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La libertad, según Jonathan Franzen

‘Libertad’, en todos los recuentos, es una de las mejores novelas de 2011. Aquí, otro gran novelista, el colombiano J.G. Vásquez, habla de ella y de su autor

Franzen. Nació en Chicago en 1959. ‘Libertad’ es su cuarta novela.

Franzen. Nació en Chicago en 1959. ‘Libertad’ es su cuarta novela.

El País / Juan Gabriel Vásquez

00:00 / 08 de enero de 2012

Las correcciones, el libro que metió a Jonathan Franzen entre los grandes novelistas de su generación, llevaba una semana en las librerías cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. La publicación en castellano de su nueva novela, por una de esas magias del azar objetivo, coincide con el décimo aniversario de los atentados. Libertad, una fiesta narrativa de más de 600 páginas cuyo título sencillo no debería despistar a nadie, es una novela familiar y obsesivamente privada, pero guarda en sus sótanos una buena cantidad de cargas políticas que tienen mucho que ver con los años en que fue concebida: los años posteriores al 11-S, los años de Bush y de Irak, los años en que palabras como América, patriotismo y —bueno, sí— libertad estaban en boca de todos los norteamericanos, y en particular, de todos los políticos. “Una de las razones del título”, me dijo Franzen cuando le hablé del asunto, “es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y su belleza”.

Pues bien, misión cumplida: Libertad es una bella y compleja exploración de un puñado de vidas íntimas cuyo problema, igual que sucedía en Las correcciones, es el eterno conflicto entre lo que quieren y lo que se espera de ellas. En este choque frontal se mueve la extraordinaria historia de la familia Berglund, gente de buenas intenciones e incluso de buena fortuna; gente cuya buena fortuna, junto con todo lo demás, se va al garete de manera fascinante a lo largo de unas tres décadas. Lo que Franzen nos cuenta es el auge y caída del matrimonio entre Walter, ambientalista comprometido y marido fiel, y Patty, “una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable”. Todos los sospechosos habituales están presentes: el dinero, los deportes, el sexo, las drogas y aun el rock and roll, en la persona de Richard Katz: músico pospunk que prefiere ganarse el pan arreglando techos antes que comprometer su integridad artística, hombre caótico que interfiere de maneras imprevistas y calamitosas en el matrimonio Berglund. Son todos personajes (encantadoramente) confundidos, y a todos les queda a la maravilla la frase que una vecina insidiosa utiliza para referirse a los Berglund: “Creo que aún no han aprendido a vivir”.

¿Cómo vivir? Libertad intenta responder a esta pregunta.

AUTOBIOGRAFÍA.  Como Las correcciones, Libertad es un examen de un momento —mejor: de un zeitgeist— a través de una familia. Para Franzen, se trata de su novela más autobiográfica precisamente porque es la más puramente inventada. “Las cosas más duras o más interesantes de la vida de una persona no deberían contarse directamente en la ficción”, me dijo al respecto. “Son demasiado vergonzantes, o contarlas causaría demasiado dolor a personas que aún viven. Una de las razones por las que fue fácil terminar Las correcciones es que mis padres estaban muertos, así que no era necesario inventar tanto. En Libertad, la cosa fue distinta. Quería, en parte, contar lo que sabía, pero no quería hablar de un matrimonio que ocurrió en 1944. ¿A quién le importa 1944? Dejad que los muertos entierren a los muertos, ¿no? Así que traté de imaginar cómo serían mis padres si tuvieran mi edad. Al ponerme en esa tarea —la de contar un matrimonio que no es el mío—, pude contar mi matrimonio disfrazado. En ausencia de la invención, la autobiografía más profunda no es posible. Y, sin embargo, no sé por qué, la gente necesita pensar en la ficción como autobiografía disfrazada. Tal vez todo venga de un prejuicio muy protestante: que la ficción es mentira. Para esa gente es tranquilizador pensar que una novela no es mentira, sino que el autor ha cambiado los nombres y los detalles, pero manteniendo la verdad de lo que le ha pasado. ¿Por qué leer mentiras? Mejor leo algo que me enseñe, piensan ellos, algo que me permita mejorarme”.

FICCIÓN. Franzen ha reflexionado con terquedad y lucidez sobre el rol que juega la literatura de ficción en nuestras vidas, y sobre lo que perderemos cuando esa curiosa actividad (la de leer y escribir sobre gente que no existe) sea desplazada definitivamente. “Hay quienes sostienen que la no ficción nos da todo lo que la novela puede dar, así que ya no necesitamos novelas”, me dijo, “pero hay ciertas cosas que la ficción hace mejor que ningún otro medio.

El acceso a la vida interior de otras personas, con toda esta riqueza de gradaciones, es algo que sólo la ficción puede dar. En la ficción podemos entrar en la mente de una persona y en seis palabras salir y entrar en la mente de otra. Fundamentalmente, esto estimula algo que podemos llamar “simpatía liberal”. Jane Smiley habla de “la novela liberal”, con lo cual se refiere a la novela a secas: la posibilidad, no, la necesidad de presentar puntos de vista que no son los tuyos hace que uno deba abandonar cualquier absoluto moral. Así que la complejidad moral es una especie de segunda piel para un escritor de ficción”.

Franzen escribió Libertad durante el primer año de la presidencia de Obama. Pasó los años de Bush luchando con el libro, pero sin llegar a ningún lado, y no es una coincidencia que la novela sólo se pusiera en marcha la semana anterior a las elecciones, cuando Estados Unidos asistía a esa sorpresa inverosímil: el candidato negro iba a ganar. “Sólo entonces pude relajarme y ponerme a escribir”, me dijo. Se había pasado los años de Bush asistiendo, con fascinación y repulsa, a la degradación progresiva del discurso político. “La política me parece muy tonta, muy simple: exige que uno piense que tiene la razón y que el contrario está equivocado. La mayor crítica que se le hace ahora a Obama es que piensa en las cosas de una forma muy complicada, mientras que una novela que no piense las cosas de una forma complicada simplemente no sirve. Así que hay una antítesis fundamental entre la política y la novela. Alguien debería llevar esta noticia a la Academia Sueca”. Pensó un momento y añadió: “Soy una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política”.

WALLACE. Varias cosas pasaron en esos años, los años de la lenta concepción de Libertad. Su relación con su mujer es una de ellas. Kathryn Chetkovich tiene una colección de relatos, Friendly fire, pero durante los últimos años ha estado dedicada de manera constante a la dramaturgia. Es además la autora de un bellísimo (y descarnadamente honesto) ensayo sobre su relación con Franzen: Envidia. “Esta historia trata de dos escritores”, comienza el texto.

“Esta historia trata, en otras palabras, de la envidia”.

Pero en la vida de Franzen hay otra historia de dos escritores: su amistad con el novelista David Foster Wallace, que el 12 de septiembre de 2008 se ahorcó en el patio de su casa de Claremont, California. Franzen y Wallace habían comenzado a escribirse 20 años antes, en 1988. Dos años después del suicidio, Franzen publicó un ensayo en el que trataba de lidiar con esa pérdida; yo no conocía el ensayo cuando le pregunté, precisamente, cómo lo había hecho. “Dave, Dave, Dave...”, dijo Franzen entrecerrando los ojos. “Lo que hizo me enfadó mucho, pero también la forma en que lo hizo. Lo digo en el ensayo: siempre supe que él sabía que el suicidio era una movida profesional. Por supuesto que no se mató para promover su carrera, pero estaba consciente de que lo haría. Lo terrible fue el contraste entre la adulación con que la comunidad literaria recibió su suicidio y mi conocimiento de los crueles, miserables detalles de lo que había hecho, de la traición que eso implicaba, de cuán salvaje era la agresión... No lo sé... La gente que lo llenaba de elogios tras su muerte era la misma que nunca lo había nominado para un premio nacional mientras estaba vivo. Y es particularmente grotesco ver que la principal reseñista del New York Times, a quien Dave detestaba, la mujer que siempre había tratado sus libros de una manera boba y mezquina, de repente se subía al tren y gritaba loas al genio”.

“¿Y cómo marcó esa muerte la escritura de Libertad?”, le pregunté. “Bueno, siempre fuimos competidores amistosos”, me dijo Franzen. “Así que pensé: oye, todavía estoy vivo. Tan pronto pasaron las seis semanas que siguieron a su muerte, literalmente la mañana que siguió al último servicio funerario, me enterré en Libertad. Mientras tuviera esta novela, pensaba, no tendría que lidiar con la tristeza. Libertad se convirtió en un mecanismo para diferir la tristeza”. Pensé en uno de los relatos de Wallace, El suicidio como una especie de regalo, pero la asociación de ideas me pareció inoportuna y aun grosera, y me avergoncé de ella.

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