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16 de julio de 1809: enfoques segregacionistas y medias verdades

La historia ha sido usada para justificar el presente; la interpretación del levantamiento del 16 de julio no es la excepción

La Razón / Diego Ayo - escritor

00:00 / 28 de julio de 2013

Nuestro Vicepresidente tildó de colonialista al alcalde Revilla porque éste rescata la historia del 16 de julio reivindicando a don Pedro Domingo Murillo. Lo verdaderamente rescatable según esta autoridad es la lucha anticolonial librada por los próceres indígenas de 1781, olvidados por la historia independentista. ¿Es extraña esta argumentación de la segunda máxima autoridad política del país? En verdad no, no es extraña. Todo lo contrario: es absolutamente previsible. Todas las eras políticas lo han hecho, aquí y en otras latitudes, usando la historia como pretexto para justificar acciones políticas del presente. La historia es leída desde los apremios de la coyuntura que se vive hoy. Y hoy la premura reside en indigenizar cualquier relato. No sería extraño tampoco, por ejemplo, escuchar de labios vicepresidenciales que la hazaña futbolística de 1963 de nuestro seleccionado vencedor del campeonato sudamericano, reunía jugadores de raigambre aymara. No, no lo sería. La idea es mostrar algo que no pasó pero que requiere que sea así para contentar a los líderes de turno y/o a sus corrientes de pensamiento.

     Dicho esto conviene recordar que la abundante bibliografía de este suceso histórico —se han escrito 469 estudios, 114 en el siglo XIX y 355 en el siglo XX— ofrece la posibilidad de mostrar que algunas corrientes de pensamiento fueron dominantes a efectos de politizar/dar una lectura coyuntural del pasado. Baso esta explicación, con las simplificaciones del caso, en el excelente libro recién publicado por diversos autores encabezada por la notable historiadora Rossana Barragán, Reescrituras de la Independencia. Actores y territorios en tensión (Coordinadora de Historia /PLURAL/Academia Boliviana de la Historia, La Paz, 2012).

Una primera corriente del siglo XIX puede denominarse regionalista. Incluye textos como el de Juan Muñoz Cabrera, La guerra de los 15 años; de Manuel María Pinto, La Revolución de la Intendencia de La Paz, además de otros más conocidos como Memorias o el Álbum del 16 de Julio. En ellos, matices más o menos, la tesis que se pretende mostrar es simple: o Sucre o La Paz fueron las ciudades pioneras en la Independencia. Los argumentos giran en torno a la necesidad de beneficiar a una de estas regiones en desmedro de la otra. El argumento fue pues notoriamente político, teniendo en cuenta que lo que se jugaba en aquella época era la capitalía misma.

Una segunda corriente, de la primera mitad del siglo XX, que bien puede señalarse como criollista, incluye diversos textos, entre lo que resalta la Historia de Bolivia de Alcides Arguedas. En ella lo que predomina es una visión muy propia de la época, signada por lo que dio en llamarse el “darwinismo criollo”, que en pocas palabras alude al deceso inevitable de la raza inferior, en nuestro caso se trata de la raza indígena. En esta óptica la Independencia desde La Paz, desde su Junta, estaba condenada al fracaso por el hecho singular de que un cholo estaba a la cabeza. ¿Estando un criollo como Pedro de Indaburu en condición de liderar la Revolución cómo podía este “populachero, tornadizo e inestable”, que a la postre traicionó a sus compañeros, pretender dirigir a los insurrectos? Imposible: un inferior no podía dárselas de líder. Resultado: derrota inminente de los sublevados. Otra interpretación acorde a las necesidades de poner en evidencia la inferioridad de aquellos que en 1899 osaron levantarse contra los “blancos” (Zárate Willka).

Una tercera corriente, de inicios de la segunda mitad del siglo XX, bien podría bautizarse como nacionalista. El famoso libro de Carlos Montenegro Nacionalismo y coloniaje sintetiza la visión política de la fecha. Para él, el 16 de julio congregó a indígenas, mestizos y criollos en un mismo afán: liberarse del yugo español. Liberarse de la “antinación”. Montenegro intenta mostrar que lo virtuoso de la Revolución del 52, que fue la alianza de clases contra la Rosca antinacional, tuvo ya un primer embrión en 1809. Lejos de recabar en las diferencias entre los grupos, él se aboca a mostrar las similitudes. Al hacerlo, sin dudas, simplifica la realidad contraponiendo la fuerza social “nacional” contra la arrogancia imperial española. 1809 prefigura 1825 e incluso 1952. No hay dudas que esta interpretación no es menos proclive a ensalzar el presente echando mano de la historia.

Finalmente, una cuarta corriente de principios de milenio, podría ser nombrada como indigenista. En ella, la idea consiste en realzar lo indígena en desmedro de criollos, españoles y mestizos, todos ellos fusionados en un solo ser colonialista. Ya se señala la investigación de un historiador aymara para quien Murillo fue quien ayudó a apresar a Túpac Katari. La lógica subyacente a este trabajo es obvia: 1781 no tiene nada que ver con 1809. 1781 fue una poderosa sublevación indígena anticolonial mientras 1809 fue su antípoda, la síntesis del colonialismo pero por otra vía: el colonialismo interno. Se trata efectivamente de otra interpretación que encaja perfectamente con los postulados de García Linera.

¿Significa ello que no hay una interpretación única y que todo se mide con la vara política de una época en particular como lo demuestran las corrientes regionalista, criollista, nacionalista e indigenista? No, definitivamente no. Por ello es remarcable comprender las tesis principales del libro de Barragán y sus colegas.

Una primera tesis desmiente la marcada rivalidad que existió entre La Paz y Sucre. En realidad, ambos sucesos en mayo y en julio forman parte de un mismo movimiento, entrelazado a diversos hitos, excepcionalmente antagónicos entre sí y, por el contrario, unidos por la misma causa: la remezón que causó la invasión napoleónica en España.

Una segunda tesis desmiente la supuesta dualidad entre independentistas enfrentados a los fidelistas o leales al Rey. En verdad, las muchas juntas que tuvieron lugar en América Latina tanto como en España (recordemos la Junta de Sevilla) apuntaron a defender al rey Fernando VII. Todas fueron propiamente fidelistas o leales a la Corona. La diferencia reside en las formas que adoptó el fidelismo. Por un lado, estuvieron aquellos que se plegaron a la monarquía al margen de la persona (lo que equivale a decir que apoyaron a la Corona y a sus autoridades aunque éstas fueran invasoras). Por otro lado, estuvieron aquellos que defendieron un modelo alternativo: la monarquía constitucional apuntalada por lo que fue en Cádiz el último bastión de defensa del reino. Fue un movimiento propiamente liberal que llegó incluso a contar con representantes de las colonias. Y finalmente, la conformación de juntas en las propias colonias. Éste es nuestro caso. No hubo sincronía entre todas ellas más que en un propósito: defender la Corona. Nadie hablaba de independencia (o sólo se lo hacía marginalmente).

Una tercera tesis desmiente la contraposición criollos versus españoles (“los criollos cansados de ser ciudadanos de segunda, decidieron liberarse de los españoles”). Es cierto, como lo menciona esta investigación, que el 85% de los puestos en los virreinatos, clero, cabildos, audiencias, capitanías y demás eran detentados por españoles. Sin embargo, ello no significa que la cuestión se remita a dos actores coaligados entre sí frente a su adversario. No, en verdad, la lucha fue mucho más compleja, intervinieron actores con intereses particulares como la Universidad o los cabildos y, muy especialmente, élites locales de todo tipo, relativamente articuladas entre sí por diversas redes clientelares. El interés a defenderse era propiamente faccional/local más que de un bloque criollo compacto cansado de ser “extranjeros en su propia tierra”.

Una cuarta tesis desmiente la posibilidad de que la pugna haya sido entre criollos/mestizos y españoles contra indígenas. En verdad, los indígenas se sumaron a diversos bandos en su condición de oficiales, soldados o milicias indígenas. Su rol, por tanto, tampoco fue compacto. Inclusive se tiene plena certeza de que participaron en procesos electorales municipales (entre otros como el de la selección de representantes a las Cortes de Cádiz), como vecinos-ciudadanos, poniendo en evidencia que su presencia estuvo marcada por diferentes rutas, no menos faccionales y corporativas que en el caso previo.

Finalmente, una quinta tesis desmiente la supuesta rivalidad entre revolucionarios versus no-revolucionarios o revoltosos, tratando de dejar en claro que en Sucre se llevó a cabo un motín y en La Paz una revolución. En verdad, lo que hoy se conoce como Revolución, entre otras categorías del marco teórico sobre “violencia política” como ser guerrilla, revuelta, terrorismo, etcétera, es un concepto nuevo. Téngase en cuenta, sólo como parangón, que la noción de “Revolución Industrial” no fue usada por quienes la hicieron realidad, sino por compatriotas suyos nacidos una o dos generaciones después. Lo propio sucede con el concepto de “nación” que es una categoría moderna (no había propiamente las naciones indígenas antes de la Colonia). Por tanto, evaluar aquella coyuntura con conceptos de esta era puede ser sino errado al menos controversial.

En suma, aquellas interpretaciones que segregan —nuestra región contra la tuya; criollos contra cholos; nacionalistas contra no nacionalistas y, ahora último, indígenas contra no-indígenas— ameritan ser revisadas. Ello no quita brillo al grito libertario pero lo sitúa en una justa escala.

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