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Un fenómeno mágico

Dos décadas después de su primer libro, ya nadie duda de que Harry Potter es verdadera literatura y una herramienta perfecta para promocionar la lectura, también en Bolivia.

Un fenómeno mágico. Foto: bustle.com

Un fenómeno mágico. Foto: bustle.com

La Razón (Edición Impresa) / Ernesto Martínez

00:00 / 16 de julio de 2017

Debo confesar que mi encuentro con Harry Potter fue en el cine con la primera película. Al igual que muchos de nosotros, fue después de ver el film y al enterarme de que había otros libros de la serie, que decidí leer los libros de Harry Potter. El primero fue precisamente el Prisionero de Azkaban. Compartí esa primicia con mis hijos, a quienes leí durante varias noches esta tremenda historia de un joven mago que, junto con sus amigos, lucha contra la maldad, empieza a dudar de ese papel que el destino le ha impuesto y se da cuenta de que el mundo no es blanco y negro porque las apariencias a veces engañan.

Toda una enseñanza de vida en algo más de 350 páginas.

A medio camino del tercer o cuarto libro mis hijos empezaron a leerlos por su cuenta. Como ellos tenían un poco más de tiempo que yo para leer, terminaron antes y tuve que acudir a mi autoridad paterna en más de una ocasión para evitar que me contasen los finales. Mi hija, que es contemporánea a Cáliz de Fuego, no ha leído Harry Potter y no ha visto las películas porque quiere primero leer los libros. Tarea difícil cuando se encuentra sumergida en las obras de John Green o en sagas como las de Suzanne Collins.

Cuando Harry Potter y la piedra filosofal fue publicada en inglés, hace 20 años, muy pocos consideraban a la literatura juvenil e infantil como verdadera literatura. Era un subgénero con pocos adeptos y casi desconocido entre los adultos. En el sector editorial muy pocos creían que las niñas y los niños estarían dispuestos a leer libros con tantas páginas. Basta con mencionar dos hechos para reflejar este reducido estatus de literatura juvenil: el manuscrito fue rechazado por 12 editoriales y solo una pequeña editora inglesa se decidió a adquirir los derechos de publicación. Aun así, solo se atrevió con un muy pequeño primer tiraje: 500 ejemplares.

Pero aun cuando las ventas de la edición en inglés ya se habían disparado y auguraban un éxito similar en nuestro idioma, el sector editorial en español siguió repitiendo el mantra de que los jóvenes no leen libros muy extensos. Y no fue sino hasta que se publicó Prisionero de Azkaban que esos recelos desaparecieron. Tal vez porque las niñas y niñas salían de los cines, luego de ver la primera película, y se dirigían directamente a las librerías a comprar los demás libros de la saga.

Interesantemente, a pesar de que libreros, editores, profesores, padres de familia nos quejamos incesantemente de que “los jóvenes no leen”, en Bolivia el fenómeno no fue diferente al de otros países. Aún me acuerdo de salir del Monje Campero luego de ver El cáliz de fuego y encontrarme en El Prado con vendedores callejeros abarrotados de jóvenes clientes rogando a sus padres para que les compren los libros.

Efectos. Han pasado 20 años y, más de 450 millones de ejemplares vendidos después, nadie puede dudar del poder que tuvo este mago a quien acompañamos desde sus 11 años. Poder que se extiende más allá del “Expelliarmus!” o de las pociones mágicas y se adentra en nuestro mundo real, en el sector editorial y en la promoción de la lectura. Harry Potter ha tenido y tiene varios efectos muy positivos. Expuso a la lectura a una nueva generación. La serie demostró que las y los niños leerían historias atractivas y con personajes adolescentes, sin importar su extensión. Convirtió a la literatura juvenil en un género con derecho propio, con un sinfín de subgéneros que van desde romance paranormal a aventuras distópicas. Y, además, provocó una explosión comercial con varios autores que utilizan la fórmula de las sagas y de los libros de fantasía, como Juegos del hambre, Crepúsculo y otras.

El año pasado, cumpliéndose 19 años del fenómeno, Harry Potter —o mejor deberíamos decir su autora, J.K. Rowling— demostró que su poder se mantiene intacto. Las editoriales propietarias de los derechos en cada una de las regiones del mundo tuvieron un segundo semestre fiscal espectacular gracias al lanzamiento de Harry Potter y el legado maldito. Y con ellas muchas librerías, que para marcar bien la ocasión prepararon eventos especiales en el lanzamiento de la obra, con aperturas a medianoche, fiestas y desfiles de personajes. En Martínez Acchini no fuimos la excepción. Decidimos lanzar el libro, junto con el Club Oficial Harry Potter Fénix La Paz, a las 20.00 del día mundial del lanzamiento. Ante nuestra sorpresa, desde las 18.30 se empezó a formar una fila de jóvenes en las puertas de la librería.

Fue la segunda vez en nuestra historia que esto pasaba —la primera, con la biografía de García Márquez— y me sentí invadido por el asombro pero, principalmente, por una bocanada de optimismo: todas las personas en esa fila eran menores de 19 años y gran parte de ellas tendrían entre 13 y 15 años. Poco les importó que el libro fuese un guion de teatro y no una novela: querían leerlo. Ese día sentí reivindicado mi amor por los libros. Ese día dejé de decir que la lectura en Bolivia no tiene futuro.

  • Ernesto Martínez / Librero

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