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Qué duda cabe, me apetece escribir cartas

Nicholas Shakespeare, autor de la biografía de Chatwin, anotó y prologó la edición de las cartas del viajero

joven. Chatwin en sus tiempos de experto en arte de una famosa casa londinense. Luego lo dejó todo y se echó a andar.  Foto: Chatwin Found

joven. Chatwin en sus tiempos de experto en arte de una famosa casa londinense. Luego lo dejó todo y se echó a andar. Foto: Chatwin Found

La Razón / Nicholas Shakespeare - escritor

00:00 / 06 de enero de 2013

Un año antes de su muerte, en enero de 1989, Bruce Chatwin abrió una carta de Tom Maschler, su editor londinense, y leyó lo siguiente: “Ya lo he dicho antes, y lo repito ahora: no hay otro escritor en Inglaterra cuya obra me apasione tanto como la tuya. Esto lo digo con toda sinceridad”.

Han pasado 21 años, y Maschler sigue pensando lo mismo. “De todos los que componen lo que denomino ‘mi grupo’ (Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, Salman Rushdie), aquél cuya trayectoria futura me inspiraba más curiosidad era Bruce. Creo que, si hubiera vivido, los habría superado a todos”, me confesó.

La cautivadora voz literaria de Chatwin se vio cercenada justo cuando la había encontrado. Durante sus últimos meses, envuelto en un chal al lado de la estufa de Homer End, cerca de Oxford, le comentó con pena a Elizabeth: “Quiero hacer tantísimas cosas…”. Una obra sobre la curación que se iba a llamar The Sons of Thunder (Los hijos del trueno); un tríptico de relatos inspirados en los Tres cuentos de Flaubert, “uno de ellos con Irlanda como escenario, en la época de los reyes irlandeses”; una novela centrada en Asia, sobre el botánico austriaco-americano Joseph Rock, que vivió en China; otra novela, que se iba a desarrollar en Sudáfrica, sobre los chismorreos y los celos que se dan en un pequeño pueblo del Karoo. Y, cómo no, su epopeya rusa Lydia Livingstone, una gran historia de amor en la que iban a aparecer tres ciudades (París, Moscú, Nueva York), y en la que el autor quería utilizar el material narrativo que le brindaba la familia jamesiana de su mujer. “Bruce acababa de empezar —asegura su amigo Salman Rushdie. No tenemos sus libros desarrollados, los que podrían haber surgido del amor que le inspiraba su mujer. Sólo vimos el primer acto”. Uno de los títulos que le gustaban, aunque todavía no sabía de qué trataría el libro correspondiente, era Bajo el sol.

Tras haber recibido el encargo, en el París ocupado por los nazis, de censurar la correspondencia de civiles procedente de Alemania, Ernst Junger, tema de uno de los mejores ensayos de Chatwin, se hizo la siguiente reflexión en su diario: “En las cartas, la gente es capaz de hablar de lo que sea”. Ya estuviera mecanografiada en papel de Sotheby’s, escrita a mano con una pluma Mont Blanc, en folios azules de una papelería de Mount Street (con su dirección impresa), o garabateada en el dorso de unas postales, con un lápiz de hotel mal afilado, la correspondencia de Chatwin revela mucho más de él de lo que estaba dispuesto a mostrar en sus libros.

Sólo en sus cartas contó que había estado presente, un día de febrero cerca de Johannesburgo, cuando desenterraron del suelo de la cueva de Swartkrans un fragmento partido del hueso de un antílope, resbaladizo y con motas oscuras, como si lo hubieran quemado: la que acabó siendo la prueba de “la primera vez que el ser humano había utilizado el fuego”.

Pese a lo brillante que era, Chatwin podía comportarse con una modestia irresistible, y escondía sus facetas más luminosas al tiempo que hacía lo mismo con las más oscuras. El Bruce Chatwin que aparece en Los trazos de la canción, En la Patagonia y ¿Qué hago yo aquí? es su mejor personaje, el más logrado: observador, inteligente, ingenioso, heterosexual, generoso, intrépido.

Dicho personaje contribuía de forma esencial a que su prosa resultara interesante. “En sus libros, no sólo te hablaba una voz muy característica —ha comentado Michael Ignatieff— sino también ese personaje de fábula con el que se presentaba a sí mismo”. El Chatwin de las cartas está menos seguro de quién es, se muestra más vulnerable pero más humano.

Siempre preocupado por su salud y su situación económica; manteniendo una relación incómoda con su orientación sexual y con Inglaterra; sobre todo, incapaz de quedarse quieto en el mismo sitio, casi hasta llegar a la neurosis. En su pasaporte, Chatwin puso que su ocupación era la de granjero, pero pasó su vida en movimiento; una gran parte de ella, estudiando a los nómadas.

En la editorial Jonathan Cape circuló un documento interno en octubre de 1982 que nos ayuda a entender cómo se desarrollaban sus viajes, lo amplios que eran sus recorridos, como los de una golondrina de mar. “Los de publicidad no tienen ni idea de cuándo estará Bruce Chatwin en Australia, ¡y su agente tampoco! Por lo que sabemos, sigue en Siberia u otra parte de Rusia”. En uno de sus característicos cuadernos Moleskine copió esta reveladora frase de Montaigne: “Cuando me preguntan por qué viajo, suelo responder que sé muy bien de qué huyo, pero no lo que busco”. En cuanto a los motivos de esa incapacidad de Chatwin para quedarse en un sitio, todavía no he encontrado una explicación más convincente que la que ha dado el escritor vietnamita Nguyen Qui Duc: “Antiguamente, los nómadas viajaban en busca de comida, cobijo, agua; los de la actualidad viajamos para buscarnos a nosotros mismos”.SINOPSIS. Escrita con el desparpajo y la rotundidad expresiva que lo hicieron destacar como escritor, la correspondencia de Chatwin nos brinda una clara sinopsis de lo que le interesó y le preocupó a lo largo de 40 años. Cuando leemos sus cartas y sus postales lo acompañamos en sus viajes: por Sudán, Afganistán, Niger, Benín, Mauritania, Tierra del Fuego, Brasil, Nepal, India, Alice Springs, Londres, Nueva York, Edimburgo, Wotton-Under-Edge, Ipsden, siempre en busca de esa inquieta quimera que era Bruce Chatwin, esa presencia esquiva y “turbadora”, a la vez “sobria, solitaria y conmovedora”.

“Yo no creo en eso de confesarlo todo”, le dijo una vez Chatwin a Paul Theroux, frase que se ha repetido muchas veces. En sus cartas no puede evitarlo. En ellas se ven sus ideas en bruto, su forma de intentar expresarlas por escrito: son una primera versión. También documentan el conflicto entre quién era y quién quería ser: experto en arte, marido, escritor, primero teórico académico, después impenitente narrador. No sólo sirven para que se comunique con el destinatario, sino que también constituyen una prolongada conversación consigo mismo.

Si Bruce Chatwin hubiera redactado una autobiografía, ¿hasta qué punto se parecería a esto? Si hubiera vivido, ¿cuántas partes de este libro habría omitido o reescrito? No dejamos de plantearnos esas preguntas mientras preparábamos Bajo el sol. Las respuestas se encuentran, inevitablemente, en el mismo ámbito que sus libros no escritos. Pero aquí aparece una versión fascinante de su vida, desde el primer domingo en el colegio Old Hall, de Shropshire, cuando se sentó después del servicio religioso a escribir a sus padres.(Fragmentos de la Introducción a Bajo el sol, cartas de Bruce Chatwin.)

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