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De Karlsbad a Weimar: la ´Elegía de Marienbad´

Una lectura sobre este canto de cisne  de un enamorado,   el  poema de J.W. Goethe (1749-1832).

Una lectura sobre este canto de cisne de un enamorado, el poema de J.W. Goethe (1749-1832).

Una lectura sobre este canto de cisne de un enamorado, el poema de J.W. Goethe (1749-1832).

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada / Escritor

00:01 / 07 de noviembre de 2018

Stefan Zweig calificó como uno de los momentos estelares de la humanidad cuando von Goethe, con el corazón contrito de dolor —como el de un chiquillo que sale desahuciado por el amor de una muchachita imposible—, hizo preparar su carruaje para escapar precipitadamente de Karlsbad (donde había pasado unos hermosos días en un balneario) hacia Weimar nuevamente (donde había pasado la mayor parte de su vida de político y creador). Era un día otoñal ventoso y frío de 1823. En la calesa le acompañaban solamente su secretario y un ayudante. El anciano poeta, absorto en sus pensamientos, escribe y escribe, medita y piensa con un semblante de total desolación…

Así salía el gran hombre septuagenario, con el corazón desgarrado por una niña de no más de 19 años que le había rechazado. Porque el amor es como una guerra: en algunas batallas se gana; en otras, se pierde. Los grandes hombres también saben perder batallas.

La historia de este poema es hermosa, pero asumiremos que nuestro lector ya la conoce, o que la conocerá después de haber sabido de la existencia de esta poesía y, por tanto, iremos al análisis de la pieza literaria en sí misma. La Elegía de Marienbad es el canto de cisne de un enamorado. Es la redención de un corazón amante por mil. El renacimiento digno de un héroe.

EL POEMA

Versos salidos del corazón: “Cuando el hombre suele enmudecer en su tormento, a mí me ha dado un dios expresar lo que padezco”. El poeta, mientras que los demás hombres callan el sufrimiento, se prepara para cantar el dolor más puro, cuya inspiración ha venido de un dios.

Su alma acobardada cobra brío porque Ella, la imposible, sale a su encuentro a recibirlo. Un beso…, el último, y por ser el último, ¡terrible! El pie corre —dice Goethe—, se detiene y el umbral elude, ¡confusión! Y al final, en instante horrible, cerrada está la puerta… El corazón —ensimismado por el recuerdo de las horas pasadas junto a Ella, momentos que rivalizaban con las estrellas del cielo— se hastía porque está opreso. ¡Pero aún queda el mundo! ¡Un verde prado que bordea el río y la inmensidad con su bóveda astral! Pero, ¡ay!, en esa misma naturaleza del universo, entre las nubes oscuras y sobre el azul del cielo, aparece ella, seráfica, cristalina, “la más bella de las criaturas adorables”. Se agita en metamorfosis, cambiante, voluble, pero al final la mujer se impone en una figura, cada vez más bella: “En su proteica figura…”.

El amante aguarda en el umbral para verla de nuevo, para tenerla y tener el postrero beso. Porque a pesar de que se tenga muchos años y el tiempo sobre un hombre haya caído, la capacidad de amar y ser correspondido no tiene tiempo de llegada. Porque a pesar de que al hombre longevo cubran imágenes aterradoras de una vida sin el amor, aparecen figuras en que Ellas echan nuevas esperanzas para intuir nuevas claridades.

Y luego unos versos profundísimos: “A esa paz de Dios que, más que cualquier razón —según leemos—, os hace dichosos aquí abajo, bien comparo yo la paz gozosa del amor cuando se da en presencia del ser más amado”. El poeta compara la paz del Señor con la que da la compañía o el amor del ser querido. Al corazón ya nada le perturba entonces. “De tal magnificencia siento que participo cuando estoy con ella”.

Goethe coteja su mirada con la brillantez del cielo y su aliento con el frescor de la primavera, y dice que en ellos se desvanecen las cosas miserables del hombre, como el egoísmo. La egolatría y la veleidad huyen al verla…

Ahora la mujer consuela al poeta: “Y si alguna vez a la noche tuve miedo, también en la oscuridad supe ver el cielo”. Y el amante responde: ¡Para ti es fácil!, ¡porque no hay quien sienta miedo si se es el favorito de los hados!

El alemán comienza los versos de mayor desolación. Empieza a temer que tendrá que dejarla, que tiene que aceptar esa idea. Ya lo único que lo mueve es la añoranza y no ve otra salida que las lágrimas. “¡Seguid brotando, lágrimas, aunque no podréis apagar el fuego del pecho!”, dice. Si bien hay hierbas y curas para el cuerpo, el pecho sigue ardiendo. El poeta no sabe cómo añorarla porque su mente reproduce su imagen por millares.

Hacia los últimos versos de la Elegía, les dice a sus amigos que lo dejen ahí, en el camino pantanoso, rocoso y desierto, donde él ya está perdido porque ha sido enviado a Pandora, esa Pandora rica en dones y riesgos. El poeta fue impelido hacia los labios de Ella y luego, al ser despojado de ellos, quedó destruido. Insta sin embargo a sus amigos a que sigan el camino de la vida, a que continúen escrutando la naturaleza y sus misterios, a que vuelen más alto y sigan la trayectoria del engrandecimiento.

Porque ése es Goethe, el luchador y adalid de una raza de hombres-dios, como prometheos que encadenan la gloria a lo más profundo de su corazón en el pico más pedregoso y magnífico del mundo.

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