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El héroe enmascarado en la sociedad de control

No es una reseña de una película sino un análisis de las inquietantes figuras de Batman y El Guasón que propone el director Christopher Nolan

El Guasón proviene de la muerte, por eso ya no teme a nada...

El Guasón proviene de la muerte, por eso ya no teme a nada...

La Razón / La Paz

00:00 / 19 de febrero de 2012

Batman The Dark Knight (2008) es una película que sólo se puede contar a través del Joker, el villano genialmente interpretado por el desaparecido Heath Ledger. Iba a decir que el Joker es el personaje opuesto, la antítesis de Batman, pero afirmarlo sería demasiado superficial, puesto que ambos se mueven en el mismo plano. La única diferencia entre Batman y El Guasón radica en la manera que han elegido sobrellevar la oscuridad que los habita.

En la primera parte, Batman Begins (2005), se cuenta que en una ocasión el pequeño Bruce Wayne cayó por accidente en un pozo de murciélagos y que desde ese día guardó un terror mortal frente a esos horribles seres de alas largas con cara de rata. El siguiente episodio traumático de su vida aconteció cuando unos ladrones de poca monta mataron a sus padres al salir de un teatro. El pánico lo invadió, la inseguridad, la experiencia de la intemperie… Todo amenazaba con hundirlo, y de repente pasó a odiar la delincuencia y el crimen. Éste es el énfasis de realismo que pone el director Christopher Nolan cuando dice que Bruce Wayne no es simplemente un buen tipo que oficia de justiciero, que no es sólo un filántropo de buen corazón, sino un ser desgarrado que vive torturado por tensiones internas, un lobo estepario que por largo tiempo no supo encontrar su lugar en el mundo y que ha encontrado una manera de relacionarse con la oscuridad que lo mira de frente.

En este enfoque, es curioso que sea Cristian Bale quien interprete el papel de Bruce Wayne. Podría apostarse que la interpretación de Bale de un yuppie degenerado en American Psycho es lo que terminó de convencer a Nolan de que era el sujeto que necesitaba. Porque en esta nueva versión, Bruce Wayne es eso, un yuppie que no tolera la idea de ejercer el rol de “Príncipe de Gótica” que le espera.

ANTES. Pero hay un “antes”. Recordemos Batman Begins: Wayne debe irse muy lejos para vivir en la pobreza, volviéndose un delincuente por necesidad. Su conflicto radica en que no quería ser uno más entre tantos yuppies, jóvenes hartos de la opulencia que viven un gramo de consciencia social. Wayne va a estudiar en carne propia la naturaleza del crimen y del temor. Escapa. Atraviesa un devenir-murciélago, es decir, intercambia fuerzas a nivel intensivo. Aprende a estar entre los delincuentes sin convertirse en uno de ellos. Es justo decir que, en última instancia, convertirse en Batman es la única salida que encuentra para que su vida como Bruce Wayne le sea soportable; sólo así siente que puede hacer algo para cambiar algo en la decadente Ciudad Gótica.

Después de ese viaje, es otro, es Batman, y su máscara pasa a ser Bruce Wayne. Sin embargo, la oscuridad no lo abandona, le deja una marca de por vida.

El Guasón, por su parte, proviene de una oscuridad más tenebrosa, una oscuridad que no combate sino que padece, y que ha hecho de su cuerpo una prolongación aterradora, una fuerza nihilista. No es un fundamentalista en el sentido ordinario, alguien que defiende su apego a una creencia con obsesión enfermiza; su fundamentalismo consiste más bien en su falta de creencia extrema: no creer en nada. No se trata de una nada de voluntad si no de una voluntad de nada. Nolan no se toma el trabajo de contar de dónde viene esta criatura siniestra y humorística. Para conocer de la procedencia del Joker hay que remitirse a la primera versión dirigida por Tim Burton en 1989. En esta versión, el Joker —interpretado por Jack Nicholson— es un gánster de nombre Jack al que su socio le tiende una trampa con la Policía y termina sufriendo un accidente en el que cae a un barril de sustancias químicas que le queman y deforman la cara. Lo interesante es lo que dice cuando regresa para vengarse: “Lo que había antes del Guasón está muerto; Jack ya no existe”. El Guasón es un ser que proviene de la muerte, que se asienta en algo que ya no existe. En ello radica su oscuridad, y es por eso que no le teme a nada y no tiene nada que perder.

Batman y el Guasón tienen en común ser anómalos, outsiders, presencias perturbadoras, seres que responden a sus propias voces. Son monstruos que han vuelto con los ojos ensangrentados después de haber probado los abismos de la oscuridad. Mientras Batman afirma, el Guasón es la negación absoluta de la vida.

Todo esto no aparece de repente. Nolan ha tenido que montar cuidadosamente unas ideas para decir algo —a partir de la historia de Batman— respecto de los problemas que nos aquejan en este tiempo de desencanto y de crisis global. Muchos coinciden en señalar que Batman The Dark Knight es una alegoría del terrorismo contemporáneo, o de las contradicciones en la lucha gubernamental contra la inseguridad ciudadana. Es posible, pero lo interesante es observar que ha tenido lugar un montaje creativo.

MONTAJE. En el mundo de la filosofía, algunos autores se dan el trabajo de mostrar cómo hicieron el montaje de sus ideas, porque las ideas, como las películas, también se montan. Esta apreciación no es mía, la tomé prestada de Tomás Abraham. En el caso de Batman The Dark Knight lo que nos interesa es mostrar una parte del montaje de ideas que efectúa Nolan para sostener la historia.

Hemos dicho que el Joker es el comodín, el móvil a partir del cual se teje toda la acción. Una vez que Nolan ha contado cómo nació Batman, lo que le interesa es reflexionar sobre su naturaleza, su eficacia y su papel en Ciudad Gótica. ¿Qué hace Batman? ¿Es un outlaw? ¿O un aliado de la ley, un contacto estratégico del Jefe de la Policía Jim Gordon? ¿Por qué se permite que un enmascarado delirante con aires de justiciero ande suelto por las calles? Jim Gordon se preguntaba en la primera parte: ¿cómo aceptar que un sujeto disfrazado de murciélago negro sea el responsable de hacer justicia? Es un cuestionamiento serio para la Policía. Por otra parte, Nolan sabe que el atractivo de Batman es que juegue con sus propias reglas, que no pierda su aire subversivo. ¿Cómo conciliar ambas cosas para que la Policía no se convierta en uno de sus cazadores?

Esto se puede responder si observamos lo que pasa cuando los problemas aprietan el cuello y en lo alto de un edificio Jim Gordon prende un enorme farol con el signo del hombre-murciélago, haciendo que esa luz atraviese toda la ciudad, como un llamado de paz pero también como un grito de guerra. No importa que Batman acuda o no. La Justicia ha hallado una manera de utilizarlo, de atemorizar a los delincuentes con el sólo hecho de invocarlo. No importa que se presente o no, porque de todos modos se produce el efecto, el efecto-Batman: convertir a Ciudad Gótica en un gran panóptico —tal como lo ha descrito Michel Foucault—.

Desde que Batman es famoso, todos se sienten vigilados, aunque el vigilante no sea visible. Gordon dice: “Aunque no venga, la señal al menos les recuerda a todos que anda por ahí”. Nolan ha adaptado un personaje que surgió en la era de las sociedades de vigilancia (la miniserie data de los 70 y el cómic es anterior) para que sea creíble en la arquitectura de las sociedades de control. Batman está entre las dos, ha generado un raro panoptismo: ha convertido por sí solo a Ciudad Gótica en un lugar desde el que en cualquier momento se puede ver todo sin ser visto. Es decir en un panóptico. Vigilar y castigar.

En Batman The Dark Knight esta idea se lleva al extremo, se trata de la innovación más perversa del poder disciplinario. No se deja de lado el hecho de que vivimos en el siglo XXI y que la tecnología ha permitido que las formas de controlar a los individuos sean más eficaces; por ejemplo, colocando cámaras en todos lados o implantando microchips en los prisioneros.

Nolan introduce una idea más perversa aún: en el desenlace, Batman hará uso de un sistema de triangulaciones entre las señales de todos los celulares de la ciudad, lo que permite localizar a cualquier persona y ver lo que está haciendo en un diagrama de última generación. Sólo así puede estar un paso por delante del Guasón. Pero esa arma invade la privacidad, planteando un serio conflicto ético. De ahí que cuando se entera de ello, Lucius Fox (Morgan Freeman), director de Wayne Enterprises, y además conocedor de la identidad oculta de Wayne, prefiera adelantar su renuncia.

¿Cuál es en el fondo la discusión que aviva Batman? ¿Debería ser el enmascarado una figura ética? ¿Debería ser un ejemplo para los jóvenes de la ciudad? ¿Acaso no basta con que sea el único capaz de limpiar la escoria que ni la Policía ni la Fiscalía han logrado tocar en décadas? Esto es lo que se plantea Nolan. Es como si fuera armando su propia respuesta contra los males de la contemporaneidad, y fuera confeccionando un héroe a su medida. Por ello tiene necesidad de contrastar el personaje de Batman con el del carismático fiscal Harvey Dent, de quien se dice es “el héroe más químicamente puro”: tiene el aprecio de la ciudadanía porque está encerrando a las cabezas de la mafia pero utilizando las armas de la justicia, por medios legales, si es que existe algo así.

Gordon, Dent y Batman trabajan en coordinación, pero a medida que avanza la película la pugna se juega en torno a cuál es el héroe que Ciudad Gótica necesita: ¿Batman o Harvey Dent? Es un falso problema. Batman no tiene interés de entrar en esa discusión, ni en una competencia de héroes. Por su parte, Dent no puede hacer otra cosa que sentirse halagado, pero sabiendo que ya tiene suficiente con lo que su tarea le exige. El que define las verdaderas coordenadas del problema es el Guasón, cuando entra en escena y lanza un ultimátum para que Batman revele su identidad. Otra vez la inseguridad y el terror. Ciudad Gótica se vuelca en contra de Batman, prefieren a Dent, “la imagen Dent” que los tiene completamente seducidos.

En las primeras escenas del film, en una cena en la que coinciden Wayne y Dent con sus parejas, surge la pregunta: ¿Qué se puede esperar de una ciudad que idolatra a un enmascarado vigilante? Dent lo defiende: “Se trata de un ciudadano que realiza un servicio público, habría que estar orgullosos”. ¿Se tratará de un fenómeno ya visto en la antigua Roma de César? Pero Batman no es un ciudadano; es un ser sin referencias, una presencia imperceptible, sin filiaciones, sin rostro, sin huellas digitales, sin pasado. No es más que un grito sordo que nace en medio de la noche para volver a ella irremediablemente antes de cada amanecer. (¿Un vampiro en cierto sentido?).

Antihéroe. El Joker en sí mismo es un don nadie, por ello entiende que Batman lleva una gran ventaja gracias a su carácter anónimo, imprevisible, que no lo sujeta a ninguna perspectiva ni jurisdicción. Por esto su primera movida cuando las familias de gángsters lo contratan para deshacerse de Batman es obligarlo a que revele su identidad. Él sabe por qué las más poderosas cabezas de la mafia se reúnen en las mañanas para “sus pequeñas terapias de grupo”. La respuesta es Batman. Él les ha robado toda la confianza, los ha convertido en unos peleles.

Por tanto hay que hacerlo salir a la vista, volverlo notorio, para que la noche no pueda encubrirlo más.

Así el Guasón define la verdadera opción y le plantea la pregunta a Ciudad Gótica: ¿Prefieren a Dent, un héroe con rostro, de gran personalidad… o a Batman, una estela de clandestinidad?

Bruce Wayne está en una encrucijada. Se convence de que Ciudad Gótica necesita de un héroe con rostro, así él ya no será necesario. Ve una oportunidad de retiro. Sin embargo, todos sabemos que lo único que quiere es que todas las piezas se junten de modo que pueda quedarse con Rachel, la mujer a la que ama en secreto desde sus años mozos, y que ahora es la pareja de Dent. Como ya dijimos, incluir a este Batman en una discusión sobre héroes es una tontería, puesto que él mismo prefiere ser un don nadie, y en ese anonimato radica su eficacia. Si Batman revela su rostro, lo que se cae es el panóptico, se termina la gran ciudad de la vigilancia. En el fondo lo que se discute está relacionado con el concepto de intervención: ¿Qué tipo de héroe tiene mayor capacidad de intervenir en Ciudad Gótica? ¿Un héroe que juega con las reglas de lo legal? Cuando decimos intervenir, nos referimos también a ¿quién tiene mayor poder de interpelación? ¿Quién funciona mejor como símbolo y le da mayor esperanza a la gente?

Todo parece apuntar a Harvey Dent. Así lo entiende Jim Gordon, que forma parte del triángulo del lado de “los buenos”, y dice: “El Joker eligió al mejor de nosotros, y se la tomó con Dent”. Pero en realidad no eligió al mejor, sino al más débil, y fue para darle una lección. Aquí radica la lección de la película: Dent es demasiado visible, demasiado notorio, no supo nunca valorar la estrategia de aquel que sabe pasar desapercibido (tendría que haber leído el cuento “La carta robada” de Alan Poe). El Joker le demuestra que en su perfecta transparencia y en su total fe en los mecanismos del sistema judicial hay una gran ingenuidad y una mayor estupidez. Batman, en cambio, no se fía de la justicia de los hombres, y se ha camuflado de todos los modos posibles, al punto que ya no se sabe bien si es un hombre o un murciélago. En la primera parte de esta saga ya se hace hincapié en este aspecto del entrenamiento de Batman: aprender a hacerse invisible, ser como un ninja, puesto que “lo que más temen los hombres es aquello que no pueden ver”.

En fin, la película termina dejando un tono de esperanza desesperanzada. Batman será un prófugo de la justicia, así está más acorde con su papel de un ser anómalo. La siguiente parte, también dirigida por Nolan, que se estrenará este año, se ha titulado The Dark Knight Rises. Estamos a la expectativa del nuevo montaje que se pondrá en escena. Nolan aseguró que ésta sí es la última, y que se encargará de que quede claro en el mismo argumento. Estamos a la espera.

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