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Se apagó la luz de otoño

Un homenaje al escritor orureño y sacerdote Óscar Uzín Fernández.

Novelista • Una ilustración de Óscar Uzín Fernández, fallecido el 27 de enero.

Novelista • Una ilustración de Óscar Uzín Fernández, fallecido el 27 de enero.

La Razón (Edición Impresa) / Adolfo Cáceres Romero / Escritor

00:01 / 12 de diciembre de 2018

En silencio, como vino al mundo, el sábado 27 de enero del presente año, se fue Óscar Uzín Fernández, sacerdote dominico y escritor galardonado con el Premio Nacional de Novela Erich Guttentag, por su novela El ocaso de Orión, en 1972. Se fue, con una sonrisa a flor de labios, sin saber quién era. “Ha partido a la presencia del Señor”, rezaba su obituario, donde aparecía su rostro, con su sonrisa amable e inocente. Se fue en silencio, como había vivido sus últimos años, sin darse cuenta de quién era. En realidad, todo ese tiempo lo pasó en silencio, olvidado del mundo y de los libros. Sumido en la soledad de su celda, el sacerdote que fue miembro de la Orden de los Predicadores, que realizó una intensa labor docente y de apostolado, cerró los ojos, acompañado por su Biblia en la mesa de noche. Esa Biblia que, con las páginas marcadas, reposaba junto a su lecho, le dio el último adiós. Se fue, nada más, y todo sigue igual en el mundo. Aparte de una breve nota en el diario Los Tiempos, nadie se percató de su partida. Murió a los 100 años de Claude Debussy, cuya obra le fascinaba. Precisamente lo conocí en el acto  de clausura del año escolar, en el Colegio Alemán de Oruro, de donde salió bachiller, en 1949. En dicho acto de graduación lo vi feliz, sentado, sacando notas de Debussy en el piano de su colegio. Tocaba, con deleite, La catedral sumergida, célebre preludio de ese músico francés. También la música le sirvió de fuente de inspiración en sus novelas. En un diálogo con el director de la revista Hipótesis (enero, 1977) nos dice: “Hay capítulos enteros en El ocaso de Orión que inmediatamente me traen a la memoria las obras musicales con las cuales los escribí. Lo mismo ha sucedido con La oscuridad radiante; por ejemplo, el último capítulo lo escribí mientras escuchaba los cinco cuartetos de cuerda finales de Beethoven y el quinteto para clarinete y cuerdas de Brahms”. Se fue, se nos fue Óscar Uzín, sin ningún homenaje de despedida.

Óscar Uzín Fernández había nacido en la ciudad de Oruro el 21 de octubre de 1931. Con su muerte se fue una generación brillante de narradores con vocación religiosa. Años antes, en 2014, había fallecido el teólogo jesuita Josep M. Barnadas y, más antes, en 2008, perteneciente a esa misma orden religiosa, Javier Baptista Morales, que nos dejó su hermosa novela Las campanas de Jerusalén (1973).

Después de cumplir los 60 años, Óscar Uzín tuvo la previsión de concluir sus memorias, que en 1990 las publicó con el título de Luz de otoño. ¿Sabía que el Alzheimer lo acechaba? La luz de otoño se apagó, en silencio, en pleno verano. Con esa luz se nos fue un sacerdote y escritor de sabia alcurnia. Él decía: “La creación literaria no es mi profesión, sino una expresión especial de mi trabajo teológico. La literatura nació en mí, porque sentí el deseo de expresar en forma escrita lo que enseño, pienso y trato de vivir”.

Es de esperar que sus obras literarias y sus escritos teológicos no desaparezcan. ¿Se cerrará este año sin que sus amigos, sus lectores y críticos le digan adiós? ¿Se irá en silencio como si nunca hubiera existido?  Después de todo, su novela El ocaso de Orión había tenido ocho ediciones  seguidas, con la editorial Los Amigos del Libro”. De ella dice Hugo Lijerón Aberdi, escritor elegido como el Mejor Catedrático Universitario del Estado de Ohio, en 1985: “Al terminar de leer esta novela tenemos esa sensación indefinible que solo deja la lectura de las grandes novelas”. Se fue, se nos fue un dominico que escribía novelas. La última, que nos deja como consuelo, es La oscuridad radiante (1976).

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