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El juego de la silla

El juego de la silla

El juego de la silla

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 23 de diciembre de 2012

La mayor sorpresa aportada por el cine boliviano en 2009 —en los últimos años en realidad— fue El ascensor, ópera prima del cruceño Tomás Bascopé. Fue, sobre todo, un gratificante regreso al rigor, tan a menudo olvidado por buena parte de la producción nacional de este tiempo, como premisa básica en cualquier emprendimiento encarado con un mínimo de respeto por el espectador y por la propia opción expresiva. Rigor en el punto de partida, vale decir en el guión. Rigor en la puesta en imagen, y en todos sus ingredientes. Rigor en el manejo de los tiempos, de los actores y en la misma construcción del relato.

Enancado en aquel grato recuerdo, Jorge Sierra —entonces productor, ahora realizador de su propio primer largo— junto a otros colaboradores de Bascopé, propone El juego de la silla. Este proyecto comparte con El ascensor algunos rasgos: bajo presupuesto (la película de Bascopé se atuvo a un presupuesto cercano a los 90 mil dólares, la de Sierra rondó los 50 mil), reducido equipo humano a cargo —algo así como 25 personas en total—, acción concentrada en pocos ambientes, énfasis en los personajes y las interpretaciones.

Extremando las coincidencias, en los dos casos el carnaval es el telón de fondo de las tramas. Y aunque se trata de un dato secundario, seguramente la repetida alusión a esa instancia festiva da cuenta del carácter poco menos que axial que tiene en cuanto fenómeno sociológico de alta condensación simbólica en el devenir de una sociedad.

El resultado dista empero de ser coincidente, ratificando una obviedad: la importancia decisiva del director en la armonización de los ingredientes de cualquier hechura, más allá de cualquier otra consideración.

No se trata de seguir buscando paralelismos para ponderar un resultado en relación al otro, sino de juzgar la nueva propuesta por sus propios méritos e imperfecciones. El juego de la silla tiene de los primeros pocos y de las segundas a granel. Ya entraremos en pormenores.

La historia arranca con el rompimiento del noviazgo de Adriana, adolescente de 17 años, cuyos padres parecieran ver con agrado el quiebre, si bien dicho nutriente argumental, como varios otros, no queda claramente fijado, semejando más bien un pretexto para encaminar el relato hacia un final que condiciona en demasía la exposición, cuando lo aconsejable suele ser que el desenlace sobrevenga más bien como resultado de la previa acumulación dramática.

El hecho es que Carolina, dos amigas y una suerte de tutora de las tres resuelven apartarse de los citadinos afanes carnavaleros para pasar esos días en un complejo de cabañas, donde sus vidas se cruzarán con la de Lucio y Ana, la hermana autista de este último.

Entre el tedio, las hormonas y la bronca por el jolgorio perdido, entre las chicas y Luciano comienza a tejerse una complicidad, al principio en plan de juego, más tarde —demasiado— con otros matices, ignorando la presencia de un testigo tan atípico como Ana. La lectura de las cosas por esta última difiere de modo radical de la del resto de los protagonistas, pues para ella lo que es tiene el mismo valor que la apariencia, sin esos distingos que acostumbramos a utilizar a modo de coartadas en medio de la siempre equívoca trama de las relaciones sociales. DETALLE. Ese “pequeño” detalle acaba siendo el gran detonante de un desenlace brutal, un impensado ajuste de cuentas que obligará a las visitantes a cerciorarse a destiempo de los riesgos de ciertas actitudes y decisiones sin chance de vuelta atrás.

Dramática y narrativamente la película demora una eternidad en acertar con el tempo y con la atmósfera requeridas para preparar de modo convincente la última vuelta de tuerca del argumento que, por eso mismo, asoma abruptamente sin tener por detrás ese proceso acumulativo que hubiese permitido impregnar de una mayor naturalidad a lo que ahora tiene la apariencia de puro arbitrio de guionista.

Entre las flaquezas del tratamiento es notorio el desparejo nivel de las actuaciones, o mejor dicho de las sobreactuaciones lindantes algunas con la caricatura, mientras otras, tal vez por contraste, aparecen deslavadas. La desprolijidad de ciertos diálogos tampoco aporta al sostén de los roles, lo cual, tratándose de una película de personajes, resulta un yerro de proporciones.

Otros rubros técnicos ofrecen en cambio un nivel inobjetable. El manejo fotográfico, por ejemplo, trabajado en principio sobre una paleta cromática que privilegia la luminosidad, poco a poco va acentuando sus contrastes hasta bordear el blanco y negro en las secuencias más densas, cuando una atroz puesta de las cosas en su lugar, desde la percepción de Ana, estalla en un despliegue de violencia y sadismo que pedía justamente ese recurso a las imágenes marcadas por la contraposición entre luces y sombras.

Ese sombrío desquite es cinematográficamente el tramo más logrado, el momento de confluencia entre todos los elementos narrativos. Ese sentido de armonización se extraña por el contrario durante los 70 y pico minutos precedentes. Morosa entrada en materia a lo largo de la cual la dirección deambula, tanteando la mejor manera de ir al grano con el serio riesgo de perder en alguno de los muchos vericuetos la atención del espectador. PERSONAJE. El paradigma de este desacomodo se condensa en la figura del extraño personaje que asoma de tanto en tanto, sin acabar nunca de fijar el sentido de su presencia y, por lo mismo, de su inclusión como elemento perturbador de una “normalidad” que se desliza de modo irremisible hacia el desastre. Es una suerte de ingrediente ortopédico añadido al clima de la historia, tal si ésta no tuviese en sí misma los elementos suficientes para predisponer el ánimo del espectador de cara al remezón final.

Al fin y al cabo el género del suspenso, que acaba siendo el referente al cual apuesta El juego de la silla, posee sus reglas y mecanismos generadores de sentido. Que pueden ser transgredidos, como todo, desde luego, la única condición de aportar efectivamente a la consistencia dramática del empeño.

Quizás la apelación al recuerdo del El ascensor a la manera de gancho promocional acabe finalmente jugando en contra de Sierra, puesto que la expectativa abierta no consigue ser enteramente satisfecha por un emprendimiento demasiado imperfecto, pero no exento —seamos justos— de valores que en otro contexto pudieron haber cobrado mayor relieve. Ficha técnica

Título original: El juego de la silla. Dirección: Jorge Sierra. Guion: Jorge Sierra. Asistencia de dirección: Miguel Manchego. Asistencia de fotografía: José Luis Guerrero. Arte: Paola Lambertin. Sonido: Israel Arizamen, Alejandro Montero. Producción: Viviana Justiniano. Música: So Myung Jung. Intérpretes: Carolina Bessolo, Vanesa Fornasari, Gisely Ayub, José Miguel Lijerón, Katiuska Huggin, Nancy Cronen, Guillermo Sicodowska- BOLIVIA/2012.

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