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Las lecciones del Oso hormiguero

El 13 de octubre murió en Lima el poeta Antonio Cisneros, una de las voces mayores de la poesía latinoamericana

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 14 de octubre de 2012

1. Morir es una imprudencia que no debe recomendarse a nadie. Pues bien, a contramano de esta sabia advertencia, el poeta peruano Antonio Cisneros murió. Murió en Lima, el sábado 13 de octubre. Estaba a un tris de cumplir 70 años: nació el 27 de diciembre de 1942. ¿Será necesario recordar que es uno de los poetas más reconocidos de América Latina? A lo largo de los años y del ejercicio de una pasión sin descreimientos, Cisneros edificó una obra que es al mismo tiempo un testimonio personal y una memoria de la época. Y dejó algunas lecciones por las que bien vale la pena —ahora que él descansa bajo los gordos pastos—visitar o revisitar sus libros. 2. En 1964 —tenía sólo 22 años— publicó Comentarios reales. Una desacralizadora —pero quizás muy ambiciosa— revisión de la historia del Perú, desde los chamanes de Pachacámac hasta el asesinato del poeta guerrillero Javier Heraud, su contemporáneo (“Su cuerpo ha cambiado de pieles y colores en estos meses duros”). Al año siguiente, por ese libro  le dieron el Premio Nacional de Poesía. Fue la consagración instantánea del poeta. El joven Cisneros —en las fotos de la época se parece a Ted Huges— nos enseñó así que la poesía también puede ser una vía crítica para reinventar el pasado. Pero, sobre todo, que la inscripción de la historia en la poesía sólo es posible desde el presente, con su mezcla de lenguajes, de voces y de símbolos. No fue su primer libro —antes había publicado dos plaquettes: Destierro (1961) y David (1962)— pero sin duda en Comentarios reales se funda su poesía.   3. Luego comenzó su vida de viajero. El otoño de 1967 lo encontró en Londres como vecino de Earls Court. “En medio del laberinto de los Beatles y los Rolling Stones, los hippies, las minifaldas, la hierba, las campanitas y unas terribles ganas de ser adolescente con años de retraso”, escribió él mismo recordando esos años. Ahí escribió los poemas de Canto ceremonial contra un oso hormiguero. En 1968 —el poeta sólo tenía 26 años— ganó con ese libro el Premio Casa de las Américas de Cuba, en ese momento el galardón poético más prestigioso de la lengua. (Unos años después, en 1972, lo ganaría Pedro Shimose con Quiero escribir pero me sale espuma.) Ese libro le deparó a Cisneros fama, traducciones, reediciones y también el apodo con el que sus amigos —y también sus no amigos— comenzaron a llamarlo: el Oso Hormiguero.  

Canto ceremonial contra un oso hormiguero es uno de esos libros afortunados que son capaces de atrapar el aire de su época con todos sus pelos y señales. Lo importante, sin embargo, es que sigue siendo perfectamente legible después de más de 40 años. El mundo ha envejecido, sin duda, pero no esas intensas páginas. El poeta inventó un verso largo que se enrosca como una serpiente en la página porque en él debían caber tantas cosas: la historia íntima y la Historia con mayúsculas, el presente y la memoria, la política y la cultura, el lenguaje solemne y los coloquialismos, los amores y los desamores... Nos enseñó —bajo el influjo de la poesía anglosajona— que la poesía podía hacer todo eso y podía hacerlo simultáneamente. 4. La siguiente casilla de esta rayuela es la casilla de la soledad y se llama Como higuera en campo de golf  (1972). Es, en rigor, una prolongación, pero escéptica, del anterior. Es una suerte de diario de viaje que cumple con el giro de tuerca irónico que le hacía falta a la escritura de Cisneros: inventarse como personaje. “Es el testimonio de mis quejas, de mi poquita fe. Libro que quiero con la ternura y la compasión debida a un hijo enfermo.” Así, detrás de ese personaje (personae en su raíz etimológica quiere decir máscara) puede permitirse hacer partícipe al lector de la vida y entorno cotidianos. La sombra de su bienamado Robert Lowell ronda sin duda en esas cuitas poéticas. 5. Entre 1974 y 1975, Cisneros vivió en Budapest. Ése es el origen de El libro de Dios y de los húngaros (1978). “A diferencia de mis otras obras, este libro no fue escrito in situ. Un par de años más tarde, en la nublada Lima, me dediqué a desenterrar de una caja de zapatos una infinidad de apuntes en cajetillas, esquemas, imágenes sueltas, nota ilegibles, mendrugos, guiñapos para reconstruir (o más bien construir) El libro de Dios”.  Gran lección: la escritura del poema como el tejido de los retazos de la experiencia. Si alguna vez hubo pasión formal en Antonio Cisneros —en el sentido de que trata de “construir” el poema—, está en este libro.  6. En su temprano Comentarios reales y con mayor complejidad en Canto ceremonial contra un oso hormiguero, Cisneros puso en el tapete una vieja querella: la relación entre la historia y la poesía. Es decir: ¿cómo el poema hace del tiempo no una abstracción sino una materialidad? En esos dos libros intentó sendas respuestas, pero la inquietud no lo abandonó.

Crónica del Niño Jesús de Chilca vio la luz en 1981. Es la historia de una comunidad de pescadores y agricultores en las costas del Perú condenada a la dispersión y la miseria cuando se secaron los canales que les traían agua de las alturas de Huarochirí y sus tierras fueron pasto de las urbanizadoras. Nunca hay una sola historia sino muchas historias. Esas muchas historias, con sus múltiples voces y sus distintos registros, con sus tiempos plurales como plurales son los dioses, se entretejen en este libro. ¿Cómo hablar de los otros sin reducirlos a la voz de quien habla?

¿Cómo hablar de los otros sin quitarles su propia voz? He ahí otro viejo problema de la poesía. Cisneros ensayó una respuesta.  5. En 1992 se publicó Las inmensas preguntas celestes. Y con ese libro bajo el brazo, a finales de ese año, Cisneros desembarcó en Copacabana como invitado a un multitudinario encuentro de escritores que organizó el poeta tarijeño Jorge Campero —quien entonces regentaba Avesol, un legendario bar que animaba la literatura y la noche paceñas—. Cisneros leyó poemas, dialogó con otros poetas, miró largamente el lago y, si no me equivoco, se hizo querer.

Para los antiguos chinos, las inmensas preguntas celestes son aquellas para las que nadie tiene respuesta, pero que los poetas —demasiado humanos— no han cesado nunca de formular. ¿Por qué Cisneros habría de romper esa tradición?

6. Después publicó un par de libros más. Pero quizás lo esencial ya estaba dicho. “La araña cuelga demasiado lejos de la tierra”, escribió. “Y ha de morir en su redonda casa de saliva. Y yo cuelgo demasiado lejos de la tierra pero eso me preocupa: quisiera caminar alegremente unos cuantos kilómetros sobre los pastos gordos antes de que me entierren, y esa será mi habilidad”. Y esa fue —para nuestro contento— su habilidad.

Un perro negro

Un perro. Un prado.Un perro negro sobre un gran prado verde.¿Es posible que en un país como éste aún exista un perronegro sobre un gran prado verde?Un perro negro ni grande ni pequeño ni peludo ni peladoni manso ni feroz.Un perro negro común y corriente sobre un prado ordinario.Un perro. Un prado.En este país un perro negro sobre un gran prado verde

Es cosa de maravilla y de rencor.

Paracas

Desde temprano,crece el agua entre la roja espaldade unas conchasy gaviotas de quebradizos dedosmastican el muymuy de la mareahasta quedar hinchadas como botestendidos junto al sol.Sólo traposy cráneos de los muertos, nos anuncianque bajo estas arenas

sembraron en manada a nuestros padres.

En el 62 las aves marinas hambrientas llegaron hasta el centro de Lima

Toda la noche han viajado los pájaros desde la costa —he aquí la migración de primavera: las tribus y sus carros de combate sobre el pasto, los templos, los techos de los autos.Nadie los vio llegar a las murallas, nadie a las puertas —ciudadanos de sueño más pesado que jóvenes esposos— y ninguno asomó a la ventana, y aquellos que asomaron sólo vieron un cielo azul-marino sin grieta o hendidura entre su lomo —antes fue que el lechero o el borracho final— y sin embargo el aire era una torre de picos y pellejos enredados,como cuando dormí cerca del mar en la Semana Santay el aire entre mi lecho y esas aguas fue un viejo gallinazo de          las rocas holgándose en algún patillo muerto —y las gaviotas-hembra mordisqueando a las gaviotas-macho y un cormorán peludo rompiéndose en los muros de la casa.Toda la noche viajaron desde el Sur.Puedo ver a mi esposa con el rostro muy limpio y ordenado mientras sueñacon manadas de morsas picoteadas y abiertas en sus flancos por los pájaros.

La araña cuelga demasiado lejos de la tierra

La araña cuelga demasiado lejos de la tierra,tiene ocho patas peludas y rápidas como las míasy tiene mal humor y puede ser grosera como yoy tiene un sexo y una hembra —o macho, es difícilsaberlo en las arañas— y dos o tres amigos,desde hace algunos añosalmuerza todo lo que se enreda en su telay su apetito es casi como el mío, aunque yo pelolos animales antes de morderlos y soy desordenado,la araña cuelga demasiado lejos de la tierray ha de morir en su redonda casa de saliva,y yo cuelgo demasiado lejos de la tierrapero eso me preocupa: quisiera caminar alegrementeunos cuantos kilómetros sobre los gordos pastosantes de que me entierren,y ésa será mi habilidad.

Una madre habla de su muchacho (Chilca, 1967)

Es mi hijo el menor. El que tenga ojos de ver no tenga duda. Las pestañas aburridas, la boca de pejerrey, la mismita pelambre del erizo.No es bello, pero camina con suma dignidad y tiene catorce años. Nació en el desierto y ni puede soñar con las caladrias en los cañaverales. Su infancia fue una flota de fabricantes de harina de pescado atrás del horizonte.Nada conoce de la Hermandad del Niño. La memoria de los antiguos es un reino de locos y difuntos. Sirve en un restaurant de San Bartolo (80 libras al mes y dos platos calientes cada día).Lo despido todas las mañanas después del desayuno. Cuando vuelve, corta camino entre las grúas y los tractores de la Urbanizadora.Y teme a los mastines de medianoche. Aprieta una piedra en cada mano y silba una guaracha. (Ladran los perros.) Entonces le hago señas con el lamparín y recuerdo como

puedo las antiguas oraciones.

Café en Martirok Utja

Hay una lámpara floreada sobre el pianoy una estufa de fierro.Bebes el vino junto a la única ventana:un autobús azul y plata cada cinco minutos.Pides el cenicero a la muchacha(alta flor de los campos ven a mí).La luz del otoño es en tu vasoun reino de pájaros dorados. Pero pronto anochece.Los autobuses no son azul y plata,el cenicero es una rata muerta,el vaso está vacío. La muchacha partió cuando encendieronla lámpara floreada y tú mirabasla lámpara floreada.Puedes pedir otra jarra de vino,pero esta nocheno esperes a los dioses en tu mesa.

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