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La escritura póstuma: Se escribe sobre lo que se ama

Los últimos años de su vida, Blanca Wiethüchter se dedicó a escribir tres libros

Blanca Wiethüchter. Foto: Deber

Blanca Wiethüchter. Foto: Deber

La Razón / Rubén Vargas, / Periodista / La Paz

00:00 / 20 de octubre de 2013

Los últimos años de su vida, Blanca Wiethüchter escribió —hasta donde se sabe— tres libros.  Dos de poemas, titulados Luminar y Los ángeles del miedo, y La geografía suena, biografía crítica de Alberto Villalpando. Los tres fueron publicados póstumamente, en 2005, a un año de la muerte de la escritora.

Esta información debe ser matizada con dos apuntes. En los últimos años de su vida, Wiethüchter también escribió una serie de impresionantes poemas titulada Tarántulos —”Las palabras navegan como pequeños sarcófagos en la corriente de un viento malogrado”, se lee en uno de ellos—. Estos poemas permanecieron inéditos hasta que el escritor y traductor Rodolfo Häsler los incluyó en la antología de Wiethüchter que publicó en México en 2011 bajo el título de El festín de la flama. Por otra parte, el libro que dedicó a la vida y obra del compositor Alberto Villalpando (1940) fue encarado en colaboración con el director de orquesta Carlos Rosso. La obra quedó inconclusa a la muerte de Wiethüchter y así se publicó.

Luminar y Los ángeles del miedo  prolongan y completan la obra poética de Blanca Wiethüchter iniciada con la publicación de Asistir al tiempo en 1975 —Jaime Saenz saludó el advenimiento de ese volumen con un entusiasta prólogo y con varios dibujos que ilustran sus páginas— y que alcanzó uno de sus puntos más altos con el último libro que publicó en vida: Ítaca (2000).

Luminar y Los ángeles del miedo, ciertamente, prolongan y completan ciertas líneas de sentido exploradas a lo largo de su amplia obra poética, pero introducen un elemento nuevo que les otorga una densidad que no estaba —ni podía estar, por supuesto— presente en su escritura: la inminencia de la muerte. En este sentido, la obra poética de Wiethüchter se cierra de una manera ejemplar. Ejemplar no sólo por lo que en esos libros se dice —el amor y la muerte, sin dramatismo, se iluminan de una manera pocas veces vista— sino porque así se cumplió también un destino de escritura. Hasta su último aliento, se diría, Blanca Wiethüchter “asistió a su tiempo”, a esa promesa y compromiso de escritura que se expresa en el título de su primer libro.

La biografía de Alberto Villalpando, por su lado, era, como confiesa Carlos Rosso en el texto de presentación de la obra, un libro “urgente”. No es difícil suponer que esa urgencia estaba dictada por las mismas razones que sus últimos libros de poemas. En todo caso, lo que queda claro en sus páginas es que Blanca Wiethüchter se embarcó en un extraordinario esfuerzo de comprensión —y de comunicación de los hallazgos de esa comprensión— de un universo musical altamente complejo. Una comprensión, hay que decirlo, igualmente compleja porque se resuelve no en la elaboración de un texto académico o de crítica musical, ni siquiera alrededor de los usos de la biografía convencional de un artista, sino en los términos de una escritura.

Cuando el ensayista francés Roland Barthes murió a consecuencia de un accidente en 1980, en su máquina de escribir se encontró un ensayo inconcluso sobre la obra de Sthandal y la idea del viaje titulado melancólicamente Nunca se logra hablar de lo que se ama. Pues bien, este dato sólo sirve para decir una cosa: en este libro Blanca Wiethüchter logró hablar de lo que amaba. El amor a una vida y una obra. Y ello, por obra y gracia de una escritura.

El mismo año que publicó su primer libro de poemas (Asistir al tiempo, 1975) apareció un largo trabajo académico suyo sobre Jaime Saenz acompañando, precisamente, la edición de la Obra poética del escritor paceño en la Biblioteca del Sesquicentenario de la República. En estudio se titula “Las estructuras de lo imaginario en la obra poética de Jaime Saenz”.

Con esa publicación —en realidad una tesis universitaria elaborada y defendida en París bajo la dirección de Saúl Yurkievich— Wiethüchter inició una de sus ocupaciones y preocupaciones permanentes: el estudio de la literatura boliviana. Un estudio de corte ciertamente académico —fue profesora de la carrera de Literatura de la UMSA durante muchos años— que alcanzó su momento más ambicioso en  los dos volúmenes de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (2002) elaborado con la participación de Alba María Paz Soldán, Rodolfo Ortiz y Omar Rocha.

Una obra plural que quiere ser, como lo declara el propio libro, “un diálogo sobre las maneras que tenemos los bolivianos de representarnos y los modos en que nos imaginamos a nosotros mismos”.

La necesidad de comprender más y mejor la representación y la imaginación, y las consecuencias que se pueden extraer de ello, la alejaron de la escritura académica. Emprendió, entonces, un camino único que recorrió hasta el final de su vida.

En 1989 escribió un nuevo texto sobre Saenz, pero esta vez dictado por el recuerdo personal: Memoria solicitada. Es, de inicio un perfil biográfico del poeta. En sus sucesivas ediciones, sin embargo, fue creciendo y bifurcándose para asimilar otras voces, otras visiones y otras memorias. En suma, resultó un libro vivo como el curso inescrutable de la memoria misma.

En 1997 publicó Pérez Alcalá o los melancólicos senderos del tiempo, un escrito sobre la obra del pintor potosino que es al mismo tiempo ficción y reflexión, ensayo y biografía, indagación y encuentro. Aquí, el saber se confunde con el juego para iluminar de manera inédita el objeto que le interesa. A esta línea de escritura pertenece La geografía suena en el que trabajó hasta su muerte.

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