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Una fuga adelante y sin memoria

Una fuga adelante y sin memoria.

Una fuga adelante y sin memoria.

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Sánchez / Crítico de cine

00:00 / 18 de junio de 2017

Cada vez aparecen más preguntas y menos respuestas sobre qué es el cine. Con una vida tan corta, poco más de 120 años, para algunos el cine ha agotado sus posibilidades en más de un nivel; y sin embargo la humanidad no ha perdido su capacidad de sorprenderse frente a sus imágenes en movimiento. Más allá de las salas comerciales hay otros cines, las pantallas se multiplican infinitamente y cada vez más personas tienen acceso a otros tipos de contenidos que pueden ser considerados cinematográficos al haber sido hechos en el (los) lenguaje(s) del cine.

Las cuestiones tienen que ver con las formas de reproducción actuales con relación a lo que hasta una década atrás era la tecnología de exhibición del cine. La tiranía tecnológica ha anulado dos de sus pilares. Uno, en lo creativo, ha discontinuado la producción de celuloide, lo que implica dificultar o eliminar un soporte de creación que podría haberse mantenido como una opción. “Es como si a un pintor le prohibieran pintar con óleo por una cuestión del mercado”, dice el cineasta Diego Torres.

El otro pilar se basa en una expropiación de la memoria, porque los nuevos reproductores digitales han condenado a gran parte de la producción cinematográfica a estar ausente de las programaciones regulares y, por tanto, al olvido. A favor del desarrollo tecnológico —o bajo esta premisa, que es más bien una excusa— se está consolidando el sistema de universalización de la memoria, que va contra las identidades locales y su forma de contar las historias propias. ¿Qué es lo que nos queda? En gran medida, solo lo que se ha considerado “importante” para ser digitalizado y restaurado, películas de “todo” el mundo que han sido consideradas (¿por quién?) dignas de migrar de soporte y así sobrevivir al olvido.

Aunque mucho se diga sobre la innumerable cantidad de contenidos que se pueden consultar y visionar en internet, se trata aún de un sistema de reproducción que se rige a una lógica de dominación, en la que los contenidos y las búsquedas dirigen al usuario. Hacen falta todavía buscadores locales que remitan a contenidos también propios. Esto es un desafío enorme: digitalizar los contenidos y ponerlos a disposición de los usuarios. Su impacto podría ser más que significativo sobre las formas de relacionarnos con un “nosotros mismos” que subyace en cada contenido con el rótulo de “cine nacional”.

Sembrar referencias sobre el cine local ayuda a generar interés sobre lo que es la producción nacional. Sin embargo, este esfuerzo queda trunco en tanto no hay forma de consultar las fuentes, que en este caso son las películas. Se puede hablar y escribir sobre lo que es el cine, pero quedan todavía muchos vacíos sobre el acceso a estos contenidos. Si las formas ya no son las tradicionales del cine en sala, hay que pensar cómo devolver la memoria del cine a los espectadores.

Las formas de reproducción del cine han cambiado tan drásticamente en los últimos años que no ha dado tiempo para reflexionar sobre qué hacer con lo que se tiene hasta ahora. Cada vez crece más la brecha tecnológica entre lo que se hizo y lo que se hace, y la recuperación de la memoria tiene que ver con tomar por asalto la tecnología para actualizar contenidos poniéndolos en valor a través de los nuevos soportes. Gran parte de la victoria del cine clásico norteamericano en el imaginario colectivo es consecuencia de su rápida apropiación de los formatos televisivos. Los programadores de televisión han tenido “fácil” acceso a estos contenidos y han sido corresponsables de que las grandes producciones norteamericanas tomen el poder en las pantallas domésticas, con secuelas profundas sobre el espectador.

El futuro suele ser impredecible, pero sí se puede decir que estamos frente al poscine, un momento que repiensa el cine más allá del cine. Las formas de producción, la exhibición y la distribución del cine jamás volverán a ser las mismas. Se trata de una fuga adelante a favor del desarrollo de la tecnología y que ha dejado para después el pasado. Tomar conciencia de ello puede ayudar a pensar qué hacer para no perder la memoria del cine nacional.

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