Tendencias

Los dueños del fin del mundo

Fragmentos del texto leído en la presentación de ‘Restos de un cielo - partes vestigios fragmentos rastros’, libro de poemas de Marcia Mogro

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 24 de junio de 2012

Marcia Mogro, en su libro de poemas Restos de un cielo – partes vestigios fragmentos rastros, frente al paisaje más desolado del planeta, la Tierra del Fuego, las vecindades del Polo Sur, se pregunta: “quizá que habrá pasado ahí / qué siempre habrá pasado”. Y esa pregunta se refiere al destino de los habitantes de esos confines, a los dueños del fin del mundo, los Selkam y los Kawéscar, pueblos milenarios destruidos por las sucesivas colonizaciones que asolaron esas regiones.

Marcia Mogro (La Paz, 1956), desde su ya lejano primer libro titulado Semíramis, 16 (MG) de 1988, ha escrito pausada y casi silenciosamente una de las obras más originales de la poesía boliviana actual. Restos de un cielo – partes vestigios fragmentos rastros lleva la extrañeza propia de su poesía a límites extremos.

Es un canto —desolado, triste, misterios— a la desaparición de los Selkam y los Kawéscar. Pero es también un poemario que se instala en una geografía que desde que fue ‘descubierta’ en 1512 por Fernando de Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, ha desatado las más desaforadas formas de la imaginación. 

El primero que describió a los habitantes del extremo austral del planeta fue Antonio de Pigafetta, el cronista que acompañó a Magallanes en su periplo. En 1521 anotó: “Un día, cuando nadie se lo esperaba, vimos a un gigante que estaba a la orilla del mar semidesnudo, bailando, saltando y cantando; y mientras cantaba se echaba polvo y arena sobre la cabeza”. El gigante — según Pigafetta— tenía el rostro pintado de rojo y amarillo, con dos corazones dibujados sobre las mejillas, y su cabeza, casi completamente calva, estaba pintada de blanco. “El capitán llamó a estas mansas gentes Patagón”.

Siglos después, Darwin, hacia 1832, escribió: “Su país es una accidentada masa de rocas salvajes, altas colinas y selvas inútiles que se vislumbran a través de nieblas e incesantes tormentas…”. A ese paisaje nos llevan los poemas de Marcia Mogro.

Los primeros viajeros que llegaron a Tierra del Fuego venían cargados de imaginación muy antigua y, por ello, veían lo que su imaginación les obligaba a ver.

Para la imaginación medieval, la Tierra del Fuego era el extremo del desconocido continente antártico, el Antichton o la antitierra, cuya existencia había sido postulada por Pitágoras. Antichton era un país al revés, definitivamente negado a los seres humanos, donde la nieve caía hacia arriba, los árboles crecían hacia abajo, el sol lucía negro y los habitantes eran los antípodas de 16 dedos que entraban en trance bailando. “Nosotros no podemos ir hacia ellos y ellos no pueden venir hacia nosotros”, dice un antiguo texto.

Era, entonces, la tierra de lo inhumano. Pero ahí, en esa región imposible vivían los Selkam y los Kawéscar: “transformaban todas sus actividades cotidianas en sublimes y en elevados actos de amor”, como escribe Mogro en su libro.

Pero para Darwin no eran sino seres abyectos: “Viendo a estos hombres difícilmente puede uno convencerse de que son nuestro prójimo y que habitan el mismo mundo…” escribió en diciembre de 1832. A Darwin probablemente le habría sorprendido enterarse de que un joven de la tribu yaghan utilizaba un vocabulario de unas 30 mil palabras, tal vez más de las que nunca escribió Shakespeare.

Las formas de imaginación que permitió el extremo austral del planeta no tienen final. A esas tierras llevó Edgar Allan Poe a su desdichado personaje Arthur Gordon Pymm después de todos sus naufragios para sucumbir al inenarrable terror del color blanco, el color del fin del mundo. Y ese terrorífico color está también en los sueños del capitán Ahab que persigue rencorosamente por un mar de sangre a la ballena blanca.  

Pues bien, a este territorio sin tiempo y a esas criaturas salidas del fin del mundo, nos lleva el poema de Marcia Mogro. Y en medio de esas brumas, en medio de esas lluvias, del viento y del aguanieve entreve los restos de un cielo, sus partes, sus vestigios, sus fragmentos, sus rastros. No intenta, ni mucho menos, contar la historia de la desaparición de los Selkam y los Kawéscar, no es una historiadora; tampoco hablar de su cultura, no es una antropóloga; ni siquiera denunciar la violencia y la ignorancia con la que fueron aniquilados, no se hace portavoz de ninguna causa. Desde el presente, desde el hoy de su ser y de su escritura —que se desplaza permanentemente entre La Paz, donde nació, y Santiago de Chile, donde vive desde hace años— lo que hace es nombrar, decir unas palabras dispersas en la página en blanco —tan en blanco como ese paisaje inimaginable— que tienen, sin embargo, una fuerza evocadora, una fuerza para hacer presente tras las cortinas de agua y de viento, a esos extraordinarios seres humanos, los dueños del fin del mundo.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia