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Si fuera letrado sería escéptico

David Acebey presenta un nuevo y personal libro sobre los guaraníes

Juan Pablo Chumacero, investigador del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica. Foto: Miguel Carrasco

Juan Pablo Chumacero, investigador del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vargas - Escritor

00:00 / 10 de mayo de 2015

En un texto de Pablo Cingolani encontré la frase que da título a estas notas. Bien puede acomodarse a don David Acebey, que se precia de no ser letrado, por no decir, de ser un ignorante de tomo y lomo. Y además en varios idiomas. Y él quiere que así lo quieran, que así lo acepten. Cuando, en el fondo, se está riendo de nosotros, y nos está achacando a todos los letrados de ser los verdaderos ignorantes.

Digo, no es escéptico, porque es un hombre de mucha fe. Él cree en las cosas que nosotros no creemos. Cree, por ejemplo, en la bondad de los hombres y hasta de la política, cosa que se pasa de patética. Él cree que hay una buena política. Él cree en el proceso de cambio. Y él nunca se decepcionará, pues tiene un caparazón de quirquincho. No le entran así nomás las cosas, tampoco le salen.

Entre chiste y chiste, en sus tiempos de profesor universitario, nosotros le decíamos que él, como único espécimen además, es un “bueno”, y cree que en este mundo hacen falta hombres buenos. Y, además, cree que existen. Sí, él está más allá de la razón. Más allá de toda razón. Y con todo y sus males y sus falencias, ha podido, ha sabido, sobrevivir hasta ahora en este mundo.

Conocí a David Acebey en una oficina de refugiados, en un pueblito frío de Suecia, el año 1981. Él venía de Alemania, con su familia, donde había ya vivido unos años de exilio. Yo recién comenzaba. Por lo demás, estábamos en las mismas condiciones. Y nos amamos de entrada. Tanto que en estos últimos años ya no nos vemos.

Era su amiguito de la Domitila Chungara. Era fotógrafo y aprendiz de un montón de otras cosas. Fue político de alto vuelo, cuando los políticos revolucionarios no estaban en los pasillos del poder.

Es tan empecinado en sacarles música a las palabras, que ganó más de un concurso de cuentos. No lee mucho, dice que no entiende. Escribir para él es demasiado sufrimiento, sin embargo, parece que le gusta sufrir. Tiene más libros que muchos gozadores de la vida.

También se carteaba con don Eduardo Galeano, ese autor de muchos textos de autoayuda de izquierda. Es autor de un segundo libro de entrevistas (que no es un libro de entrevistas) a Domitila Chungara, titulado Aquí también, Domitila. Hace muchos años andábamos él y yo, en su moto, por Chasquipampa, en los afanes de ese libro. En ese barrio —casi fue su fundador— vivía él. Allá hacíamos unas buenas parrilladas, tanto que a veces yo perdía la memoria, y entonces dice que lo hacía renegar mucho.

Luego se fue a Santa Cruz y se metió con una tal Carina*. Estoy hablando de muchos años atrás. Él tendría que explicar mis aseveraciones.Ahora publica una nueva edición del libro Quereímba, así como uno nuevo: Amandiya, en torno al mundo guaraní y en torno a la mente de su autor. Como él no quiere ser un antropólogo ni cosa parecida, ni por si acaso, ha escrito dos libros muy sui géneris. Me han hecho recordar a mi paisano Neftalí Morón de los Robles, que era otro loco, y además comunista de los de antes.

En estos libros de David Acebey hay cuentos, voces, prólogos, epílogos e instrucciones de lectura, un diario del escritor y consejos para escribir cuentos. Hay fotografías, chistes, los achaques del autor y el proceso de la escritura, anécdotas y algunos dibujitos. Declaraciones de amor al proceso de cambio. Y voces. Voces recónditas. Voces poéticas. Voces nunca antes escuchadas. Y creo que eso es lo que vale. Nada de antropología ni de orden ni de sistemas científicos de investigación. Aquí el autor hace y deshace y se inventa sus propios métodos, y se dirige al lector y lo ningunea y lo quiere meter a su juego.

Se hace la burla inclusive, diciendo yo soy un tonto, ¿y tú? Pero lo que vale, son las voces. Las voces de otros, que cuentan, que vislumbran, sí, un mundo posible. Un mundo sin razón pero todavía existente. Está en estos dos libros.

* Carina era la vagoneta con la que Acebey se ganó la vida como taxista en Santa Cruz, durante más de siete años.

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