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La inexorable vida privada

Sebastián Antezana publica ‘Iluminación’, un libro de cuentos bien estructurado, de estilo pulcro y detallista, que huye de lo rebuscado y lo artificial.

La inexorable vida privada. Foto: Pedro Laguna

La inexorable vida privada. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Martín Zelaya / Periodista / La Paz

00:00 / 23 de julio de 2017

Un niño va de cacería con su padre, un ebrio amargado al que poco antes abandonó su mujer. Dos viejos se empecinan en huir del deterioro y la muerte y no hallan mejor manera que salir del closet e intentar consumir sus últimos días en una platónica relación matizada por su afición al porno gay. Un hombre pierde la memoria, su mujer encarna la peor de las pesadillas y una película se entrelaza dramáticamente con su realidad.Sebastián Antezana cuenta que nunca concibió Iluminación como un libro de cuentos, que no los trabajó con la certeza de publicarlos en un volumen, sino que un día se percató que tenía ya varios relatos publicados en revistas, portales y antologías, y pensó que era momento de llevarlos a imprenta, mejorarlos o reescritos. El detalle del origen y las deudas de cada relato está al final de esta edición de El Cuervo, pero es imposible no hallar un par de hilos conductores de este breve y conmovedor libro.

A caballo entre la primera persona y el narrador omnisciente —incluyendo varios cambios de voces en un mismo relato— es casi imposible hallar altibajos o desentonos, y hay que decir que en cinco de estos siete cuentos el lenguaje, la estructura de la narración, el estilo pulcro, detallista, que no es rebuscado ni artificial, alcanzan niveles sobresalientes. En las tantas rupturas que los escritores latinoamericanos plantearon contra sus mentores y referentes no pocas veces se cuestionó la redundancia, el abuso de las descripciones. Antezana nos demuestra que, lejos de modas, manuales de escritura o cualquier fórmula, para escribir bien simplemente hay que tener oficio y regarlo con muchas horas de trabajo.

Destacan en Iluminación las reiteradas pero necesarias descripciones, las imágenes poderosas que no solo transmiten, sino que trascienden: “Bajo la mirada. En los pies, los dedos son expresiones exageradas de la carne, formas hechas por el impulso descendiente de la piel, coronadas por uñas amarillentas y duras como la madera. Sube la mirada. El pene no es más que un accidente, un nudo blanquecino y blando, de la mitad del tamaño de un dedo, rodeado por brotes melancólicos de pelo gris. Se incorpora, siente que es un hombre feo y deja escapar un suspiro de resignación”.

El cuento Proteo, cazador se instala en el contraste. En el plano principal, el deslumbramiento con el que un niño vive cada hecho y experiencia antes que la vida se vaya haciendo menos sorprendente. En el revés, la derrota que —nos haya ido como nos haya ido en la vida— será común e inevitable cuando los días por venir sean mucho menos que los transcurridos: el hombre fracasado que no halla mejor modo de pasar sus días que intentando arruinar la vida de su hijo y de todo el que le rodea.

En Viejos que miran porno nos presenta un panorama diametralmente opuesto: ¿por qué no puede la vejez dejar de ser ese lento, inevitable y escalofriante camino hacia el fin? ¿Por qué no pueden dos caballeros chapados a la antigua del conservador barrio de Miraflores patear el tablero y vencer el absurdo debate antihomofóbico? Iluminación es, entre otras cosas, una reflexión sobre la vida privada que se hace explícita en Viejos que miran porno, en La mujer del jinete y en My very own página en blanco, pero que se extiende en diversa medida por toda la obra, incluso en aquellos pobres gatos herederos de Hemingway en Animales de escritores norteamericanos, la pieza más rara de esta colección.

Vida privada, plano uno: la soledad, coyuntural o definitiva, pero cada vez más inevitable en nuestras sociedades; el eventual o constante fracaso de la vida en pareja, del matrimonio ideal y ortodoxo. Vida privada, plano dos: el abandono de las ganas y esperanzas —y de la relación de pareja y/o familiar tradicional—, la sumisión en el individualismo extremo que, inevitable y paradójicamente, conduce hacia lo no privado, hacia la lejanía total; la soledad autoimpuesta.

My very own página en blanco trae otra vez la vejez, pero desde una perspectiva curiosa, la de un hombre que se acerca apenas a la tercera edad y se debate entre acelerar la llegada del declive para no sufrir la larga etapa de preembarque, o dar pelea aun a sabiendas de la imposibilidad del triunfo, y aferrarse a un amor tóxico y que nació muerto: “Laura, mi página en blanco, la llamabas, y sentías que el corazón te latía fuerte porque Laura era un fantasma, el adelanto de su propia ausencia”.

En este relato hay dos interesantes estrategias narrativas: primero, que el narrador le habla directamente al protagonista —como se ve en la cita anterior— y cuenta la historia y vivencias de Laura desde la convencional ausencia del narrador. Y por otro lado, que la trama de la pareja se intercala con las lecturas apocalípticas del varón, esas típicas fantasías del asteroide que se acerca irrefrenable a la Tierra ante la angustiosa indefensión de la gente. El ficticio fin del mundo hace de cabal telón de fondo a una historia, la de Laura, de vida artificial, de una insania que devasta todo lo que la rodea. “En la cama te sacas el pantalón y te sientas sobre las almohadas de la cab­ecera. You sure you wanna do this, Laura? ¿Es necesario? Te mira con expresión ausente. No hay vuelta atrás. Te sacas la venda que te rodea la pantorrilla derecha y te descubres la vieja herida. Al rato sientes el mismo escalofrío de siempre: su boca, de labios anchos y secos, se ha posado sobre la llaga que mantiene abierta hace un par de meses y comienza a succionarla suavemente”.

Si contarlo está en tu poder habla de la locura, del abandono del ser —¿de la vida privada?— ante la intempestiva soledad. El sortilegio, real o no, padecido o no, pero que signa el destino irremediablemente. En este relato, no diría el más sentimental pero sí el más sensorial de todos, en el que el olor traspasa, impregna e infecta a la protagonista y al lector atento y comprometido, otra vez vemos una muy hábil estrategia narrativa: las preguntas. La duda, la interrogación, el posible trasfondo de todo agobian a la protagonista, que narra su debacle inminente tras la partida de su esposo y la certeza de que está maldita desde niña cuando vivió un oscuro episodio con una mendiga misteriosa. Y esas dudas matizan el relato con preguntas entre guiones que ponen en evidencia a la mujer, a todo lo que dice o piensa. A no perder de vista el juego, mediante párrafos intercalados, con el mito de Diana y Acteón que, junto con el guiño a Proteo del primer cuento, dan cuenta del interés de Sebastián por la mitología griega y romana.

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