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‘No hay nada más importante que las canciones que aún no he escrito’

Una larga charla, en un bar de carretera, con Tom Waits, el músico inclasificable que acaba de lanzar su última criatura: ‘Bad as me’. 

Disco. ‘Bad as me’ se hizo esperar siete años. desde la salida de ‘Real Gone’ en 2004. Todos dicen que la espera valió la pena.

Disco. ‘Bad as me’ se hizo esperar siete años. desde la salida de ‘Real Gone’ en 2004. Todos dicen que la espera valió la pena. Foto: worldpress

El País / Eduardo Lago

21:47 / 31 de diciembre de 2011

La carretera de Santa Rosa a Petaluma discurre sinuosamente entre los viñedos del condado de Sonoma. En las lomas se divisan bodegas, campos de naranjos y prados donde pastan vacas y caballos. El lugar concertado para el encuentro es el Washoe, un bar de carretera fundado en 1859. El techo y las paredes están empapelados con miles de billetes de un dólar que asoman entre una delirante acumulación de objetos de la que nadie en sus cabales intentaría dar cuenta. Valgan como muestra un reloj eternamente detenido en las 10.30, fotos, cuadros, lámparas de minería, cencerros, un dirigible a escala y un laúd polvoriento. De la cornamenta de un ciervo cuelgan unos guantes de boxeo y un látigo. Junto a la puerta hay una pianola J. P. Seeburg, y en la pared del fondo, una juke-box con varios centenares de canciones, ninguna de Tom Waits. El músico llega con unos minutos de retraso, vestido con chaqueta y pantalón vaquero. En la mano lleva un maletín como los que usan los vendedores de elixires en los westerns. Tiene el cutis joven, la mirada limpia, azul, penetrante, el pelo crespo y rojizo y, cosa insólita, no lleva sombrero. Aparenta diez años menos de los 62 que acaba de cumplir y su aparición pasa completamente inadvertida entre los parroquianos.

Quienes se ven en el brete de tener que describir la voz de Tom Waits suelen recurrir a símiles hiperbólicos. Uno de los más frecuentes es conjurar la imagen de alguien que hace gárgaras con un puñado de gravilla. Un periodista sustituyó los guijarros por esquirlas de cristal, sugiriendo la posibilidad de ayudar a pasar el trago con una cucharadita de veneno de cobra. Según el crítico Daniel Durchholz, “la voz de Waits suena como si la hubieran puesto a macerar en una barrica de bourbon, poniéndola luego a secar en un ahumadero por espacio de varios meses para después sacarla a la intemperie para que la arrolle un coche”. No falta quien habla de cuerdas vocales rociadas con gasolina ni quien dice que semejante textura de voz hace pensar en alguien que se ha curado el resfriado durmiendo la borrachera en una tumba.

Thomas Alan Waits nació el 7 de diciembre de 1949 en el asiento trasero de un taxi en Pomona (California). Sus padres, californianos de primera generación, eran hijos de trabajadores pobres como los que retrató Steinbeck en Las uvas de la ira, gente que emigró de Texas buscando mejor suerte en los prósperos naranjales del Pacífico. Su padre, Jesse Frank, era profesor de español en un instituto, y su madre, Alma, maestra de escuela. Tom Waits pasó su infancia en San Diego y sus alrededores. Uno de sus héroes familiares, su tío Robert, organista ciego, instaló en casa de los Waits un órgano cuyos tubos sobresalían a través del tejado. Su padre se fue de casa cuando tenía 11 años. A los 15, Tom formó un grupo llamado The Systems con unos amigos del colegio. Aquel curso dejó los estudios y consiguió su primer trabajo en una pizzería que lindaba con una funeraria. Antes de cumplir los 20 años había desempeñado más trabajos de los que sería razonable enumerar aquí, entre ellos cocinero, fontanero, bombero, empleado de una licorería y conductor de un camión de helados. Sus primeras actuaciones se las consiguieron novias que trabajaban en clubes locales como el Heritage y el Troubadour, en Los Ángeles. Durante largos años vivió en moteles de mala muerte, como el ominoso Tropicana. Los ingredientes básicos de su dieta eran el bourbon, la cerveza y el tabaco. El 25 de octubre salió a la luz Bad as me, álbum número 20 de su carrera. Unánimemente elogiado por la crítica y sus fans, se trata de un ciclo de 16 temas en los que cuando no roza la perfección, la alcanza. El milagro mayor en todo caso es que, tras casi cuatro décadas de entrega absoluta a la música, Waits ha logrado una vez más estar a la altura de su propio genio.

— ¿Las palabras son música?

— Sin la menor duda. En tanto que sonidos, no necesitan nada más. Antes de la palabra hay sonidos con los que intento expresar sentimientos. Los sonidos tienen forma. En un sentido amplio, la música es ruido organizado. Fue Thelonius Monk quien dijo que no hay notas falsas.

— En todos sus álbumes hay temas en los que se limita a recitar. Aunque hay música al fondo, está como alejada.

— Recuerdo que cuando mi abuelo me llevaba a la iglesia siendo yo niño cantaba en voz muy baja. No se sabía una sola palabra de la letra de los himnos, se inventaba palabras que en realidad eran sonidos muy extraños (masculla una melodía cavernosa). Aquel fue un momento importante para mí. Descubrí que es posible inventar sonidos que sólo tienen sentido para ti y que a nadie le importa.

En la base de lo que hace Waits hay un fondo que conecta íntimamente con la sensibilidad literaria. Su primer descubrimiento fue Jack Kerouac, cuya obra devoró en la adolescencia. Después vinieron los poetas beat, con Gingsberg y Corso a la cabeza, y con mayor contundencia aún la brutalidad descarnada de Charles Bukowski, a quien Waits llegó a tratar. Todos forman parte del lado oscuro del sueño americano. En su parnaso íntimo figuran de manera destacada John Rechy, autor de la desgarradora City of night; Hubert Selby, Jr. (Última salida: Brooklyn) y el poeta Delmore Schwartz, que murió en un hotel decrépito en 1966. Y William Burroughs, a quien Waits definió como el Mark Twain de las tinieblas.

BURROUGHS

La imagen que conservo de Burroughs es la de un anciano que arrastra fatigosamente el paso tratando de dar con una licorería. Se acerca a un tipo que le dice que hay una a la vuelta de la esquina, pero Burroughs no la ve y sigue de largo, totalmente desamparado. Era un tipo muy curioso, muy abierto y muy cerrado a la vez. No le gustaban las mujeres. Mi esposa me dijo en una ocasión que estando junto a él le parecía estar a merced de una araña gigantesca: acércate más y te inoculo mi veneno. Con él aprendí mucho de reptiles y de revólveres. ¡

Waits resulta tan seductor en su faceta de actor como en la de músico o en persona. El primero en fijarse en él fue Sylvester Stallone (“Quería que tocara un tema, pero al final creó para mí el personaje de Mumbles”). En Vidas cruzadas, de Robert Altman, interpretó el papel de Earl Piggot, un conductor de limusinas alcohólico. En Tallo de hierro encarna a Rudy, un gánster de poca monta, junto a su amigo Jack Nicholson. En Bajo el peso de la ley, un filme en el que Jarmusch cuenta la historia de tres prisioneros que escapan atravesando una ciénaga, Waits interpreta a Zach, un disc jockey melancólico. En uno de sus papeles más memorables, Waits hace de vampiro demente a las órdenes de Francis Ford Coppola.

— Ha trabajado con Jim Jarmusch. ¿Son muy amigos?

— Me encanta Jim. Es de Akron (Ohio), muy buen hombre de negocios. No sé cómo describir a Jim. Es una especie de Jackie Gleason a la rusa, una extraña mezcla de influencias. Tiene una mente muy visual; bueno, claro, si eres director de cine no puede ser de otra manera. Otro experto en el arte de hacer trucos. Observa muy atentamente cómo te mueves, escucha muy atentamente lo que dices y todo eso lo integra hábilmente en el guión, implicando tu personalidad a fondo. Sabe conectar contigo, y cuando te hace actuar, lo que pasa en la película lo estás poniendo tú, pero es él quien ha sabido sacártelo.

— Me advirtieron de que la mejor manera de hablar con usted es improvisar, de modo que no tengo preparado ningún guión. ¿Hay algo de lo que le gustaría hablar? Si le parece, podemos hablar del proceso creativo.

— Perfecto. Según mi mujer, mi percepción de la realidad está muy distorsionada. Lo que aparece en mi radar se transforma inmediatamente en algo que no tiene nada que ver con lo que entró.

— En mi opinión, eso es una descripción bastante exacta del proceso de creación artística.

— Tiene razón. La imaginación es como una caja de resonancia en la que queda atrapado cuanto sucede alrededor. Las cosas entran, se quedan un tiempo y salen transfiguradas. Escribir es reorganizar el arsenal de palabras que el lenguaje cotidiano pone a nuestra disposición. Conocí a un presentador de televisión de Los Ángeles que se dedicaba a observar la posición que ocupaban los pájaros en los cables de teléfono, convirtiendo la imagen en una partitura con su correspondiente melodía. Cada vez que levantaban el vuelo y regresaban creaban una melodía  diferente. Si se coge la nota de un suicida y se cambian de orden las palabras, se puede escribir una carta de amor.

— Cuando piensa que tiene 62 años, ¿se pregunta cómo ha llegado hasta ahí?

— No. Sé perfectamente cómo ha ocurrido, aunque reconozco que últimamente hay veces que me entran ganas de volver al pasado con toda la experiencia que he acumulado.

— ¿A qué época de su vida le gustaría regresar si pudiera?

— A cuando recorría el desierto de Arizona haciendo dedo.

— ¿Qué edad tenía?

— Diecisiete, dieciocho años. Vivía en San Diego, y Arizona era el estado más cercano. Por las noches hace un frío terrible en el desierto. Entonces el mundo era muy distinto al de hoy. Para el conductor también es algo que puede ser fascinante. No sabes quién se sube a tu coche. Ese chico puede ser Bob Dylan, antes de ser nadie, cuando aún no ha hecho nada. Sinceramente, creo que en aquella época estábamos conectados de una manera más profunda que ahora con internet y el celular. Era una forma de comunicación que ya no existe porque algo se ha atrofiado en nosotros.

— ¿De dónde viene su fascinación por los trenes?

— Cuando era niño, para mí eran importantes los trenes, los caballos, los pájaros, las piedras, las radios y las bicicletas. En todos los lugares donde viví de niño había trenes. Mi abuela vivía en La Verne, junto a un campo de naranjos, y me acuerdo que cuando me quedaba a dormir en su casa oía pasar el Southern Pacific. Mi padre vino a La Verne desde Texas a trabajar en la recogida de la naranja. Recuerdo que crecían calabazas silvestres junto a las vías, y que poníamos monedas de un penique para que las aplastara el tren al pasar. Ya en Los Ángeles, cuando iba en coche con mi abuela a hacer la compra, siempre había que parar para que pasara el tren. Se me ha quedado grabada la imagen de los trenes larguísimos atravesando los naranjales, y la espera, que era un ritual impregnado de respeto. A nadie se le hubiera ocurrido quejarse, era como asistir a un despliegue superior de fuerzas, y la espera resultaba fascinante.

— ¿Para quién escribe sus canciones?

— Para mí.

— ¿Siente que le queda mucha música por escribir?

— ¿Me está preguntando si estoy acabado?

— No.

–Las canciones llegan hasta mí en una cinta transportadora, y se me tiran al cuello, intentando estrangularme. Si no las dejara salir, explotarían dentro y habría que hospitalizarme (se ríe). Muchas veces siento que no hay nada más importante que las canciones que aún no he escrito. Las llevo dentro y la única manera de hacerlas salir es a punta de pistola.

Es injusto hablar de la música de Tom Waits sin hablar del papel que desempeña Kathleen Brennan, su mujer, con quien colabora muy estrechamente y que firma con él todos los temas de Bad as me, y muchos otros, desde que irrumpió en su vida en 1979. Coppola acababa de contratarlo para que escribiera la banda sonora de Corazonada. Brennan trabajaba como editora de guiones para el cineasta. Se casaron a los ocho meses y, por primera vez desde que sacó su primer álbum, pasó un año sin que viera la luz ningún trabajo nuevo. Cuando salió, el resultado fue fascinante. Swordfishtrombones marcó un giro llamativo en la evolución de la música de Waits. Los temas de siempre, su visión del mundo, seguían intactos, pero Brennan le aportó elementos que no estaban presentes anteriormente. El matrimonio interrumpió el descenso de Waits en línea recta hacia el infierno. Dejó de fumar y de beber, abandonó la demoniaca ciudad de Los Ángeles y se refugió en el campo.

Nada de ello afectó a las cualidades de su música, que, lejos de perder fuerza y acidez, ganó en riqueza de matices. El papel que desempeña Brennan en todo este proceso no ha sido nunca suficientemente valorado. Waits y Brennan tienen tres hijos: Kellesimone, la mayor, tiene 27 años y es pintora; Casey, de 25, es batería y toca con su padre; el menor, Sullivan, tiene 17 años.

EL LÁTIGO

— ¿Qué aporta su mujer a las canciones?

— Un látigo y la biblia. El libro de las revelaciones. Me pulveriza para que no escriba la misma canción una y otra vez. Sin ella no podría volar, es como un mapa capaz de doblarse hasta hacerse infinitamente pequeño, pero cuando lo despliegas descubres que todo está ahí, todos los sueños que has tenido, todos los lugares a los que has querido ir alguna vez. Es una madre modelo, una gran colaboradora, una excelente persona, me cambió la vida. Tengo que tener cuidado con lo que digo porque luego lo lee.

— ¿Qué dicen sus hijos de la música que hace?

— Les gusta porque soy su padre, de la misma manera que les gusta mi pajarita, mi sombrero o mi abrigo.

— Pero les interesarán cosas muy distintas.

— La música que se oye en casa no la controla nadie de mi edad. Lo más divertido es cuando me dicen cosas como: oye, papá, ¿te suena de algo un tal James Brown?

— ¿Cómo era su padre?

— Vino de Texas muy de niño y se crió en los naranjales que crecen a orillas del río Pomona. Aprendió español con los emigrantes mexicanos que venían a trabajar en la cosecha. Se le daban muy bien los idiomas. Sus dos hermanas se casaron con millonarios. Era el menor de la familia, un tipo solitario y un atleta.

— ¿Le dejó muy marcado cuando se fue de casa?

— Fue un golpe brutal. A los diez años no es posible entender una cosa así. Estaba convencido de que se había ido por mi culpa, que se habría cabreado porque nunca me limpiaba los zapatos ni hacía los deberes. Unos días antes había estado estrellando naranjas contra el parabrisas del coche que se acababa de comprar, y pensé que a lo mejor se había ido por eso.

— ¿Le afectó su muerte?

— Mucho. Fue muy extraño, porque estaba muy orgulloso de hablar varios idiomas y se sabía de memoria miles de canciones de mariachis que le encantaba cantar. Pero contrajo un cáncer de lengua y le tuvieron que extirpar un trozo y desde entonces dejó de hablar porque no le gustaba nada cómo sonaba su voz, así que se vio condenado a un silencio total, él que lo que más amaba en el mundo eran las palabras. Pero yo sé que anda por ahí, flotando en alguna parte del mundo; puede que esté aquí ahora mismo en esta habitación, escuchando lo que digo sobre él, yo qué sé. Era un hombre lleno de vida, un aventurero indomable. Mi madre... Se casó con una mujer que iba a la iglesia todos los días, nunca he entendido para qué. No hacían buena pareja. Su matrimonio no fue una buena idea, en mi opinión.

— ¿Le gusta el sonido de los discos de vinilo?

— Mucho. Hay infinidad de discos de vinilo que jamás se han pasado a CD. El sonido es completamente diferente. A veces, el ruido estático es más interesante que la música en sí, o entre los dos crean una suerte de espectro. Me da la sensación de que hay alguien pidiendo ayuda dentro del disco y me entran ganas de asomarme.

— ¿Prefiere directo o estudio?

Prefiero las sesiones de grabación porque se puede borrar. Es como entrar en una habitación y hacer que llueva.

— ¿Qué hace cuando se siente bloqueado artísticamente?

— Cojo una grabadora pequeña, la meto en un cubo de basura con ruedas y me voy a dar vueltas por ahí. Cuando me canso, rebobino y escucho la grabación y siempre me inspira a escribir cosas.

—¿Cuál es su ruido favorito?

— El estampido de un revólver disparado lo más cerca posible de las orejas.

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