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La diligencia del abismo

Rodrigo Hasbún forma parte de un contado número de escritores latinoamericanos a los que la crítica augura un gran futuro

Foto: archivo La Razón

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La Razón / José Andrés Rojo - periodista

00:00 / 25 de agosto de 2013

Busco situarme lo más cerca posible de los personajes, saber cómo son cuando están solos, entender sus guerritas diarias, sus formas de sobrevivir. En ese sentido, para mí los textos casi siempre empiezan con alguien haciendo algo (pero es necesario que haya urgencia de por medio, que algo esté en juego)”, explica Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981). En ‘Carretera’, uno de los relatos incluidos en Cinco, su primer libro, hay un joven que va conduciendo un coche y que cierra los ojos, y que va probando cuánto tiempo los mantiene cerrados, como provocando al destino.

¿A qué quiere cerrar los ojos exactamente? “A tantas cosas: a lo que hizo más daño y a lo que persiste a pesar nuestro, a las manchas que dejaron nuestros amores más terribles, a una patria difícil de entender y a la necesidad de huir de ella y a la imposibilidad de hacerlo. Eso es lo que intentan algunos de los personajes de ese libro y, quizá, de todos los que he escrito. Pero cerrar los ojos es, por supuesto, un ejercicio inútil, y eso lo van descubriendo a la fuerza ellos mismos. Para los escritores, el viaje es el mismo al final: aprender a mantener los ojos abiertos, aunque duela, y a estar cada vez más atentos a lo que hay (o no hay) alrededor y a lo que hay (o no hay) adentro”.

En 2007, Rodrigo Hasbún fue seleccionado por el Hay Festival y Bogotá Capital Mundial del Libro como uno de los 39 escritores latinoamericanos más relevantes y, en 2011, la revista Granta lo incluyó en la lista de 22 narradores menores de 35 años en lengua española con mayor futuro. Publicó Cinco (Gente Común) en 2006 y, uno después, apareció su primera novela, El lugar del cuerpo (Fondo Editorial Municipalidad de Santa Cruz; Alfaguara, 2009). En 2011, Duomo editó en España otra colección de cuentos, Los días más felices. No hay, por el momento, más (salvo sus diarios y más cuentos y novelas aún inéditos).

Hasbún terminó periodismo en 2003, y salió inmediatamente después: “Yo me fui de Bolivia a los 22 y desde entonces viví en Santiago de Chile, en Barcelona y en Ithaca, y ahora mismo estoy mudándome a Toronto. Y para mí llevar vidas completamente distintas en esos lugares ha sido y sigue siendo fundamental en mi educación sentimental y literaria, lo que sin duda agradezco, pero al mismo tiempo me ha dejado un poco colgado en el aire, me ha afantasmado, lo que bien visto tampoco está tan mal”.

El camino que emprendió Hasbún empezó, sin embargo, antes: con un grupo de rock. Hasbún: “Fui músico durante varios años, al final de la adolescencia, y en algún momento (como tantos otros) creí que lo sería durante toda mi vida. Al principio tocábamos canciones de los grupos que más nos inquietaban entonces, Pearl Jam y Nirvana y Stone Temple Pilots y toda esa gente desencantada que parecía hablarle de tan cerca a los que entonces rondábamos los 14 o 15, pero al poco tiempo empezamos a escribir canciones propias y al final solo tocábamos esas. Hay algo maravilloso en el hecho de que la música se haga colectivamente, de que sea un arte tan solidario, casi una especie de ritual. Es algo que los escritores desconocen. Los escritores, mientras escriben, están solos. Rodeados de fantasmas, seguramente, pero solos. Cuando el grupo se deshizo, yo me puse a leer más y empecé a escribir cuentos, así que el final de algo y el principio de algo coincidieron. En cualquier caso, siento que mi aprendizaje literario ya había sucedido en gran medida en la música. Lo atmosférico y lo rítmico, el trabajo directo con las emociones, ciertas nociones de estructura, el manejo de la intensidad, todo eso ya lo había ido asimilando durante años. No deja de ser perturbador que haya canciones de tres o cuatro minutos que afecten más que libros enteros”.

Otro oficio que le permitió conocer mejor el suyo fue el cine. “Dónde cortar, qué mostrar y qué no: yo diría que en esas preguntas se cifra el cuestionamiento más constante de los cineastas”, explica Rodrigo Hasbún en otro de los capítulos de una larga conversación por correo electrónico. “Mientras escribo, yo me estoy haciendo las mismas preguntas a cada rato. Esa es quizá la mayor herencia que me dejó mi vínculo con el cine, además de esto otro: a veces se ruedan cien horas de material para al final quedarse con dos. Hay ahí una gran lección de humildad, que asumo como el mejor modelo posible. Es necesario prescindir de lo que no sirve, de lo que no funcionó como queríamos, de lo que funcionó bien pero al final no ha encontrado su lugar, y es necesario esperar la llegada de esos momentos luminosos que están fuera del control de nadie”.

Fue Martín Boulocq, el baterista del grupo de rock, el que se puso a hacer cine cuando terminó aquella aventura. Hasbún ha trabajado en los guiones de las dos adaptaciones de sus relatos que Boulocq ha dirigido: una (Rojo) forma parte de la película colectiva Rojo, amarillo, verde; la otra es Los viejos, basada en ‘Carretera’. “A veces escribíamos a cuatro manos, a veces lo asistía en la dirección, a veces simplemente ayudaba a cargar los equipos en los rodajes o a lo que fuera necesario”, cuenta Hasbún.

—La narradora de su novela abandona cuando es joven su país, pero sigue de alguna manera atada a lo que dejó atrás.—Tengo la impresión de que los que ya no viven ahí donde nacieron nunca dejan de tener presente ese lugar ni de preguntarse qué hubiera sido su vida y qué hubieran sido ellos mismos de no haberse ido. Es algo que en algún momento empieza a resultarle intolerable a Elena, la protagonista de mi novela, y es algo que a mí me da vueltas todo el tiempo. Hasta hace poco sentía que los que se iban ganaban lugares en lugar de perderlos, pero últimamente se me ocurre que esa posición más bien optimista ignora el hecho de que irse es una experiencia a menudo desgarradora, sobre todo si uno lo hace solo. Más allá de cuán amables o desastrosas sean tus nuevas circunstancias, ya no estar ahí para acompañar a tu gente (en las buenas y en las malas) es más duro de lo que se tiende a creer.

—“Era una ciudad demasiado pequeña para ella, muerta, casi un pueblo donde nunca sucedía nada…”, escribe en esa novela refiriéndose a Elena. ¿Qué relación tiene con su ciudad, con su país, con su gente?

—Cuando me fui por primera vez, mantenía una relación más o menos tensa con Bolivia. No toleraba sus diferencias radicales ni sus prejuicios ni sus discriminaciones ni sus jerarquías ni la corrupción de la que nadie estaba libre, pero además, a un nivel más personal, sentía que no era el mejor lugar para formarme como escritor. Diez años después, mi relación con el país es menos ingenua y más amable. Hay cosas que me siguen pesando (y las diferencias radicales y los prejuicios y las discriminaciones y las jerarquías y la corrupción siguen ahí, aunque ahora me doy mejor cuenta de que esos problemas no son patrimonio exclusivo de los bolivianos), pero hay muchas otras que valoro infinitamente.

—Por lo pronto, da la impresión de que hubiera ahora un ambiente cultural más dinámico y rico.

—La literatura boliviana está atravesando, hace ya años, una etapa de gran vitalidad y renovación. Pero ser escritor boliviano es jugar en desventaja: el país no cuenta con una infraestructura que fomente su talento, ni dentro del país ni fuera de él, y en otros ámbitos hay un gran interés por tradiciones más consolidadas y casi ninguno por la nuestra. Más allá de eso (y en contra de todo), varias escritoras y escritores bolivianos están escribiendo libros notables que poco a poco van encontrando sus lectores.

—En uno de sus relatos, una joven empleada empieza a escribir un diario y lleva una vida secreta. Ya no se somete a lo que se espera de ella. Toma la palabra. Bolivia ha cambiado en los últimos años. Es como si se les hubiera abierto un hueco a los que estaban fuera del sistema. ¿Qué opina de lo que ha pasado, qué ha ido bien, qué ha ido mal?

—Sí, antes eran muy pocos los que podían hablar, y ahora son cada vez más. Pero quizá lo verdaderamente importante es que también ahora son cada vez más los que están dispuestos a oír a los otros. En ese sentido, pensando digamos en el país de mi infancia, esta es sin duda una Bolivia más inclusiva y más atenta a su diversidad, a sus herencias, a su complejidad. ¿Qué ha ido mal? Lo que siempre ha ido mal: las deplorables condiciones de vida de buena parte de la población, la corrupción generalizada, los distintos tipos de discriminación, la violencia institucional, el machismo, cierta voluntad de poder. Pero a mí, como escritor, me resulta más desafiante y revelador pensar estas grandes tensiones indirectamente, desde otro tipo de espacios menos visibles. La literatura que las confronta directamente a menudo termina siendo demasiado discursiva y sociológica, y de eso hemos tenido mucho en Bolivia. Esto no es una película del cineasta iraní Jafar Panahí resulta ejemplar en este sentido. Es implacable en la indagación de su país, la luz que arroja sobre Irán es fulminante, y él logra todo eso sin que su cámara salga nunca de ese apartamento en el que lleva años recluido.

—Nunca se sabe bien dónde suceden las cosas que pasan en sus historias.—En los libros que he publicado hasta ahora ni Bolivia ni Cochabamba aparecen mencionadas, pero eso no significa que no escriba sobre ellas. Lo hago casi todo el tiempo pero, al igual que Panahí, presto más atención a lo que sucede dentro del apartamento que fuera de él, sabiendo sin embargo que lo que hay fuera influye decisivamente en lo que sucede dentro.

—Y, ahí dentro, el sexo es esencial.—Me gusta ver cómo los personajes se transforman en la intimidad, qué son ahí, qué intentan ser. Los dormitorios me parecen espacios fascinantes y, mal que mal, de despiertos o dormidos, en ellos sucede parte importante de nuestras vidas. Cuando escribo sobre sexo, como cuando escribo sobre todo lo demás, busco ser lo más directo posible, me desentiendo de cualquier pudor, llamo a las cosas por su nombre. Si en muchas películas o en la televisión hay corte cuando los personajes empiezan a besarse, a mí me interesa explorar justamente eso que no se muestra, lo que se lleva el corte, aquello de lo que se ha prescindido.

Si fuera necesario hacer un retrato veloz de Hasbún a partir de algunas cosas que le gustan, habría que decir que ahora anda escuchando “a gente como Bill Callahan y Leonard Cohen y Bob Dylan y Willy Mason y Neil Young”, aunque reconoce que vuelve con frecuencia a su época grunge: “No hay mejor manera de viajar en el tiempo, de revivir a los muertos, de estar de nuevo ahí”. ¿Cine? “Hay muchos cineastas cuyas pelis no me canso de ver. La lista es larga, pero puedo mencionarle algunos: Cassavetes y Malick, Béla Tarr y Tsai Ming-Liang, el Godard de los 60 y 70, Jarmusch y su maestro Ozu, Lucrecia Martel, Kiarostami, Herzog, los hermanos Dardenne”. Por lo que toca a la literatura, anda leyendo Ragtime, de E. L. Doctorow. “Es una novela que a partir de varios personajes memorables (entre ellos Houdini) propone un retrato extraordinario de los Estados Unidos de principios del siglo XX”, apunta. “No sé quiénes me hayan influido, pero sí son muchos los escritores que admiro incondicionalmente: Coetzee, Onetti, Didion, Bolaño, Carver, Tavares, Ginzburg, Saer, Proust…”.

Conviene mencionar, en fin, una de sus últimas iniciativas, una revista digital: “Con Traviesa queremos propiciar un espacio en el que los escritores compartan sus rutinas, su entendimiento de las cosas, sus diferencias, y también la memoria de sus infancias, algunos hallazgos inesperados, todo aquello que les resulta más grato o perturbador. Publicamos correspondencias, entrevistas, textos de no-ficción y antologías curadas por escritores invitados, y lo que genera la venta de éstas se redistribuye entre los participantes. Ahora más que nunca, está claro que puede hacerse mucho con muy poco”.¿Algún proyecto? “Tengo casi listo un nuevo libro de cuentos, que ando revisando desde hace algunos meses, y estoy empezando a escribir una nueva novela”. Dentro de poco se instalará en Toronto para terminar su tesis doctoral. Su tema: los diarios íntimos.

La literatura de Rodrigo Hasbún tiene una potencia extraña (“la escritura —trabajar con la memoria y las emociones y la imaginación— es un oficio intenso y misterioso pero también un poco idiota”, dice). Le gusta tocar las zonas más oscuras. Leerlo es como subir a esa “diligencia del abismo” a la que se refería Bernardo Soares, el heterónimo de Pessoa: un viaje al borde del precipicio. En ‘Carretera’, Hasbún escribe sobre su protagonista: “Se sintió cansado. Un cansancio que no se debía a la situación ni a la noche en la carretera, sino más bien a haber seguido siendo él mismo durante tanto tiempo”. De eso va su obra: de las fracturas personales, de las grietas, de las caídas.

Habrá que ir concluyendo: “Escribí ‘Carretera’ cuando tenía 23 años y, aunque esa fue para mí una época muy grata, sin duda ya sabía bien lo que era cansarse de uno mismo. Toño, el personaje del cuento, lo sabe aún más, después de tantos años dándole vueltas a los mismos recuerdos, al mismo amor terrible, a ese abandono forzado que lo ha marcado tanto. Pero hay algo liberador al final: logra asumir una distancia. Y esa quizá sea la mejor respuesta a nuestro cansancio, ¿no? Cuando hace falta, saber irnos de nosotros mismos y poder mirarnos (desde esa distancia) como a una cosa extraña, la cosa extraña que somos en el fondo”.

(Este artículo fue publicado en ‘Babelia’, suplemento de libros de ‘El País, el 17 de agosto de 2013.)

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