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Los intelectuales a contraluz

Romero Pittari fue uno de los pocos sociólogos que se dedicaron al mundo de las ideas

Romero Pittari  • Discípulo de Alain Touraine, se destacó en la cátedra y en el ensayo sobre temas que ponen en relación las ideas con la sociedad.

Romero Pittari • Discípulo de Alain Touraine, se destacó en la cátedra y en el ensayo sobre temas que ponen en relación las ideas con la sociedad. Foto: Archivo Victor Gutierrez

La Razón / Rubén Vargas - Periodista

00:00 / 22 de abril de 2012

Entre las muchas cosas por las que se recordará a Salvador Romero Pittari, fallecido a los 73 años, el 4 de abril, están sin duda los trabajos en los que intentó desentrañar con la mirada del sociólogo la génesis de algunas ideas del pensamiento boliviano y, aparejada a ese origen, el nacimiento y el desarrollo de la figura del intelectual en Bolivia. Este fenómeno sucedió a la vuelta del siglo XX, en el ámbito del liberalismo y en medio de los afanes de modernización del país del que esos intelectuales, precisamente, fueron también protagonistas. Romero Pittari fue uno de los pocos sociólogos que se ocupó del campo de las ideas sociales —su nacimiento, su formulación, su circulación, sus controversias— y de la literatura y, más ampliamente, de esas formas de la cultura que ahora se llaman letradas.    

La primera obra de Romero Pittari que apunta en esta dirección titula La recepción académica de la sociología en Bolivia (1997). El autor se pregunta por qué en Bolivia a principios del siglo XX se siguieron ciertas corrientes  en las Ciencias Sociales en lugar de otras igualmente posibles. Y como buen sociólogo indaga los factores que determinaron esas elecciones, entre ellas el papel de las editoriales que privilegiaron la publicación y difusión de ciertos autores, y la formación de grupos y asociaciones, donde se manifestaban “microclimas intelectuales favorables a la selección de unos y no de otros autores”.

LITERATURA. Inmediatamente, las mismas preocupaciones lo llevaron al estudio de la literatura, específicamente de la novela de las primeras décadas del siglo XX, la cual, según sus propias palabras, “expresó la sensibilidad moderna, ganada a las nuevas corrientes artísticas y morales, a la razón y la ciencia positiva”. De esas lecturas nació el estudio Las Claudinas, libros y sensibilidades a principios de siglo (1998). Desde la perspectiva de Romero Pittari, en esas novelas —como Vida criolla de Alcides Arguedas, Celeste, La candidatura de Rojas y La casa solariega de Armando Chirveches, Aguas estancadas de Demetrio Canelas o El cholo Portales de Enrique Finot— muchos personajes aparecen afectados por “el mal del siglo”, es decir, por el pesimismo y la falta de voluntad. Esos personajes, con frecuencia escritores o aspirantes a escritores como sus autores, se sentían, como decía Carlos Medinaceli, “fin de raza”. Esos héroes decadentes, dice Romero Pittari, “hallaron en unas cholas, fuertes de carne y espíritu… la oportunidad de engendrar una progenie de hombres de carácter, luchadores, hábiles políticos…”.

Ésas son las Claudinas, emblemáticos personajes que, por feliz coincidencia, tienen el mismo nombre en La Chaskañawi de Carlos Medinaceli, En las tierras del Potosí de Jaime Mendoza y el La Miskisimi de Adolfo Costa du Rels. 

La lectura de la literatura como documento sociológico requiere una perspectiva claramente definida que distinga pertinentemente los contenidos sociales de las tramas de la ficción. De otra manera, la literatura aparece como un mero reflejo de la realidad, perdiendo así su especificidad. La posibilidad de leer la literatura como fuente de conocimientos sociales parecería ya estar en la propia escritura de estas novelas. En sus estudios y ensayos sobre literatura boliviana, Luis H.

Antezana J. ha sostenido, por ejemplo, que en buena parte del siglo XX, la novela cumplió el papel de una “suplencia” del conocimiento social. Ante la ausencia de las Ciencias Sociales conformadas como disciplinas de investigación, las novelas se encargaron no sólo de trazar, es verdad que de modos muy diversos y siempre con ambiciones propiamente literarias, el retrato de la sociedad boliviana en sus diversos estamentos, sino también de ejercer a veces de manera muy acerva la crítica de esa sociedad.

Por su parte, Salvador Romero Pittari es muy claro al momento de explicitar la pertinencia de leer los contenidos sociales en la literatura. “La ventaja de tomar como ejemplos para acercarse a la realidad a personajes de ficción —dice— es que su vida revela con nitidez aspectos que en los hombres de carne y hueso se encuentran o muy desperdigados o son dema-  siado difíciles de aprehender en las conductas, recubiertas por las armaduras de las ideologías y por la pretensión de racionalidad y coherencia que todos afirman en su actuar. Son, pues,  como caricaturas que con algunos rasgos marcados descubren el físico y hasta el alma del modelo”.

En 2009 publicó El nacimiento del intelectual en Bolivia, un libro que de alguna manera refunde los anteriores e inscribe la problemática de la génesis de ciertas ideas del pensamiento social y de las concepciones y las prácticas literarias en un horizonte más amplio y ambicioso. Ese horizonte es el de los intentos para poner al país en los senderos de la modernidad  que encarnaron los pensadores y escritores nacidos alrededor de 1879 —fecha fatídica de la pérdida del Litoral— y que comenzaron a exponer públicamente sus ideas y obras en las dos primeras décadas del siglo XX.

ANÁLISIS. “El propósito —dice Romero Pittari en el capítulo inicial— es analizar las condiciones de aparición del intelectual, su formación, sus modalidades de acción y compromiso, la difusión y recepción de su obra, los estilos de relación con los pares, con la sociedad, sus reclamos de status, de legitimidad”.

En cierta medida, Alcides Arguedas —el autor del polémico ensayo Pueblo enfermo y de la novela Raza de bronce fundadora de la corriente del indigenismo—, a quien Romero Pittari dedica una lectura muy sugerente,      y Franz Tamayo —el polemista de Creación de la pedagogía nacional y de los versos de Scherzos— manifiestan los polos opuestos de ese amplio abanico de la intelectualidad boliviana de la época. Un mérito (no menor) de Romero Pittari es, precisamente, mostrar que sus ideas son menos opuestas de lo que ellos mismos y muchos de sus lectores creían.

El libro de Romero Pittari se ocupa detalladamente de esa generación de intelectuales bolivianos, de sus obras y de los temas que frecuentaron en ellas, de las condiciones de su producción y recepción, de las influencias que recibieron y el impacto de sus   ideas en otros. Hacia el final de la obra, Romero Pittari contrasta a esta generación con la que surgirá después, al finalizar la Guerra del Chaco, otro episodio no menos determinante que la pérdida del Litoral para la historia del país. Esa nueva generación de intelectuales se definió en el debate y la negación de las ideas sostenidas por la anterior. Nacionalistas como Carlos Montenegro o Augusto Céspedes o marxistas como Tristán Marof o José Antonio Arze se enfrentaron, desde sus posiciones, con las ideas del liberalismo. Esta problemática está apenas esbozada en el libro de Romero, es casi la promesa de un tema que merecería ser explorado con la misma agudeza sociológica que él le dedicó a la anterior generación.

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