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La herida abierta

Así nació esta ciudad que bien podríamos considerar, de una buena vez, la más bella de Bolivia...

La Razón (Edición Impresa) / Gonzalo Lema - Escritor

00:00 / 09 de marzo de 2014

Quizás el momento más conmovedor de mi vida haya sido dado ante la presencia sin igual del Cerro Rico de Potosí. Eran mis lejanos tiempos de principiante de adulto que absorbía sediento cuanta historia se me ponía en el camino. Y en esa oportunidad de fantasía se me puso al frente el Cerro y nos miramos a los ojos, enamorados, hasta que derramé mi llanto.

Inútil fue mi afán por hallar en sus laderas vestigio alguno del indio Huallpa. Los siglos de tiempo son capaces de todo, inclusive de borrar sin misericordia las huellas de la memoria. Pero ese día de 1545 comenzó esta historia que aún no termina, cuando la plata se mostró sencillamente a flor de piel y la noticia navegó pronto por el mundo poniendo fin a la leyenda de El Dorado y cimentando para siempre el nombre y la riqueza real de Potosí. Lo nuestro no era un mito, sino la base misma de la Colonia, en su afán de lucro, y la síntesis exacta del porqué de la presencia española en la América.

Desde entonces es que el mundo sabe de nosotros. ¿A quién hubiera extrañado que nos llamáramos República del Potosí? A propósito de su presencia se fundó la Audiencia y luego también se fundó la patria. Pero no solo eso: se fundó nuestra forma de ser aunque esto nos parezca extraño.

La mentalidad del saqueo se desbordó de inmediato y, apenas unos años después, Potosí y su Cerro habían generado un desorden comparable, a la distancia, al descubrimiento de oro en California y Australia. Lo que ayer lucía como un páramo se convirtió, sin más, en una hojarasca de gente y viviendas abigarradas capaces de asombrar a cualquiera. Así nació esta ciudad que bien podríamos considerar, de una buena vez, la más bella de Bolivia. A falta de una fundación de estilo, se erigió preciosa la presencia de su Cerro y eso fue más que suficiente. El Cerro convocó a la gente y la gente a la Iglesia y se hizo la vida en sus callejas hasta el mismo día de hoy.

¿Por qué los bolivianos no viajan a conocer el Cerro Rico? ¿En qué momento dejó de conmoverlos? Una insólita teoría indica que, fieles a la mentalidad heredada, los bolivianos prefieren visitar los centros que no les recuerde absolutamente nada de su triste historia. Esa apuesta —vivir sin recordar— ha trizado nuestro cuerpo social como si se tratara de un cristal de Bohemia: las regiones emergentes se consideran libres —lo dicen— de toda culpa frente a los fracasos nacionales. Enormes bolsones de gente ya no quieren saber del derrotero del proceso social, de sus encuentros y menos de sus desencuentros, y el país se tambalea siempre debido a que todos nos damos la muda espalda. El ayer no nos pertenece. Nosotros somos hijos del tractor, no de la mina... Pero la afirmación peor es aquella que discrimina: la pobreza está allí, no aquí. Así, pues, es muy difícil construir sociedad.

El tema de nuestra historia nos lacera el alma. Nos han enseñado que el cercenamiento territorial de nuestro país fue producto de la mediocridad que nos caracteriza, de nuestra imposibilidad de ver el futuro y de ejecutar bien tareas del presente. Pero en realidad debían enseñarnos que Bolivia se fundó cuando todos los países circundantes ya estaban constituidos, que siempre fuimos muy pocos y jamás alcanzamos a poblar nada, que el mar nos quedaba lejos inclusive cuando era nuestro, y que la Colonia solo se desarrolló debido a la presencia del Cerro. ¿Alguno de nosotros piensa que todo hubiera sido igual sin su presencia? La vida siempre giró en torno a su cono querido. Lo demás parecía simplemente una abstracción jurídica.

Un amigo piola me indicó que las intenciones de los españoles bien podían medirse por el tamaño de las plazas en el nuevo mundo: si la plaza era grande, pues allí pensaban afincarse en términos definitivos. Un gran ejemplo es México. Y si la cuestión era saquear y luego irse, el Alto Perú, donde las plazas, inclusive la principal —estoy pensando en Potosí— apenas es más grande que un pañuelo de quinceañera. Testigo de aquel abandono es nuestro Cerro. Y toda Bolivia, porque a todos nos consta que somos quienes menos guetos cobijamos y que la sociedad que tenemos es la que quedó de la Audiencia.

Desde entonces hemos ido perdiendo interés para las nuevas corrientes migratorias, al punto que hemos sido capaces, en los hechos, de prácticamente paralizar la dinámica del mestizaje consanguíneo. Se advierte, sin embargo, que el sincretismo cultural marcha con muy buen viento: la cultura occidental ha aprendido a gustar de la originaria y hasta se combina en su expresión. Esta compatibilidad nació en el encuentro de ambos mundos y se plasmó, con perfecto arte, en las fachadas y altares de las iglesias católicas. Tiempo después se formuló el folklore que absorbe a nuestra juventud.

Si la historia de los bolivianos es una herida abierta, pienso que es mejor que nos asomemos cuanto antes a uno de sus bordes y miremos en su interior. Es mejor asumirnos, a plenitud y cabalidad, que intentar ser lo que no somos educando a nuestros hijos ajenos al alma nacional. La evasión, que yo sepa, conduce únicamente a la depresión. A partir de allí que cada quien se aferre de alguna mano amiga.

En estos tiempos que corren aprisa, se advierte que lo importante no es atendido del todo. La memoria histórica es apenas nombrada, como si fuera posible ser producto tan solo de ayer. Eso no es correcto. El boliviano no puede contentarse con tan poca cosa y debe bucear una memoria larga, verdaderamente histórica, capaz de forjar una columna vertebral en cada uno de nosotros. ¿Qué ha de sostenernos en pie si no apelamos a nuestra historia? Cada uno es lo que es, como se sabe. Y nosotros —prácticamente todos— somos hijos de la Colonia. ¿Estoy descubriendo alguna verdad? Y el símbolo de la Colonia es el Cerro Rico, a quien hoy le canto todo mi amor. Que esta certeza no se hunda, por favor.

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