper con los esquemas establecidos. Se trata de dos formas muy diferentes de vida que se reúnen en el arte y que caen juntas bajo el encanto de Molière.

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