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El gran pequeño

Nada más efectivo que un niño en problemas para exprimir hasta la última lágrima del espectador y lanzarle, sin disimulos, sermones aleccionadores

El gran pequeño. Foto: laprimerapiedra.com.ar

El gran pequeño. Foto: laprimerapiedra.com.ar

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 16 de agosto de 2015

Una vieja receta, tan vieja como el cine mismo, da cuenta de que si usted desea exprimir a fondo los lagrimales de la platea, nada más útil para lograrlo que poner de protagonista a un niño en problemas. El director-guionista Alejandro Monteverde y su colibretista Pepe Portillo se atienen a pie juntillas a la fórmula en cuestión. Ambos tienen como referencia títulos cuyas pistas asoman de manera indisimulable a lo largo del relato de El gran pequeño, sin bien en términos de calidad y eficacia el resultado se halla a varios kilómetros de distancia de aquellos.

Por una parte, se siente el eco de El tambor de hojalata, adaptación de Volker Schlondorff del libro homónimo de su compatriota Gunter Grass a propósito de un niño que se niega a crecer, espantado por las barbaridades de los adultos de su entorno.

De igual manera son visibles las huellas de Cinema Paradiso, memorable hechura de Guiseppe Tornatore acerca de los recuerdos de infancia de su protagonista, acunado por las películas que solía gozar de pequeño gracias a la complicidad del operador del cine de su pueblo natal, lo que funcionaba como una suerte de reparo paradisiaco contra la fealdad de la realidad circundante, marcada –al igual que la historia de Schlondorff– por los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Lo propio ocurre en el relato de Monteverde, focalizado en las desventuras de Pepper Flynt Busbee, ambientado en los años 40 en O’Hare, pequeño pueblo costero de California. Allí Pepper, quien por algún inexplicable motivo no crece, debe soportar las burlas y el mal trato —bulling diríamos hoy—, de sus compañeros, comenzando por el apodo de “enano” que le enrostran con fruición, empeñados en hacerle la vida a cuadritos.

El único verdadero amigo del protagonista es James, su padre, con quien comparte juegos, ideales y aventuras. Pero las cosas se tornan color hormiga cuando London, el hermano mayor, es rechazado en el ejército debido a su pie plano, obligando al padre a reemplazarlo en el servicio a la patria.Desolado, Pepper cree encontrar consuelo en el encuentro con Ben Eagle, mago itinerante, mitad personaje real, mitad personaje de historieta, el cual le anima a creer que la fuerza de voluntad todo lo puede, desde mover un vaso con el pensamiento hasta lograr, por los mismos medios, el retorno de papá.

Pero quien en realidad le ofrece el remedio para sus males del alma es Oliver, el afable cura del pueblo, cuya terapia consiste en aplicar las siete obras de la misericordia cristiana, sumando un encargo adicional: hacerse amigo de Hashimoto, vecino de origen japonés, puesto en cuarentena por el resto de los lugareños, ya que se trata del enemigo encarnado, la personificación del antagonista contra el cual James pelea la guerra lejana.

La presencia de Oliver es la pista para entender la intención de la película y para detectar el porqué de sus aciertos y de sus yerros. En los últimos años se ha puesto de moda en Estados Unidos el cine de propaganda religiosa de cuño cristiano, al punto de trascender las fronteras del norte convirtiéndose en una lucrativa fuente de ingresos. Entre los varios empresarios advertidos de la rentabilidad del filón, Mark Burnett, productor de El gran pequeño, consiguió amasar una apetecible fortuna en poco menos de un quinquenio especializándose en esa suerte de subgénero agiornado de las antiguas películas bíblicas.

Se trata entonces de armar sermones aleccionadores en formato de película, sin importar otra cosa que la eficacia del llamado a la fe. Un niño zarandeado por la incomprensión de sus coetáneos —hasta cierto punto de los adultos también— parecía la fórmula mágica perfecta para alcanzar el fin perseguido.Que el título del film coincida con el nombre puesto en su momento a una de las bombas atómicas lanzadas sobre Japón no es desde luego una coincidencia. Y no deja de ser sospechoso –o, al menos, no deja de probar la opinable transparencia del emprendimiento que la fe acrecentada del protagonista, gracias a los consejos del cura– que no se traduzca en el pedido del cese de la guerra, sino más bien en acabar cuanto antes con el enemigo.

Si para lograrlo se necesitan unos cuantos miles de muertos a causa de los bombardeos atómicos, incluso ello resulta justificado puesto que el fin es lograr cuanto antes el regreso de papá a casa.

Con idéntico, discutible y ligero manejo de las ideas, la trama —empeñada en forzar los sentimientos en lugar de ir construyendo de manera paciente la empatía del espectador con Pepper y sus allegados— va rozando un largo catálogo de argucias conceptuales, mezcladas en el modo de meros pretextos para dejar al público sin escapatoria alguna, a merced de la manipulación sensiblera desplegada de principio a fin del argumento.

De ese modo la ternura, la pena, la compasión, los sueños, el amor, el odio, el racismo, la intolerancia y la xenofobia son los ingredientes de un coctel de elementos barajados a discreción, sin el menor afán de poner efectivamente en cuestión el quiebre de los valores característico de una situación como la guerra, cuando el patrioterismo y la adulteración de las ideas y de los principios quedan subordinados al instinto de supervivencia. Así, todo en la película pasa a ser funcional, incluso la escasa lógica de innumerables situaciones forzadas para avanzar con el discurso, en procura de exprimir hasta la última lágrima del espectador.

De igual manera, los afeites formales. Por ejemplo, los innumerables bellos atardeceres con Pepper frente al mar, ¿orando?, por el regreso de papá, se reiteran venga o no al caso, en esa desenfrenada acumulación de golpes bajos a la emotividad y de efectismos apuntados a doblegar –se supone– el descreimiento y las flaquezas de la fe de una época extraviada de los caminos del Señor.

Si algo resulta salvable en el trabajo de Monteverde es el parejo rendimiento de su elenco, donde nadie desentona y cuyo pequeño protagonista (Jakob Salvati) está a la altura de varias de las consagradas figuras que lo componen, sabiendo como se sabe cuán dificultoso resulta que un niño no dé la impresión de haber sido reducido a un instrumento de los manejos del director, conservando su propia entidad, acorde por lo demás a su edad.

Ficha técnica

Título original: Little Boy. Dirección: Alejandro Monteverde. Guión: Alejandro Monteverde, Pepe Portillo. Fotografía: Andrew Cadelago. Montaje: Meg Ramsay. Diseño: Bernardo Trujillo. Arte: Carlos Benassini. Efectos:  Daniel Cordero. Música: Stephan Altman, Mark Foster - Producción: Mark Burnett, Ricardo Del Río. Intérpretes: Kevin James, Michael Rapaport, David Henrie, Emily Watson, Ben Chaplin. MEXICO, USA/2015.

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