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Sobre nada y sobre todo

Óscar García presenta ‘Libro de rastros’, una colección de 100 artículos que alcanzan la profundidad con el divertimento y lo universal desde lo local gracias a un humor basado en el absurdo y lo cotidiano.

El músico Óscar García. Foto: Wara Vargas

El músico Óscar García. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

13:40 / 22 de febrero de 2016

A unque pueda parecer extraño, el silencio se convierte en la pasión de muchos músicos. Así le ocurre al compositor Óscar García, quien va incluso más allá y lo define como “una necesidad”. Para rodearse de ese silencio vital, recurre a escribir regularmente. Ya publicó dos poemarios, Golpes de tambor (1985) y Morena Rena (1987), y el ensayo sobre la música boliviana Las montañas: un marco y una ventana. El martes, en el Círculo de la Unión, presentará otra obra, que se titula Libro de rastros, un libro publicado por la Editorial 3600 que recoge los mejores 100 artículos entre los muchos que García publicó durante cinco años como columnas de opinión en diversos medios de comunicación.

— Esta vez no hay versos.

— No, éste es un libro repleto de prosa, de artículos que hablan de nada y de todo. Lo más que tienen en común es la escritura misma, en la que uso una suerte de humor, de reflexión basada en el absurdo. En realidad es una búsqueda que pasa por un montón de lecturas. En ningún arte se puede crear sin basarse en otros: en la escritura, en la música y en la pintura siempre hay un dejo, un guiño o una cita de alguien, aunque no sea racional.

— Pero la suya es una prosa muy cuidada, muy sonora.

— Como no son textos que toquen temas coyunturales, solo de refilón en algunos casos, creo que la forma como se dicen las cosas es muy importante. Te sirve para mantener una idea, una propuesta, una forma de ver el mundo. No sé si el género de estos escritos es el de la columna periodística, porque muchas veces hablo de nada. Por ejemplo, de una naranja que rueda por la calle Sagárnaga… ¿a quién le interesa? A la naranja. Y eso ya es importante, creo.

— ¿Se debe cuidar más qué se cuenta o cómo se cuenta?

— Siempre hay que ir puliendo el ejercicio de la escritura, pero esto supone aventurarse en el lenguaje, lo que puede ser peligroso. Porque uno puede quedarse atrapado en la forma y olvidar que lo que escribe tiene que tener mensaje. Me divierto escribiendo e intento que no por eso lo que digo pierda profundidad y potencia. Por ejemplo, leer filosofía o sobre la filosofía puede ser complejo, arduo, lento; pero leer filosofía escrita en términos más literarios e incluso divertidos, como lo hace Peter Sloterdijk, es un gusto. El divertimento y la profundidad se tocan, y creo que eso es lo importante. Y no resulta fácil, es lo más complicado de conseguir.

— Cuando escribe prosa, ¿se lo plantea de otra manera?

— La columna es un buen lugar para encontrar el punto intermedio entre prosa y poesía. Eso es lo que me fascina del texto corto. Un texto poético se me hace más constreñido. Me exijo, o más bien intento, achicar: lo que en prosa me ocupa dos páginas, en un texto poético debería decirlo con una palabra.

Eso lo hace más difícil pero más divertido. Soy muy consciente de que tengo que separar las dos cosas pero, a veces, la mano traiciona. Intento escribir un texto poético y me sale en prosa. Entonces me engaño a mí mismo y me digo que esto es lo que quería escribir, cuando en realidad yo quería hacer poesía.

— Luego tampoco se controla demasiado en sus columnas.

— Tampoco. Cada vez que tengo la página en blanco, o la pantalla en blanco, la primera frase que me viene a los dedos, al teclado, es como la primera erupción de la lava en un volcán. De ahí aparece el resto, aunque generalmente nunca sé bien qué es lo que va a salir. A veces amigos y gente que quiero, parientes, mascotas, me recomiendan que escriba sobre algún hecho coyuntural, y no me sale. No suelo tener un tema al momento de escribir, porque eso me crea la necesidad de decir algo importante respecto a algo y prefiero decir algo importante respecto de nada. Y aun así unas veces sale más importante y otras, menos.

— ¿Y este planteamiento no choca con la visión de un periódico?

— Claro, esta idea no es muy compatible con la que normalmente tiene el editor de un periódico o una revista. Pero he tenido mucha suerte, porque muy pocas veces me han sugerido que corte, edite o cambie alguna frase o palabra de mis textos. Normalmente se publican tal como los mandé. Quizás esa sea la mejor forma de evitar la censura: hacer lo que a uno le apetezca, pero bien hecho.

— ¿Tienen alguna relación la escritura y la música?

— Escribir es una extensión del mundo creativo sonoro. Creo mucho en los silencios en el arte sonoro, en la música en especial. Y creo que ese correlato silencioso, esa necesidad del silencio, en mi caso, se cubre con la escritura. Me callo y pretendo escucharme solamente hacia adentro. Y escribir ayuda mucho a eso, a sentir ese otro pedazo de la música que es el silencio, con el que me gusta escribir. Yo voy a seguir escribiendo mientras la vista y los dedos me lo permitan. Ojalá algún día pueda ser un verdadero escritor, famoso y traducido a 35 idiomas, pero dudo mucho que ocurra. Porque no soy un escritor, soy un compositor que escribe.

— La mayoría de sus textos se refieren al mundo cotidiano.

— Escribo mucho sobre la experiencia de vivir, un poco sobre la experiencia de la experiencia. Es decir, que para aprender a freír un huevo hay que freír un huevo, en algún rato te va a salir bien. Sobre la experiencia de la experiencia misma hablamos muy poco y nos quejamos mucho: “qué día de mierda, qué clima…” creo que hasta como catarsis a todos nos vendrá bien llevar un diario de lo cotidiano, porque lo cotidiano es lo que nos alimenta y nos anima.

— ¿También habla de política?

— Sí, porque va junto: creo que hay una acción política cotidiana. De hecho, intentar la mera convivencia en una sociedad cualquiera, pero más en una tan conflictiva y dispareja como la nuestra, es ya un hecho político. ¿Será por eso que los bolivianos somos tan apasionados políticamente? La vida misma es un acto político: ser gente de sociedad, aceptar y escribir reglas nos hace ser seres políticos. Yo estoy convencido de que darle a lo cotidiano la importancia que tiene nos haría seres más políticos en el buen sentido, más tolerantes.

— ¿Podría haber escrito sus artículos fuera de La Paz?

— Soy consciente de que soy paceño, porque el ser nacional boliviano es muy complejo… sobre todo ahora que ser boliviano está dividido en 36 naciones.

Cuando me doy cuenta de que no pertenezco a ninguna de ellas, que soy un boliviano en offside, me siento más paceño aún. Y también me siento paceño por haber andado esta ciudad de arriba abajo, por quererla tanto, porque la zona norte es pura pasión, por lo que he sentido al leer a los grandes autores paceños. Es como una combinación de amor y odio. A veces no la soportas pero a las horas la terminas amando. Y te quedas. Te vas quedando y te quedaste para siempre. La Paz es una ciudad que te atrapa.

— ¿No pecan los paceños y los bolivianos de encerrarse tal vez demasiado en ellos mismos?

— Hay un tropezón respecto al concepto de lo universal. Nos referimos a lo universal de forma equivocada, en relación a los lugares y lenguajes comunes, a los sistemas musicales y estéticas impuestos... Pero creo que lo más universal que tienen los pueblos es su capacidad de ser identidades locales: es mucho más universal una tarqueada bien tocada que una canción pop pretendidamente universal. La tendencia a seguir debería ser que cuanto más seamos nosotros mismos, cuanto más respetemos y valoremos la identidad local, más universales seremos.

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