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La sutil diferencia: Trabajo colectivo y trabajo colaborativo

El proyecto El Contenedor propuso en Santa Cruz de la Sierra una forma de trabajo solidario entre artistas.

Voluntades. El trabajo de artistas y gestores dieron vida a El Contenedor.

Voluntades. El trabajo de artistas y gestores dieron vida a El Contenedor. Foto: Tonya y Ozzo

La Razón (Edición Impresa) / Tonia Andresen - Arterias Urbanas

11:00 / 25 de mayo de 2018

Desde hace mucho tiempo artistas y trabajadores culturales se reúnen para colaborar, para realizar proyectos juntos o para organizarse en colectivos.

Históricamente el trabajo colectivo ganó importancia en el arte conceptual a partir de los años 1960 como forma de organización con ímpetu político. Artistas se juntaron en colectivos para protestar contra el clásico genio artístico individualista, la separación y el aislamiento en el campo del arte y para abordar cuestiones acerca de la autoría. Desde entonces el trabajo colectivo/organización colectiva se ha vuelto en una contrafuerza frente al sistema capitalista y las condiciones de explotación.

Pero, ¿qué es “trabajo colectivo” o “lo colectivo”? Y ¿qué contiene el concepto de “colaboración” que se escucha cada vez más en los últimos años, especialmente en las sociedades neoliberales?

Generalmente un colectivo es un grupo de personas con un mismo interés u objetivo. Pero un colectivo no es solamente una simple asociación de personas, sino que incluye una reivindicación social y política que intenta superar los intereses puramente individuales.

Las prácticas artísticas colectivas son esenciales para proporcionar e imaginar una vida fuera de las lógicas capitalistas, una alternativa para producir y exponer obras de arte. Así, el término “colaboración” trata de poner en común conocimientos, materiales e ideas con el fin de compartirlas y crear algo nuevo. Sin embargo, hoy en día el término “colaboración” se ha convertido en un término para describir una nueva forma de economía, “la economía colaborativa” (Javier de Rivera, 2017), enfocada especialmente en empresas como “Uber” o “Airb’n’b”, en las cuales “a través de una plataforma digital los usuarios ‘colaboran’ para satisfacer mutuamente sus necesidades económicas” (Ibíd., 189). La llamada “economía colaborativa” esconde su verdadera cara detrás del término para convocar imágenes de solidaridad y sociabilidad. Pero en realidad esa economía es el sueño hecho realidad de los empresarios que contratan a los trabajadores por horas, individualizando y externalizando todos los beneficios sociales (terciarización laboral).

Es el sueño del neocapitalismo en el cual todas las personas se pueden convertir en empresarios precarios sin cotizar a la seguridad social (sin aportar para la jubilación), todo esto detrás de la imagen del individuo libre y autodeterminado. Ejemplos como éstos muestran que la importancia está en saber si el trabajo colectivo está autoorganizado o exteriorizado. “Colaboración” vaciada de su ímpetu político y social es nada más que una opción pragmática para compartir recursos, equipos y experiencias.

El “nuevo espíritu del capitalismo” (Luc Boltanksi y Eve Chiapello, 2002) lleva al hecho de que la distinción entre trabajo y tiempo libre se vuelve obsoleta: ya no se trata de una alienación del trabajo, más bien el individuo posmoderno se caracteriza por una sobreidentificación con su trabajo. Por eso, la imagen del artista, que entiende su trabajo como una forma de autorrealización, juega un papel particularmente importante aquí. El artista es el prototipo del trabajador libre y precario en constante disponibilidad. Hito Steyerl escribe: “(…) el arte es la industria con mayor índice de trabajo no remunerado. Se sostiene sobre la base del tiempo y la energía de becarios sin salario y sujetos autoexplotados en casi todos los niveles y casi todas las funciones” (Hito Steyerl, 2010). Así que  hay que colaborar, cooperar o conectarse en redes para poder realizar sus proyectos artísticos, pero eso no necesariamente implica un incentivo social o político. Puede que el estado de aislamiento, que predomina entre los diferentes colaboradores al iniciar el proceso, se mantenga hasta el final sin llegar a un nivel de colaboración verdadera.Precisamente en este punto se encuentra la problemática entre pretensión y realidad que se materializó en un conflicto en el contexto del proyecto El Contenedor.

La obligación de distinguirse en el campo del arte y “hacerse un nombre” establece una lógica individualista difícilmente superable. Es cierto, muchas personas incorporan el trabajo colaborativo en su proceso de producción, es decir dependen de la fuerza de trabajo de otras personas, pero al final este trabajo desaparece dentro de la obra. Es aquí que la lógica de “hacerse un nombre” entra en conflicto con lo que solamente se ha conseguido en un proceso colectivo. En cada colectivo es una problemática constante el cómo organizarse horizontalmente sin jerarquías, cómo actuar contra conceptos individualistas. El proyecto El Contenedor es una búsqueda de formas alternativas de trabajo en un contexto capitalista, en un campo en el cual siempre gobierna la lucha por recursos escasos y el reconocimiento. Artistas y trabajadores culturales frecuentemente critican este sistema en el cual se ven imbuidos, aunque en sus prácticas e instituciones terminan utilizando los mismos modos de explotación. Cada individuo está expuesto a este conflicto, entre el deseo de recibir reconocimiento individual por su trabajo y el querer cambiarlo a través del trabajo colectivo. Es una contradicción que no se puede disolver, al contrario, esta tensión se mantiene siempre, lo importante es encontrar maneras de hacerla productiva y con esto iniciar un proceso de reflexión.

El Contenedor demuestra cómo un proyecto, que busca la descentralización del arte y la apertura al espacio público, no puede ni debe funcionar como una “galería clásica”, por eso presenta las obras artísticas en una manera diferente. La exposición funciona como punto de partida para reflexionar acerca de la temática expuesta y da el empuje inicial, pero no abarca la programación en su totalidad, ni siquiera representa lo más importante en el proceso, que siempre es una negociación entre lo que se puede y lo que se quiere. Como individuos estamos expuestos a este conflicto y tenemos que reflejarlo constantemente para trabajar conscientemente de manera colectiva y solidaria, que incluya la búsqueda de crear espacios libres de competencia y envidia.

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