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La historia de lo que se oculta

 La obra ‘Papel con letras’, del grupo argentino Brújula, teatro esencial a cuerda, se presentó en El Desnivel de Sopocachi.

La historia de lo que  se oculta. Foto: El Desnivel

La historia de lo que se oculta. Foto: El Desnivel

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria / Crítico

00:00 / 04 de julio de 2018

Al principio, la obra parecía una recuperación (inteligente, bien montada, con grandes actrices) del tópico de las cartas sentimentales (vigente en la literatura, quizás, desde su inicio: el género de la ficción sentimental que es uno de los primeros en usar de manera fundamental en su trama las cartas data de la segunda mitad del siglo XV). Mis apuntes de más de la primera mitad de la obra hablan sobre la agonía de la no respuesta (ya en la ficción sentimental hay casos en los que el amante decide morir por la negativa de la amada a responder su carta y, por lo tanto, corresponder a su amor), sobre la necesidad de darle palabras a algo que parece no poder traducirse al lenguaje: el amor.

Luego empezaron a haber interesantes guiños feministas: Paz, una de las dos mujeres, interpretada por Mica Cacheda, es envuelta por Alba, la otra mujer, interpretada por Aranvida Juárez, también dramaturga de la obra, mientras le dice que “no opine, que se asustarán”, o que la “llamarán loca”: la tela en ese momento parece una metáfora (ya demasiado utilizada) del patriarcado, pero la obra no queda ahí y la tela, las cartas, el amor se vuelven una metáfora de algo mucho más grande: la vida misma que, para este elenco que llegó desde el sur de la Argentina dirigido por Adrián Beato para ser visto por no más de 20 personas ante la ausencia del público paceño, no es un teatro.

Papel con letras fue presentada en El Desnivel el sábado 23 (ah, no, se canceló la función, no había gente) y el domingo 24. Las actrices entraron por la puerta del público, una vez que éste ya estaba instalado, una pequeña línea de cinta adhesiva dividía el escenario con el público (¿lo ficticio/lo real?, ¿el signo/la naturaleza?, ¿el esconderse/el amor?). La obra inicia con unos cinco minutos en los que genera el ambiente sin necesidad de diálogos, el cuerpo, la música, el juego de pasarse papeles, las sonrisas, los gestos, son más que suficientes. Luego “son las tres” y una de las mujeres se pone un bigote postizo, un sombrero, agarra una planta y se acerca a una luz frontal, ámbar, ahí ella finge ser el cliente que dictó esa carta.

Este código será recurrente. Todos los días, a las tres de la tarde, hora recordada de forma insistente por Alba, las mujeres se vestirán de aquellos clientes que dictaron sus cartas a sus seres queridos. El humor, la dulzura y la tristeza cobrarán un rol fundamental. Un juego de voces y de sentimientos irá cobrando vida, poco a poco, hasta que los nudos empiezan a soltarse. El texto está tan bien tejido que las sorpresas, en realidad, ya han sido anunciadas desde antes. Uno solo se sorprende por no haberlo notado y porque su realización es casi perfecta: quizá se podrían haber utilizado más las cuerdas que cruzan la sala y que solo se utilizan al inicio de la obra, quizá se podría haber profundizado en personajes como la humilde señora venezolana que quiere ir a la boda de su hija y que parece simplemente ridiculizada en la obra, tal vez se podrían haber mejorado muchas cosas más, pero en definitiva esta es una de las mejores obras que veo este año (con Fitaz y todo).

Y es que, detrás de ese juego de cartas, hay dos historias (como cualquier buen cuento, diría Piglia): la de un evidente amor lésbico que no se atreve a volverse real y, menos evidente, la de un público viendo algo que parece ficción, pero que tiene mucho de real: una historia de lo que se oculta.

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