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Un golpe con estilo

Una ‘gerontocomedia’ llena de moralejas y lugares comunes, sin ninguna gracia, que se vende como una sopa cuando solo es agua tibia.

Imagenes del film 'Un golpe con estilo'

Imagenes del film 'Un golpe con estilo' Foto: comingsoon.net

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 14 de mayo de 2017

Otro remake —esto es, un refrito— añadido a la ya extensa lista de los últimos años. En la modalidad, como en cualquier género —si bien este no lo es en el sentido estricto del término— hay de todo, pero a grandes rasgos resulta relativamente sencillo discernir las hechuras sin mayor justificación que la sequía de ideas de sus autores, de los tributos auténticos a obras del pasado merecedoras de un repaso. Un golpe con estilo pertenece al primero —y mayoritario— de los paquetes señalados. La versión inicial, dirigida en 1979 por Martín Brest, tampoco exhibía credenciales como para asegurarse el paso a la posteridad, dejando únicamente la referencia de su notable trío protagónico: George Burns, Lee Strasberg y Art Carney, quienes salieron bastante bien parados pese a la exigüidad del libreto y a la rutinaria labor de dirección.

Más difícil lo tienen Michael Caine, Morgan Freeman y Alan Arkin, obligados a lidiar con un guion empeorado sobre el de Edward Cannon, así como con una realización falta de musculatura narrativa y empuje dramático, igual o peor de convencional que la del original, reciclado por razones indescifrables. Para agravar el asunto, a Zach Braff, —anteriormente protagonista de algunas comedias término medio— le pesa en exceso la enrarecida atmósfera de época con esa carga de moralina barata propia de este tiempo de oscurantismo renacido. Queda evidenciado en el sesgo acomodaticio del relato, que demandaba un talante bastante más lanzado y con mayor chispa para sacarle el jugo a las motivaciones de los tres jubilados protagonistas en su descabellado plan.

Joe, Willie y Albert, el trío en cuestión, acaban de quedarse sin pensiones por las jugarretas de algún banco. El primero pierde su casa; el segundo renuncia al urgente trasplante de riñón para alargar su vida; el último dice chau definitivamente al siempre esquivo intento de encontrar pareja. Encarados al desamparo, resuelven atracar la entidad financiera culpable, a cuyo efecto se asesoran con un perito en la materia, intentando prever hasta el mínimo de los riesgos y conscientes del absurdo de su maquinación, propósito inalcanzable vista la cantidad de policías a los cuales debieran despistar, escollo este último de los de menor cuantía.

Moralejas se encuentran para todos los gustos: hay pocas amistades de verdad cuando las papas queman; el dinero no hace la felicidad pero tranquiliza los nervios; en el trance en el cual las cosas se tornan color hormiga ahí está la familia para poner el hombro y todo lo demás; nunca es tarde para toparse con el amor, que irrumpe sin avisar; de los abuelos siempre resulta posible aprender una lección útil para la vida; perdonar es la cifra de la paz interior, tan importante ella. La colección de lugares comunes prolifera a lo largo de la historia en desmedro de la corrosividad, el único condimento que pudo haber salvado a Un golpe con estilo de la inanición.

En la jerga de la industria fílmica se trata de un crowd pleaser, un producto destinado a gustar a la mayor cantidad posible de espectadores de toda edad, dispensándolos de cualquier esfuerzo de inteligibilidad así como de toda arista que interrumpa la plácida e indolora ingestión del preparado. La fórmula manda operar con premeditación y alevosía en el descafeinado absoluto del asunto, en el no-estilo. Braff cumple a pie juntillas con la prescripción.

El tropiezo inicial del realizador es su falta de timing —sentido del ritmo y las proporciones— al distribuir los tiempos del relato. Consciente tal vez de la ausencia de ingredientes que enlacen la identificación del espectador, con una morosidad exasperante dedica más de la mitad del metraje a la caracterización de los protagonistas, a definir sus relaciones mutuas y, por sobre todas las cosas, a poner en claro que se trata de buenos tipos, no vaya algún espectador a confundirlos con malhechores.

Cuando resuelve salir del atasco autoinfligido, consigue el único breve tramo en verdad disfrutable, contando las entreveradas estrategias desplegadas por sus personajes en el apuro para armar sus respectivas coartadas por si las cosas salen mal durante el asalto, momento en el cual la narración reincide en la apatía. El otro chispazo ocasional debe agradecérsele a Ann Margret en el rol secundario de seductora octogenaria, todo un guiño a propósito de prejuicios respecto a la sexualidad de los adultos mayores. Penosamente el apunte se insinúa y queda en mero boceto.

El realizador apuesta todo a la experiencia de Caine, Freeman y Arkin, los cuales se ven forzados a sobreactuar para abastecer a sus personajes de algún atisbo de sentido. Lo hacen con la solvencia que se les reconoce, habiéndola pasado bomba al parecer durante el rodaje, lo que no le sucederá al respetable frente al resultado, a menos que goce contemplando la decadencia de notabilidades que conocieron mejores días.

Gerontocomedia, un subgénero que viene procurándose, por ahora con escasísima ventura, un lugar entre los hábitos de la producción main stream —corriente prevaleciente—. Echa mano de actores en el ocaso de su carrera. Los tres convocados de turno cumplen a duras penas con la tarea de mantener a flote la desvaída hechura de Bratt, arriesgando a traspasar la delgada línea a partir de la cual comienza uno a lamentar que los implicados no supieran advertir a tiempo que había llegado el momento de la retirada digna, en lugar de enturbiar toda su estimable trayectoria precedente. Lo mismo les ocurrió, hace poco, a Robert de Niro en Mi abuelo es un peligro y algo antes a Al Pacino, Christopher Walken y al reincidente Alan Arkin en Tres tipos duros.

Abundan tiros, persecuciones, diálogos apenas picantes, interrogatorios, despistes. ¿Ingredientes suficientes para sostener una película? Sin ponerse demasiado pretencioso a cualquiera cabe demandarle que divierta, o emocione, o nos haga sentir algo. Nada de eso encontraremos en este porrazo mayúsculo cuyas gracias no arrancan ni un esbozo de sonrisa y cuyo sabor se asemeja al de un plato de agua tibia entregado a título de sopa.

¿Vivir o durar? Semejante dilema al que nos tocará a todos encararnos en algún momento tampoco encuentra una respuesta en el descaminado intento de reivindicar a los personajes entregándoles la responsabilidad de cobrarse revancha, a nombre de los incontables damnificados por las ruindades financieras. En suma: cero casi absoluto.

Ficha técnica

Título original:  Going in Style.

Dirección: Zach Braff.

Guion: Theodore Melfi.

Historia: Edward Cannon.

Diseño: Bill Brzeski.

Arte: Fotografía: Rodney Charters.

Montaje: Myron I. Kerstein.

Diseño: Anne Ross.

Arte: Laura Ballinger.

Efectos: Conrad V. Brink Jr., Jeff Brink.

Música: Rob Simonsen.

Producción: Bruce Berman, Tony Bill.

Intérpretes:  Joey King, Morgan Freeman,

Ann-Margret, Michael Caine, Peter Serafinowicz,

Christopher Lloyd, Alan Arkin, Matt Dillon. - USA/2017.

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