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El faro de Fitzgerald: ‘El Gran Gatsby’

La obra cumbre de F. Scott Fitzgerald, sus personajes y el rol que éstos cumplieron en la vida del escritor estadounidense.

El novelista Francis Scott Key Fitzgerald nació en Saint Paul (EEUU) el 24 de septiembre de 1896 y falleció en Hollywood el 21 de diciembre de 1940.

El novelista Francis Scott Key Fitzgerald nació en Saint Paul (EEUU) el 24 de septiembre de 1896 y falleció en Hollywood el 21 de diciembre de 1940. Foto: www.simonandschuster.ca

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Villegas / Escritor

00:01 / 12 de diciembre de 2018

Hay unos ojos que lo ven todo, de los cuales no podemos escondernos, unos visores que nos atrapan y encarcelan. Una mirada que penetra en lo más hondo de nuestros recuerdos, de nuestras acciones y de lo que pretendemos llevar a cabo. Un faro que enciende su luz por las noches y nos renueva, nos cuenta lo que somos, lo que seremos, lo que fuimos. Aquellos reflectores, aquel faro, son los ojos de Dios. O de un dios.

Estos mismos ojos están conscientes de hacia dónde llegaremos. En qué acabaremos convirtiéndonos con el paso de las estaciones. Si la composición de nuestros sueños condice con la de nuestros actos. Quizá, con una dosis de ambición y fortuna, se nos sea concedida una revelación, una luz en el tiempo. Pero solo es eso, un destello, un halo que se difumina con el pasar de las horas, de los minutos. Después ese todo se condensa en una bruma, en la nada, en un camino perdido entre las horas apaciguadas por la aceptación de un destino, de una vía que aquellos ojos, los que lo ven todo, han trazado para nosotros antes de que nazcamos. Una historia escrita previa a la construcción del mundo.

Existe una pequeña probabilidad de que algunos, simples humanos, seamos bendecidos con la realización de algo trascendente. Pero las posibilidades son pocas, casi nulas. El faro, ese vigía, nos apunta desde la otra orilla, esa a la cual no podemos llegar, pero sí ver desde el muelle. Es la ilusión. El castillo de nubes que nos permite transitar día a día el espacio de territorio al que se nos ha enviado a respirar.

Somos, quizá, un Gatsby. Un Jay Gatsby. O mejor, un Fitzgerald. Un Francis Scott Fitzgerald. Que al cabo es lo mismo. El personaje y el creador. La obra y la consecuencia. El castillo y el que lo habita. O el que aspira a escapar de él. Pero las puertas están cerradas. Y no hay manera de abrirlas. La ilusión es una casa de paredes frágiles que si se desborda termina aplastando cada pedazo de nuestro cuerpo.

Esperanza. Nick Carraway, el personaje principal de la novela El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925), define a Jay Gatsby como el hombre con más esperanza que ha conocido en la vida. Y no es para menos: Gatsby, locuaz estadounidense que ha amasado una fortuna en poco tiempo, rige su vida en base a esa larga y tentadora palabra: esperanza.

Carraway, un joven americano que llega a la Nueva York de 1920, la del Wall Street repleto de muchachos como él, llenos de ambiciones y futuros desbordantes después de haber sobrevivido a la Primera Guerra Mundial, aspira a convertirse en un importante empleado de la Bolsa de Valores a costa de dejar a un lado su verdadera vocación: el de escritor. Tiene talento, suficiente, pero prefiere conservar los pies sobre la tierra y dejar de navegar en el cielo de sus añoranzas.

Porque la esperanza no es igual para todos. Es consecuente con la realidad, con la época y las circunstancias. Sostener un anhelo por un tiempo prolongado puede llegar a ser un suicidio lento. Una caída inexorable que, debido a la altitud a la que uno se eleva por sus pretensiones, duele aún más de lo habitual.

Y es así que desmitifica el afamado American Dream. El de que en la bendita tierra yankee todo se puede si es que se lucha por ello. Pues no es así, ni allá ni en la China. Al final la muralla es, casi siempre, más elevada.

Pero hay alguien que sí se eleva sobre los demás, que construye un palacio y adorna su nombre con guirnaldas e historias increíbles, que se esconde pero que, cuando interviene el momento propicio, sale a la escena para derruir todo lo que le rodea por un anhelo, por una voz, por una mujer que lo ha mutado, por una mujer que ha hecho de él eso que ahora es: Daisy.

Fitzgerald elaboró este arquetipo con base en las observaciones de las fiestas y derroches de los años 1920 en los Estados Unidos, época en la cual regía la Ley seca y aparecían nuevos magnates que lucraban con las ansias de la juventud de embriagarse de sueños y olvido, de huir de la resaca de la Gran Guerra, de saberse completos y dispuestos a hacerlo todo por la vida que se les ofrecía a derroche.

Pero también construyó esta novela, o por lo menos a varios de sus personajes, de acuerdo con determinadas personas que influyeron en su vida. La más resaltante es Daisy, la prima de Nick Carraway, la mujer de cabellos amarillos por la cual Gatsby está dispuesto a realizar cualquier acción en pos de su amor a pesar de la vida matrimonial de esta muchacha. Al igual que Scott por Zelda Fitzgerald, su esposa.

Basta leer la semblanza que Hemingway hizo de ambos en París era una fiesta: Zelda maneja a su antojo a Scott, lo atomiza, lo envuelve en su seda, una echa de avaricia y envidia, de egolatría y ansias de acabar con la carrera fulgurante de su marido. Una mujer al borde de la nada, de lo imaginario, que se desquitaba con Fitzgerald como si fuera una marioneta. Una mujer por la cual, al igual que Jay Gatsby, tuvo que hacer una fortuna para convencerla de pasar la vida juntos, ya que antes había escapado de él por su falta de efectivo y herencias.    

Zelda acabó finalmente en un psiquiátrico. Y Fitzgerald murió de un infarto a los 44 años después de haber pasado varios años dedicados al alcohol y a la escritura. Hemingway cuenta de él que era un joven con mucha pasta, con mucho material y talento para escribir algo incluso mejor que El gran Gatsby, pero que para ello necesitaba de una disciplina y estabilidad que Zelda no se lo permitía.

Y fue así como el castillo se derrumbó para Fitzgerald. Y para Jay Gatsby. Y para Nick Carraway. Personajes decididos a emprender un camino distinto, con más brillo, destinado al triunfo y a las certezas, pero que acabaron engullidos por la fuerza de los sentimientos, de la realidad que se superpone a todo, de aquellos ojos que nos ven desde alguna parte y que nos vigilan, que nos permiten dar unos cuantos pasos por el césped, para sentirlo y admirarlo, pero después se nos envía a deambular por barro y tierra por el resto de nuestras vidas.

El faro que vigila Jay Gatsby todas las noches. El faro que le indica el camino a Daisy y a la felicidad. El faro que es la esperanza. El faro que está a un muelle de distancia, a un mar. El faro que solo puede tocar con los ojos. El faro desde el cual Fitzgerald vio su camino a través de Gatsby. El faro que no se toca pero que se admira. El faro que es el dios que juega con sus humanos.

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