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El joven Eliot

T. S. Eliot es uno de los poetas centrales del siglo XX. Esta biografía recorre sus primeros 40 años que son, para su autora, de una intensa búsqueda espiritual.

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - Periodista

00:00 / 26 de enero de 2014

El poeta Thomas Stearns Eliot nació, norteamericano y unitario, en 1888 y murió, inglés y anglocatólico, en 1965. El joven T. S. Eliot de Lyndall Gordon es una biografía que abarca los primeros 40 años de su vida; el propósito que alienta a su autora quisiera, sin embargo, que sea leída más que una biografía como una autobiografía espiritual de la juventud  del poeta. “El presente libro —declara en las páginas iniciales— se propone extraer el elemento autobiográfico de la obra de Eliot mediante el cotejo de su poesía con su vida”, para, aclara más adelante, “trazar la continuidad de la carrera de Eliot y ver su poesía y su vida como partes complementarias de un mismo propósito: una agotadora búsqueda de redención”. En esta búsqueda de clara índole religiosa lo que a Gordon le interesa destacar son las “experiencias internas decisivas” de Eliot antes que los hechos externos de su vida, aunque éstos, naturalmente, tienen amplia cabida en el libro.  

Pocos escritores como Eliot fueron tan celosos para proteger su vida privada. Es conocida su voluntad de no ser objeto de ninguna biografía, al punto de pedir a sus amigos que guarden silencio. El libro de Gordon no viola, por lo menos en el espíritu, ese deseo de resguardar la vida privada. Eliot, por otra parte, en repetidas circunstancias, sintió un vivo interés por una forma de escritura frecuentada en la Nueva Inglaterra del siglo XVIII: la autobiografía espiritual. Este género era una suerte de ejercicio de autoconocimiento y de testimonio de “el trayecto que culmina en la fe”. El joven T.S. Eliot es un rastreo minucioso en la vida y en la obra del poeta, de ese trayecto que lo llevó, finalmente, a la fe de la iglesia anglocatólica.

Uno de los aspectos más notables del libro radica en el hábil manejo de sus fuentes. En primer término, claro está, los poemas de Eliot, pero no solo aquellos que constituyen su obra definitiva, sino también los que permanecieron inéditos, las versiones primerizas, los borradores, los fragmentos que luego fueron incorporados a otros poemas, los apuntes sueltos, etc. En segundo término, su correspondencia familiar y las cartas que intercambió con sus amigos y allegados: Ezra Pound, Bertrand Russell, John Quinn, Virginia Woolf, entre otros. En tercer lugar, algunos diarios personales, como los de su primera esposa, Vivienne, y el de Virginia Woolf, así como una gran cantidad de textos testimoniales escritos por personas que conocieron a Eliot en diversos momentos de su vida. Todos estos materiales, y muchos otros como los poemas de la madre de Eliot y otros escritos que reflejan la cultura religiosa de la familia, sirven a Gordon para una reconstrucción detallada de la evolución espiritual del joven poeta.

El primer capítulo del libro —“Primeros modelos”— está dedicado a la infancia de Eliot en el seno de una familia perteneciente al unitarismo bostoniano. Dos grandes figuras definen su horizonte familiar: su madre, Charlotte Champe Eliot, y su abuelo paterno, William Greenleaf Eliot. La primera escribió apasionados y elocuentes poemas religiosos, además de una biografía de su suegro; el segundo, fundador de la Iglesia Unitaria y misionero de la fe, era el modelo de conducta de la familia: “legó a sus hijos y nietos —escribe Gordon— una religión que conservaba la probidad, la conciencia social y la templanza puritanas, pasadas por el tamiz de la Ilustración”. Esta religión, más moral que espiritual, se concretaba en un código de conducta práctico y sensato, bastante apropiado, en el fondo, para acomodarse a las transformaciones de la sociedad norteamericana de la segunda mitad del siglo XIX. Contra este “racionalismo intelectual y puritano” reaccionaría más tarde Eliot, oponiéndole la necesidad de una fe desesperada y un anhelo de ortodoxia que pasaba por la recuperación de las ideas de depravación y condenación.

“Una sociedad muy poco civilizada, pero tan refinada que rebasa el límite de la civilización”, dijo Eliot de Boston, y en esta aseveración se resume quizás su experiencia como estudiante en esa ciudad. Gordon dedica el segundo capítulo del libro —“Un estudiante en Nueva Inglaterra”— a los años que Eliot pasó en Harvard. Ahí están sus contactos con Irving Babbitt y Santayana, su desencanto del ambiente decadente de Harvard y Boston, sus primeros poemas, el descubrimiento, un día de 1908, de los poetas simbolistas franceses que tanto influirían en su poesía, su soledad y  aislamiento. Pero lo que más interesa a Gordon de este periodo es, alrededor de 1910, “el principio de una agitación religiosa y una rebelión contra el estúpido complot del mundo para sujetarlo en sus marchitas costumbres”. Esta agitación, y sus consecuencias inmediatas en los poemas que escribió Eliot en esa época, son el hilo conductor que sigue Gordon para diseñar el curso que la experiencia religiosa iba tomando en la vida del poeta.

Bajo el título de “Más allá de la filosofía”, el tercer capítulo del libro se ocupa de itinerario espiritual de Eliot entre 1910 y 1914, es decir, entre su primer y su segundo (y definitivo) viaje a Europa. En esos años se concentran acontecimientos de gran importancia: su estadía de un año en París “para hacerse poeta”, la escritura de las primeras versiones del Canto de amor de J. Alfred Prufrock, su regreso a Harvard para estudiar filosofía, el conocimiento del pensamiento de Bradley, la concepción y redacción de una serie de poemas sobre santos y mártires. Dos procesos son los que interesan a Gordon de esta etapa. Por un lado, la búsqueda de una filosofía no divorciada de la religión, capaz de incluir sabiduría, penetración y revelación; por otro, la idea de la conversión que le daba vueltas en sus momentos de angustia y que se manifiesta en sus poemas sin encontrar, sin embargo, el momento de resolución.

Eliot llegó a Europa en 1914, poco antes del comienzo de la Gran Guerra. Se instaló en Londres en 1915 en una atmósfera desolada y en un medio en el que no podía reconocerse. En esos años conoció a Ezra Pound, quien lo introdujo en los reticentes círculos literarios londinenses, en esa ciudad conoció y se casó con Vivienne Haigh-Wood. El Londres de la guerra fue para Eliot la imagen más acabada de la decadencia y de la enajenación de la civilización, y su matrimonio un doloroso fracaso.

Estas dos experiencias, y sus consecuencias en su vida y en su obra, son “Las pruebas de Eliot”, título del cuarto capítulo del libro de Gordon. “En 1914, la fe de Eliot encontró un fundamento en la percepción de la naturaleza del hombre y en la necesidad de encontrar medidas drásticas de purificación”, escribe la autora para retratar el espíritu de Eliot en esos años. Y sobre su matrimonio desdichado dice que éste “sería el lado oculto y sórdido de su vida, el infierno secreto que él tendría que soportar antes del digno y verdadero despertar que solo podría ofrecerle el cristianismo”.

En 1922, Eliot publicó La tierra baldía, el poema que revolucionó la poesía del siglo XX. Desde el punto de vista literario, el capítulo que trata de la génesis y la escritura de ese poema —“Travesía por la tierra baldía”— es uno de los más sugerentes del libro. Gordon clarifica la perspectiva desde la cual encara el análisis del poema proponiendo “seguir el elemento de la confesión personal que, aunque oculto o deliberadamente mitigado en el poema mismo, aparece más claramente en el manuscrito”.

La autora se remonta a los primeros fragmentos escritos en 1914 y los rastrea a través de sus diversas transformaciones; revisa en detalle las versiones preliminares de cada parte del poema; se detiene en la procedencia de versos o fragmentos; comenta las correcciones de Pound al manuscrito; delata las supresiones y trata de reconstruir los criterios que las determinaron; en fin, hace un seguimiento riguroso y erudito de los caminos que siguió el poema hasta su forma final.

La conclusión de Gordon es por demás sugerente: “El poema surgió —escribe— como testimonio estrictamente personal de un hombre que se veía a sí mismo como un candidato potencial para la vida religiosa, pero que al mismo tiempo se veía limitado por su propia naturaleza”; para hacerse oír, en una época poco adecuada para confesiones de esa naturaleza, se presentó como un hijo de su época, “pero la estrategia tuvo tanto éxito que los lectores no vieron al posible santo”. Esta es, según Gordon, la terrible paradoja de La tierra baldía para Eliot.

Resulta curioso enterarse que Eliot a poco de publicado el poema ya no se reconocía en él. En cierto sentido, desde la perspectiva de su experiencia religiosa, La tierra baldía fue un fracaso. Después de su conversión a la Iglesia Anglicana en 1927 —a la que Gordon dedica el último capítulo de su libro—, Eliot se vería impelido a reescribir su vida de santo de un modo más explícito y directo. Miércoles  de ceniza en 1930 y los Cuatro cuartetos en 1943 cumplirían ese propósito. Fracaso de los planes de redención de Eliot, La tierra baldía fue una ganancia absoluta para la poesía moderna: uno de sus momentos más altos y perdurables.

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