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El espía que sabía demasiado

Un filme de espías basado en una novela de John Le Carre, uno de los maestros del género.

Espía. Una atmósfera decadente rodea la película del director sueco Tomas Alfredson; nada de espectularidad, pero sí laberintos psicológicos.

Espía. Una atmósfera decadente rodea la película del director sueco Tomas Alfredson; nada de espectularidad, pero sí laberintos psicológicos.

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 27 de mayo de 2012

Esta mirada entre bambalinas al mundo del espionaje está ambientada en el año 1973 y está presentada como si hubiese sido rodada en ese mismo momento, que a estas alturas parece tan remoto como la batalla de las Termópilas. En el ínterin terminó la Guerra Fría, en cuyo contexto y atmósfera acontecen los hechos ficcionalizados por John Le Carré —pero absolutamente similares a eventos efectivamente acaecidos—, imprimiendo un aura de anacronismo a los afanes de agentes de uno y otro bando enfrascados en los menesteres de esa sorda disputa por la hegemonía mundial, entre potencias, impotencias quizás, antagónicas. 

Tal improcedencia fáctica se encuentra deliberadamente acentuada por un tratamiento radicalmente distinto al usual en las hechuras del género. De hecho no tiene ni remota similitud alguna con las livianas, ultra sofisticadas, tecnologizadas y casi siempre muy divertidas operaciones a cargo de James Bond y toda su descendencia. Para no mencionar las incontables copias al carbón de la industria de Hollywood, pura adrenalina y cero neuronas.

TOPO. La primera edición, van ya como 19, de El Topo, la novela de John Le Carré (seudónimo de David John Moore Cornwell), a estas alturas un clásico de la literatura de espionaje y suspenso, salió a la venta en 1974. Era justo el momento de mayor tensión entre la Unión Soviética y Estados Unidos, con los servicios secretos europeos en medio del fuego cruzado, tratando de cuidar sus propios intereses, pero bajo la clara instrucción, no siempre acatada, de coordinar estrechamente con sus colegas trasatlánticos en la contienda conjunta contra el —entonces se creía— temible oso rojo de las estepas. Para muchos antiguos agentes, sobre todo para los arrogantes británicos rumiando la nostalgia de los esplendores de su propio imperio, esa subordinación a los bisoños y pragmáticos pares del FBI equivalía a tragarse un bacalao pasado.

A esa atmósfera decadente se remite la ensimismada película del director sueco Tomas Alfredson, despojada de toda espectacularidad para internarse en los laberintos psicológicos de un grupo de sujetos grises, huraños, enfrascados en un juego de ajedrez sin reglas ni restricciones. Allí todos desconfían de todos pues cada uno resulta de antemano sospechoso de lealtad desdoblada, de potencial inclinación a la felonía.

Le Carré conoce al dedillo el lío de los agentes dobles en el servicio secreto británico, en particular el de Kim Philby, el más notorio, cuyo tráfico de información a la KGB hizo historia y alimentó en su momento un mayúsculo escándalo internacional. Ese personaje fue el modelo para el traidor de El Topo.

Topo era justamente el denominativo utilizado para nombrar a los infiltrados y es a uno de ellos a quien debe desenmascarar George Smiley, regresando de la jubilación forzada que le cayó luego de una purga interna. Los sucesos que dan pábulo a la sospecha ocurren en Budapest y Estambul, pero Smiley mueve todas sus fichas desde la sórdida habitación de un hotelucho londinense, con esporádicas visitas a las no menos lóbregas oficinas del Circo, como llaman a las catacumbas del cuartel general del Servicio Secreto sus trajeados funcionarios de apariencia entre patética y obsoleta.

Smiley, en admirable personificación de Gary Oldman, habla poco —ironiza más bien—, no sonríe nunca, obra con reconcentrada parsimonia, pero pese a semejante minimalismo gestual consigue transmitir con su mirada todo cuanto bulle en su interior, y es un montón.

Nada de autos de lujo, modelos despampanantes, persecuciones espectaculares, armas refinadas o micrófonos escondidos en el botón de la camisa. Ni atisbo de glamour, más bien una homosexualidad reprimida, apenas insinuada al pasar. Alfredson centra de principio a fin su mirada sobre ese sujeto respecto al cual nunca se sabrá si actúa por un inconmovible sentido del deber, por el gusto de volver a las andadas, por convicción patriótica, o por cobrarles a sus pares la factura de su obligado pase a cuarteles de invierno.

Sin embargo, sus motivos importan poco y nada. Como bien sabe cualquier lector de novelas, o cualquier conocedor de las películas del género, lo sustancial está en la búsqueda antes que en el resultado de la misma o en sus móviles. Y por eso de la meticulosa precisión en el detalle de la narración depende su consistencia e interés dramático.

Así cada movimiento de Smiley-Oldman resulta ser un sostén esencial de la totalidad y ése es el doble desafío para el protagonista y el director en la urdimbre de la intriga: no perder el hilo e implicar al espectador en el seguimiento de las idas y venidas, en las pistas a menudo falsas que fuerzan al cazador a desandar el camino y reemprenderlo con la paciencia de un orfebre maniático, 

Los riesgos estaban en la complejidad y en la necesidad de atrapar de entrada el interés de la platea, conociendo de antemano los hábitos perceptivos del público actual, desacostumbrado a poner su atención en otra cosa que no sean las pipocas. La contingencia resultaba acentuada por la necesidad de sintetizar  la voluminosa novela original —una versión adaptada en formato de serie televisiva demandó cinco capítulos de una hora—, escollos que Alfredson consigue sortear renunciando a cualquier concesión en una puesta fría, atenido a una paleta cromática de tonos siempre grises y apagados, como el ánimo y las actitudes esquivas de sus antihéroes, situados en las antípodas de los paladines de la libertad que suelen circular por las películas de espías en una falsa romantización de ese mundo anegado de sospechas, traiciones y paranoia.

La tensión late en la amenaza de un estallido siempre postergado y finalmente reducido a la minúscula victoria de un hallazgo que no cambia la historia del mundo y resulta ser apenas el desenlace de un contencioso burocrático, como posiblemente fue en gran medida esa Guerra Fría ilustrada de común como una acumulación de gestos grandilocuentes y sacrificios épicos.

De tal suerte se suma a varios títulos recientes afanados en el rescate de estilos hace rato dejados de lado, señal tal vez, ojalá, del empacho provocado por un cine sin ideas, que confunde ritmo con agitación e interés con cafeína.

Ficha técnica

Título original: Tinker Tailor Soldier Spy.

Guión: Bridget O'Connor, Peter Straughan.

Novela: John Le Carré.

Fotografía: Hoyte Van Hoytema.

Montaje: Dino Jonsäter.

Diseño: Maria Djurkovic.

Arte: Tom Brown, Zsuzsa Kismarty-Lechner.

Música: Alberto Iglesias.

Producción: Tim Bevan, Liza Chasin, Eric Fellner, Alexandra Ferguson.

Intérpretes: Mark Strong, John Hurt, Zoltán Mucsi, Péter Kálloy Molnár, Ilona Kassai, Imre Csuja, Gary Oldman, Toby Jones, David Dencik, Ciarán Hinds, Colin Firth, Kathy Burke, Benedict Cumberbatch, Stephen Graham, Arthur Nightingale, Simon McBurney, Tom Hardy, Amanda Fairbank-Hynes, Peter O'Connor, Roger Lloyd-Pack, Matyelok Gibbs, Phillip Hill-Pearson, Jamie Thomas King, Stuart Graham, Konstantin Khabenskiy, Sarah Jane Wright, Katrina Vasilieva, Linda Marlowe, William Haddock, Erksine Wylie, Philip Martin Brown, Tomasz Kowalski, Svetlana Khodchenkova, Alexandra Salafranca, Denis Khoroshko, Oleg Dzhabrailov ,Gillian Steventon, Nick Hopper, Gran Bretaña / Francia / Alemania, 2011.

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