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Mi experiencia de traductor

En la entrega de la nueva versión de ‘La Odisea’, Frías habló de lo que implica el oficio de traductor

Foto: micenasfound.com

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La Razón / Mario Frías Infante - traductor

00:00 / 24 de marzo de 2013

Traducir La Odisea ha sido para mí una experiencia fascinante, que me ha dejado una huella indeleble. No soy ahora el mismo que antes, después de haber realizado este extraordinario emprendimiento.

La traducción es un proceso que implica dos fases: la fase semasiológica y la fase onomasiológica.

La primera, la semasiológica, consiste en la comprensión del texto original, es decir la captación de su contenido. La lectura que de este texto realiza el traductor ha de ser una lectura de gran intensidad, tal que le permita asir lo más posible la riqueza subyacente, escondida, que no sale a la superficie del mensaje. Tiene, el lector traductor, que detenerse, reflexionar, analizar, examinar a fondo palabras y expresiones en una lengua, en el caso de La Odisea, que no es la propia. Tiene que transitar por una ruta que va desde los signos lingüísticos, más propiamente desde los significantes, hasta el contenido semántico. Va por la dirección inversa a la que sigue el autor, el cual avanza desde el contenido semántico hasta los signos lingüísticos capaces de expresarlo. “Hay una diferencia notable entre el lector común y el lector-traductor”, dice Valentín García Yebra. El traductor no puede contentarse con la comprensión del lector común. A diferencia de ésta, se obliga aquél a acercarse  en lo posible a la comprensión total del texto que ha decidido traducir.

¿Qué me sucedió cuando emprendí la fase semasiológica con vistas a traducir esta epopeya homérica? Sentí que escuchaba una voz no terrenal, la de aquella divina musa, la invocada por el poeta que dio comienzo a La Odisea con aquel sonoro verso ἄνδρα μοι ένεπε, Μοῡσα. La musa, en verdad, me hablaba en hexámetros de la lejana y bella lengua de uso exclusivo del aedo, tipificada como el dialecto homérico, relatándome las peripecias del ingeniosísimo varón que tanto tiempo anduvo errante por los mares en su viaje de retorno a su añorada Itaca.

Cuando allá por la novena rapsodia ya no es la musa sino Odiseo el relator, tuve la impresión de estar sentado entre los feacios, junto al rey Alcino, escuchando la viva voz del héroe que con su apasionante narración deleitaba a los habitantes de aquel país imaginario.

 Luego, al emprender la fase onomasiológica, siguiendo esta vez la misma dirección del autor, esto es desde el contenido semántico del texto griego hasta los signos lingüísticos del español nuestro, el de América y, por tanto, el de Bolivia, tuve que lidiar, pero muy placenteramente, con las dificultades de encontrar equivalencias para epítetos como γλανκόπις o τερπιτκέραυνος o ἀργειϕόντης viéndome obligado a recurrir a paráfrasis para expresar aproximadamente lo que en el griego se dijo en una sola palabra. Y así la característica de Atenea γλανκόπις tuve que verterla por “Atenea, la diosa de los ojos siempre luminosos”; y para Zeus τερπικέραυνοσ, “el que goza con el rayo”; y para Hermes el ἀργειϕόντης, “el matador del toro de argos”.

Las epopeyas homéricas están llenas de fórmulas. Por ejemplo: ποῑόν σε ἒπος ϕύγεν ἒρκος ὀδόντων: que traduzco por “qué palabras te dejó escapar la valla de los dientes”. ἒπεα πτερόεντα: “palabras que tenían alas”.

Dado el carácter fundamentalmente narrativo de La Odisea —ya que fue definida como épica novelada—, he traducido los hexámetros a una prosa rítmica. Presento, como muestra, un ejemplo de reducida extensión: “Llegó la nave a los confines del profundo océano. En ese lugar se hallaba la ciudad de unos hombres llamados cimerios, que viven cubiertos por la bruma y por las nubes. Jamás el Sol radiante los ilumina con sus rayos, ni cuando asciende al estrellado cielo ni cuando a la tierra del cielo vuelve; una cerrada noche se extiende sobre estos míseros mortales”.

Ha sido para mí esta aventura literaria de traducir La Odisea directamente de la lengua griega al español nuestro, el de América, una aventura maravillosa y altamente enriquecedora. Con cariño inmenso entrego esta traducción a mi patria Bolivia y al público de nuestra patria americana.

Nostalgia y narrativa del regreso

Rubén vargas

En griego “regreso” se dice “nostos”. (De ahí deriva la palabra nostalgia: el dolor provocado por la imposibilidad del regreso.) La Odisea es una narración de nostos, una narración del regreso. Su trama entera cabe en una frase: Odiseo regresa a Ítaca. Pero, ya se sabe, no es un regreso fácil. Al contrario, es un periplo lleno de demoras, de aventuras, de prodigios. Ya se lo advierte en el primer verso, cuando el poeta invoca a la Musa: “De aquel ingenioso varón, háblame Musa, que tanto tiempo anduvo errante, después de haber destruido la sagrada fortaleza de Troya”.     

Las peripecias de Odiseo —su larga nostalgia— se justifican, entonces, porque son necesarias para que exista la narración. La vida tiene sentido si se convierte en literatura. No es una idea peregrina; también está el La Ilíada que comienza con el famoso verso: “Canta, oh Musa, la cólera del pélida Aquileo...” Esa cólera precipitó innumerables almas al Hades, fue la causa de la destrucción de Troya y de inenarrables dolores —como la muerte de Héctor (que en tiempos de paz criaba caballos) a manos del alharaco de Aquiles—; y todo ello se justifica porque sólo así pudo escribirse La Ilíada. Tres mil años después, Mallarmé repetiría la fórmula con aires de modernidad: el mundo existe para llegar a las páginas de un libro.

Hacia 1936, Walter Benjamin escribió en un ensayo sobre Nikolai Leskov que sólo se viaja para tener algo que contar.  El marinero es, por ello, el arquetipo del narrador. Sólo narra, entonces, el que regresa. Y el mundo, al que el viajero se ha entregado como a una aventura o a un hechizo, sólo existe —es verdad— para llegar a las páginas de un libro.

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