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Lo más íntimo del poeta del piano

Bill Evans tocó el cielo en el concierto del Village Vanguard, que reinventó el trío como formación fundamental del jazz

complicidad. Desde la izquierda, Scott LaFaro, Bill Evans y Paul Motian, en un descanso entre dos pases en el Village Vanguard. Foto: mvdb2b.com

complicidad. Desde la izquierda, Scott LaFaro, Bill Evans y Paul Motian, en un descanso entre dos pases en el Village Vanguard. Foto: mvdb2b.com

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Peña - Crítico Musical

00:00 / 09 de agosto de 2015

En un local en el que se presentan grupos en vivo y que años atrás era el mejor club de jazz de Bolivia, hace un par de noches los músicos bebían serenamente agua de unas botellitas de plástico. Se los veía aburridos, nada inspirados, más preocupados por contar cuánta gente había ingresado al local y calcular la recaudación que por zambullirse en la música y expresar los más profundos sentimientos con su improvisación. Las mesas estaban llenas de un público que ignoraba a los músicos. Una pareja discutía sobre sus desventuras laborales y maritales. Unas chicas reían estruendosamente al escuchar una travesura sexual del dueño del local. No aguanté más y me fui.

Al salir pasó por mi cabeza esa maravillosa grabación del domingo 25 de junio de 1961 en el club Village Vanguard de Nueva York, donde el trío de Bill Evans al piano, Scott LaFaro al contrabajo y Paul Motian a la batería fue capaz de crear una música que impregnó hasta el último rincón del local y permitió a los tres músicos tocar el cielo a pesar del constante tintineo de los vasos y de los rumores amortiguados del público. Lo sucedido en esa tarde y noche de domingo permanece como testimonio imperecedero de un trío maravilloso en el que todos disfrutaban profundamente y tenían mucho que decir a través de su instrumento.

La imagen de Evans con la espalda encorvada sobre el piano, las manos acariciando las teclas, la cabeza agachada y todo el cuerpo en una posición de oración hacia el instrumento ha quedado inmortalizada en el disco The Complete Village Vanguard Recordings y en muchas fotos que manifiestan su manera de concebir la música. Evans parecía auscultar lo más profundo del piano como si quisiera fundirse y convertirse en una parte de él, con el oído pegado a las teclas para poder capturar las vibraciones más sutiles que brotaban de su interior.

Evans convirtió su propuesta musical en una profunda conversación íntima replegada en sí misma. Aquella música empapada de lirismo, que se mezclaba con el humo y el murmullo constante del público en los clubes nocturnos, adquiría unos tonos misteriosos, cristalinos e inefables hasta el punto de que en algunos momentos la sutileza de su música parecía estar más cerca del silencio que del sonido. Su toque poético y delicado, sensible al más fino espectro de gradaciones y matices, se constituye en el eje expresivo de sus travesías pianísticas. Noche tras noche Evans, Motian y LaFaro perfeccionaban su talento y refinaban su arte, permitiendo que el grupo alcanzase su máxima expresión, hasta el punto de reinventar esa formación fundamental del jazz: el trío.

En estas sesiones capturadas en el Village Vanguard se siente de inmediato el nivel de compenetración y creatividad que presentaba el grupo y que aún hoy asombran, sobre todo al escuchar cómo el contrabajo y la batería se liberan de su función de instrumentos acompañantes y hablan de igual a igual con el piano, creando un sonido mágicamente empastado que iba a dejar su huella en la historia del jazz.

Aquella noche una gran cantidad de público se había congregado en el club y el ambiente estaba animado. Evans comentó: “La gente tenía ganas de charlar, yo me aislé de todo aquel ruido y me concentré más en la música. Al escuchar a Scott sentía cómo aquel contrabajo aguantaba las notas de un modo maravilloso. Su sonido era muy poderoso, a tal punto que él podía hacer una pausa, dejar su instrumento en el suelo y yo seguía sintiendo la vibración de aquella nota durante un buen rato”. Sin embargo, la magia desplegada en aquella sesión sellaría el final de ese trío, ya que diez días después el coche que conducía LaFaro se salió de la autopista y él, su único ocupante, falleció en el momento.

Evans descendió a los infiernos, dejó la música por un tiempo. Cada vez que se sentaba al piano imaginaba el rostro de su amigo y sentía la vibración de las notas más graves de su contrabajo. Algunos conocidos suyos dijeron haberlo visto deambulando por las calles de Nueva York vistiendo la ropa de LaFaro y perdido en la heroína.

No pasó mucho tiempo hasta que la música volvió a llamar a su puerta y las teclas nuevamente se sintieron acariciadas por la delicadeza que solo su toque podía conseguir, ya fuese en su nuevo trío, en los maravillosos dúos que produjo con el guitarrista Jim Hall, acompañando el gran fraseo vocal de Tony Bennett o en sus parcerias con Stan Getz. Su matrimonio con el piano siempre produjo hermosas joyas musicales del jazz en el siglo XX. Bill Evans hubiera cumplido hoy 86 años, pero no va a ser porque la intensidad que le imprimía a sus interpretaciones y a su vida le pasaron la factura en 1980, ni bien había cumplido los 51. Volver a escuchar aquella maravilla que ocurrió un domingo en el Village Vanguard es una buena forma de recordarlo.

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