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La fascinación guerrillera

En ‘Cristo con un fusil al hombro’, Kapuscinski reconstruye la guerrilla de Teoponte en 1970

La Razón / José Andrés Rojo - periodista

00:00 / 02 de junio de 2013

Ryszard Kapuscinski llegó a Santiago de Chile más o menos un mes después de que los militares bolivianos hubiesen asesinado a Ernesto Che Guevara en La Higuera el 9 de octubre de 1967. Aterrizó ahí como nuevo corresponsal para América Latina de la agencia de noticias polaca, la PAP, aunque luego debía trasladarse a la sede, en México DF. Era un momento complicado de la Guerra Fría, apunta su biógrafo, Artur Domoslawski. Casi nueve años antes había triunfado la revolución cubana y su influencia se dejaba notar: estallaron guerrillas por todas partes, ya fuera en la ciudad o en el monte. “América Latina está viviendo el momento de mayor conmoción política de la última década”, escribió en uno de sus primeros informes. Kapuscinski pudo leer poco después los diarios del Che. La química se produjo al instante y, en Lima, se encerró en la habitación de un hotel durante tres meses para traducirlos.

En La guerra del fútbol (Anagrama, 1992; traducción de Agata Orzeszek) y Cristo con un fusil al hombro (Anagrama, 2010; traducción de Agata Orzeszek) se recogen algunos de los reportajes en los que Kapuscinski trabajó durante los cuatro años y medio que vivió en América Latina. En el último de ellos hay un texto dedicado a Allende y al Che. Cuenta sus trayectorias, señala sus diferencias, establece entre ambos algunos paralelismos. Escribe, por ejemplo, a propósito de sus principios morales: “Allende desea preservar la honestidad ética. De la misma manera se comporta Guevara”.

En el reportaje que da título a uno de esos dos libros, Cristo con un fusil al hombro, Kapuscinski se ocupa de reconstruir la guerrilla de Teoponte, la segunda que se produjo en Bolivia después de la del Che. El 18 de julio de 1970, 67 jóvenes combatientes se subieron en un par de camiones en La Paz para irse a iniciar la revolución en un rincón de la selva del noreste de Bolivia, y el 19 irrumpieron en las dependencias de una empresa minera estadounidense para llevarse a dos rehenes y toda la pasta que contuviera la caja fuerte (una miseria, en aquel momento). En la minuciosa reconstrucción que ha hecho de esa guerrilla, el historiador boliviano Gustavo Rodríguez Ostria va desgranando detalle a detalle los preparativos, el desarrollo y el fracaso de la empresa. De todos los que cruzaron el río para meterse en la selva con la hipótesis de sacudir los cimientos del capitalismo sólo sobrevivieron nueve. La reacción del ejército fue desproporcionada y de una crueldad innecesaria. En octubre eran ya 1.251 los soldados que se habían desplazado a la zona para enfrentarse a los 14 combatientes que todavía sobrevivían como podían. Los demás, salvo uno que desertó al principio, habían sido liquidados.

Los militares no se complicaron la vida en aquella misión. Su objetivo era que no quedara ninguno, así que a los que cogían los mataban. El 2 de noviembre, todo había acabado. Los pocos que sobrevivieron tuvieron la suerte de que, a principios de octubre, un accidentado golpe militar terminara llevando al poder a Juan José Torres, un militar de izquierda que logró detener la rapiña y permitió que los que aún resistían pudieran salir camino a Chile.

Como sucede en muchos de los reportajes de Kapuscinski, las cosas suceden a un ritmo vertiginoso y el reportero va teniendo la suerte de que las piezas que necesita para armar su relato se le presenten una detrás de otra como quien ha ordenado un menú. Empieza entrevistando a Óscar Prudencio, el rector de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, que le enseña en su despacho las marcas que hay en su mesa de las balas que le llovieron durante un reciente enfrentamiento entre estudiantes anarquistas y trotskistas. “En este país”, le dice, “la vida no vale nada”. Enseguida el rector lo invita a un homenaje que va a celebrarse por los que cayeron en Teoponte.

Kapuscinski describe el acto, luego habla de los sótanos de un local donde acude a escuchar a un guitarrista y cuenta la historia de los hermanos Peredo (uno de ellos no reconoció, más tarde, la descripción que hizo de su padre): Coco murió en la guerrilla del Che, Inti cayó cuando preparaba el desafío de Teoponte y Chato terminó siendo el jefe de aquella historia y uno de los supervivientes. El texto continúa con la descripción de las vicisitudes vividas en Teoponte y con el golpe que llevó a Torres al poder. No hay sombra alguna que cuestione la guerrilla en el relato de Kapuscinski, sino más bien una corriente de simpatía por el coraje de aquellos muchachos.

En Non-Fiction, donde aborda con todo detalle la fascinación de Kapuscinski por el Che, Artur Domoslawski observa que no le dio tiempo a analizar “cuáles son las diferencias entre el Cristo con un fusil de los años 60 y 70, y el Mahoma con un fusil de hoy”. Sea como sea, en el relato que hace de Teoponte el apabullante talento de Kapuscinski vuelve a emerger a la hora de cazar el espíritu de una época. Lo hace en la descripción del homenaje que se hace a los guerrilleros caído en la batalla. O cuando selecciona algún fragmento de las cartas que uno de sus líderes, Néstor Paz, le escribió cuando estaba en la selva a su mujer Cecilia: “Ninguna muerte es inútil si la ha precedido una vida dedicada a otros, una vida en que hemos buscado sentido y valores. Te beso tiernamente, te tomo entre mis brazos…”.

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