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José Ballivián: Tiempo presente

‘Post delirios’  es la muestra que se exhibe en el Centro Cultural de España en La Paz dentro del Programa de Apoyo a Artistas de Media Carrera.

Exposición de José Ballivian.

Exposición de José Ballivian. Foto: Álvaro Valero

La Razón (Edición Impresa) / Joaquín Sánchez / Artista y Curador

00:13 / 05 de diciembre de 2018

José Ballivián desarrolla su producción artística a través de una compleja exploración del espacio y el contexto, los modos normalizados de la percepción, los grados de inteligibilidad sobre el devenir del mundo y la capacidad del sujeto de interferir en él. Aunque en sus instalaciones, objetos, esculturas y dibujos de fuerte arraigo conceptual predomina, a veces, una dimensión más formal-estructural, y otras, una más sociopolítica, la conexión entre ambas es siempre posible.

Es un artista inmerso en las relaciones de producción que plantea la globalización. Los temas principales de su obra son aquellos relativos a la manipulación de la información y una aguda investigación en torno a la identidad, el mestizaje, lo popular andino y las relaciones entre el primer y tercer mundo.

En los últimos años, el cuerpo de obra de José Ballivián ha evolucionado a medida que los soportes de la información, específicamente iconográficas, se licuaban por efecto de su digitalización y orientó la mirada crítica de este artista hacia los nuevos usos y prácticas de la imagen.

Ballivián es el extraño caso de un profesional que hace arte como si estuviese jugando. Una vena juvenil convierte su trabajo en una suerte de licencia para realizar fantasías personales y para la jouissance (disfrute). Hay además un sentido lúdico en su poética, explícito en algunas piezas. Pero el jugar ha sido siempre una cosa muy seria y Ballivián ha introducido frescura e imaginación sin afectar la creación de sentido ni un discurso conceptual subyacente. Ha contribuido así a algo muy necesario: hacer el arte contemporáneo menos severo y aburrido, con dosis de ironía, humor negro y en contexto con las diferentes etapas de su propia vida.

Ballivián se ha ocupado continuamente en cambiar todo en términos de lugar, rol y sentido. Su sensibilidad particular es fruto de una condición meta-artística totalizadora que se mueve entre la vida y el arte y cuyos resultados constituyen a menudo una rareza que deja perplejo al público. Desplazamientos y recombinaciones radicales de significados, marcos y componentes culturales dispares, quiebre de expectativas y otros rasgos inquietantes reflejan un cierto modo de lidiar con la práctica artística con la frescura de un outsider. Ballivián crea interacciones a la vez complejas y juguetonas con ingredientes formales y conceptuales que no suelen cocinarse juntos. Estas combinaciones inesperadas no buscan confundir: intentan respuestas plausibles a un mundo confuso e híbrido.

Su empleo de la tecnología es irónico; niega la funcionalidad a favor de usos imaginativos y juguetones dominados por la cultura vernácula y las tradiciones y representaciones burlonas entre iconográficas occidentales con elementos populares que trazan una línea agresiva entre la comunicación, lo tradicional, lo ancestral, entendiendo nuestra propia contemporaneidad.

Toda esta perspectiva podría ser analizada como una crítica al creciente rol de las tecnología en nuestra época y el dominio que las grandes marcas que ejercen un control sobre nosotros. Hay un desplazamiento táctico de la mirada hacia nuevos horizontes de patologías cotidianas de la visión que, a semejanza de la pareidolia, siguen afectando nuestra percepción cotidiana del mundo.

El capitalismo ha logrado definitivamente su meta: adelgazar ese tiempo-futuro hasta el mínimo, hasta el hecho de ese futuro es ya tiempo-presente. Es decir, estamos de pleno en el reino de lo “post” y que ya es hora de que este prefijo se conjugue con el paradigma del arte contemporáneo para saludar a una nueva época: el arte post-contemporáneo. Este nuevo paradigma o régimen estético se caracterizaría por finiquitar ya la época del simulado apoyo a las tesis del capital y ayudarnos a entrar en una sociedad post-capitalista más que acompañar pasivamente a la gradual y cada vez más ubicua aproximación a las condiciones de la post-democracia.

El artista no transforma simbólicamente nuestra condición tecnológica en busca de una esencia humana prístina en la era del post; es un Post delirio de identidad, religión y cultura de una generación que vive cambios sociales y culturales fundamentales en la era del “post” contemporáneo.

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