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A la luz de la evolución

La evolución es el gran principio unificador de la biología, sostiene la autora

E.M. Escher

E.M. Escher

La Razón (Edición Impresa) / Eugenia Muñoz - Curiosa profesional

00:00 / 14 de septiembre de 2014

Nada tiene sentido en biología si no se ve a la luz de la evolución. Theodosious DobzshanskyLa evolución es el gran principio unificador de la biología. Creemos que lo que más impacta de la Teoría de la Evolución de Darwin, cuando entramos a ella por primera vez, es aquello de que dos organismos vivos, absolutamente diferentes, hayan compartido en algún pasado, un ancestro común. Los humanos tuvimos un antepasado común en los chimpancés hace cinco millones de años; y hace unos 3.000 millones de años, lo tuvimos con cualquiera de las bacterias conocidas.

La acepción moderna de la Teoría de la Evolución darwiniana es la de que se trata de un modelo científico que describe el origen de todos los organismos vivos que existen (y que han existido) a partir de un ancestro común, y cuya evolución ha sido el resultado de la complejización, ayudada por las herramientas de la selección natural y las mutaciones. Es decir, que desde ese ancestro común en adelante se ha desarrollado un proceso imparable de complejización, proceso que seguirá desarrollándose, sin solución de continuidad, mientras exista un ente vivo.

El aporte más importante de la Teoría de la Evolución de Darwin fue el haber descubierto el mecanismo natural que explica la génesis, la diversidad y la adaptación de los organismos a los ambientes que los rodean.

Dentro de la evolución del género homo (homínidos) hay dos momentos que fueron determinantes para la aparición del ser humano. El primero, hace 1.500 millones de años, cuando el primer mono antropoide (el australopithecus) adquirió la marcha bípeda, ya que ese hecho permitió el comienzo del extraordinario desarrollo del cerebro que continuó en el homo habilis y el homo erectus en línea cronológica hasta llegar al homo sapiens, hace 100.000 años. La relación entre la postura bípeda y el aumento del cerebro es clara, si se piensa que para poseer un cerebro más voluminoso era indispensable poseer un cráneo mejor “asentado” sobre un tronco erecto, ya que un animal a cuatro patas no habría podido soportar ese peso. Aparte de que el proceso hominizador es, básicamente, el aumento progresivo del cerebro, cuyo resultado son los cambios evolutivos biológicos entre las especies de primates originarias. El segundo momento es cuando, prácticamente al mismo tiempo, comenzó el proceso de culturización. Es decir, cuando el homínido comienza a realizar actos que están más allá de lo que venía marcado en sus genes, haciendo uso de su cerebro incipiente. En el período que dista entre el prehumano (australopithecus) y el primer homínido (homo habilis) ya se había comenzado a usar herramientas, aunque muy primitivas, sin prácticamente trabajos adicionales; y, al parecer, también ya podían comunicarse, aunque solamente haya sido a través de gestos y algunos sonidos, porque no hay otra forma de explicarse el desarrollo que fueron teniendo esas primeras muestras culturales, puesto que cada nueva generación debía aprender todo lo descubierto por la anterior, ya que esos enriquecimientos culturales no son heredables.

La evolución darwiniana es un hecho aceptado mundialmente y hay variadas pruebas científicas que han verificado esta teoría: bioquímicas, anatómicas, embriológicas, paleontológicas, etc. Pero, las que han suministrado las pruebas irrebatibles de la íntima relación que existe entre todo lo viviente, son la biología molecular y la biología comparada.

El registro fósil también ha sido importante por los restos fósiles encontrados en la corteza terrestre, los que han dejado claro que la evolución biológica no tiene dirección ni sentido. No va dirigida a conseguir una mayor excelencia o una mayor complejidad o una mayor diversidad, sino que, ciegamente, va hacia las condiciones que mejor aseguren la reproducción.

Los errores de transmisión del ADN (mutaciones) constituyen, principalmente, la materia prima de la evolución al ser la causa de las variaciones individuales, las que, a su vez, son causa de casi toda la diversidad biológica. Las mutaciones son innumerables y se están produciendo continuamente, pero solamente quedan fijadas en los genes aquellas que inciden en la mayor reproducción o mayor longevidad. Vivo más, me reproduzco más.

La historia de la vida está compuesta de innumerables apariciones de nuevas especies y, a la vez, de dos tipos de extinciones. Una, que es la que podríamos denominar como normal y que es aquella que se produce cuando algunas especies, por distintos motivos, no consiguen adaptarse a su medio ambiente. Y las grandes extinciones masivas que dejan solamente a unos pocos sobrevivientes, y que son debidas a supuestas catástrofes de las que aún no se sabe con certeza qué las provocó. Entre los descendientes de estos sobrevivientes tiende a producirse una muy rápida y extensa diversificación morfológica. Según una reciente hipótesis, hasta ahora hubo cinco grandes extinciones masivas que se han producido más o menos cada 26 millones de años. (Al parecer, la periódica lluvia de cometas que cae sobre la Tierra tendría alguna relación con este ciclo). Entre estas extinciones, grupos enteros de organismos se han extinguido sin dejar descendiente ninguno. Por ejemplo, las trilobites, los ammonoideos, los dinosaurios, etc. etc. El 99,9% de las especies que han existido alguna vez, están hoy extintas.

Mientras tanto, a pesar de todos estos cataclismos y desastres, la especie homo se fue abriendo camino, lenta y azarosamente, por medio de la evolución biológica (la hominización) y también apoyándose, cada vez más firmemente, en la más rápida humanización (la evolución cultural) hasta la aparición del homo sapiens que es cuando la evolución cultural (a una velocidad vertiginosa) ha empezado a tener cada vez mayor protagonismo hasta llegar al momento en que la evolución biológica del ser humano parecería que se ha estancado, dejando que la evolución cultural ocupe su lugar en una gran medida, debido a que la progresiva actividad cerebral ha empezado a responder con soluciones humanas a las necesidades de cambio o evolución biológicas. Pero eso no significa que la evolución biológica, aunque ralentizada, no continúe con su tarea hasta que llegue el fin del ser humano… o por lo menos, mientras siga vigente su dependencia de lo biológico.

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