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Las malas intenciones

niña. La actriz Fátima Buntix en el papel de la pequeña Cayetana. Foto: perufilm.com

niña. La actriz Fátima Buntix en el papel de la pequeña Cayetana. Foto: perufilm.com

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 21 de julio de 2013

Multipremiada en Gramado (Brasil), Mar del Plata (Argentina), Viña del Mar (Chile), Berlín (Alemania), Las malas intenciones —dirigida por la peruana Rosario García-Montero, uno de los 25 rostros nuevos del cine según la revista Filmmaker— es una áspera mirada sobre la clase alta limeña en un momento particularmente dramático de la historia peruana del último cuarto del siglo XX, justo los años cuando Sendero Luminoso irrumpía en las noticias con los primeros atentados contra centrales eléctricas e instalaciones policiales.

Esos tiempos y circunstancias son contados desde la percepción de Cayetana de los Heros, una niña de nueve años, dando paso a un relato que se desplaza permanentemente entre la realidad inmediata de la protagonista y la referencia implícita a un contexto que el propio microcosmos desestructurado de la familia circunscribe como un reflejo condensado de la artificiosa lejanía de sus gentes respecto a un mundo en trance de caer hecho pedazos.

Cayetana se siente desasistida de afectos. Su madre se la pasa de viaje, con su padrastro los lazos afectivos son tenues, inexistentes casi, su padre anda demasiado ocupado conquistando jovencitas. De ese modo resultan ser los criados de la casona, ubicada a dos horas de Lima, los únicos seres con los cuales Cayetana mantiene un mínimo diálogo. Por eso se fuga a los relatos épicos de la historia peruana, entablando en su fantasía una relación mucho más próxima con aquellos nombres de hora cívica que con cualquiera de los humanos del entorno.

La relación un tanto obvia entre el apellido de la pequeña y el carácter heroico de aquellos personajes de historieta corporizados por la imaginación de la pequeña en varios momentos especialmente tensos de su solitaria existencia, tienen la misma apariencia que otros apuntes agregados al relato: caprichos figurativos sin demasiada relación con el esqueleto dramático o añadidos estéticos explicables. Aunque, es usual que todo debutante intente decirlo todo en su primer largo. Esta muestra de inmadurez contrasta, sin embargo, con virtudes destacables en el emprendimiento de García Montero y que, por el contrario, parecieran dar cuenta de una madurez inusual en trabajos primerizos.

El drama interior de Cayetana se enciende cuando, al retorno de uno de sus viajes, la madre le hace saber que un hermanito se encuentra en camino. A la pequeña se le antoja que si hasta entonces recibía una flaca ración de amor ésta definitivamente se evaporará con el arribo del pequeño competidor. Es más, imagina que el mismo día del nacimiento del hermano ella morirá. Siente entonces una especie de rencor anticipado y se dedica a maquinar estrategias diversas para impedir el alumbramiento, pensando incluso en suicidarse.

Mientras pasan los días y se acerca el temido momento, Cayetana presiente algo peor rondando ahí afuera. La hoz y el martillo advertidos en una lejana fogata durante una de las múltiples idas y venidos de Lima a su casa, la amenaza de una bomba en el colegio, los bombazos que se escuchan lejanos pero acaban dejando en penumbras la casa, las pintadas en los muros… Una acumulación de señales que los adultos se muestran incapaces de explicar y menos aun de asumir encerrados en su confortable soberbia, herencia de un sistema de privilegios al que consideran eterno e inmodificable.

De la inequidad que sostiene ese sentimiento de omnipotencia, la niña tendrá pruebas, inadvertidas empero, con el despido de la empleada injustamente acusada de robar un dinero sustraído por la propia Cayetana presumiendo que esos billetes guardados en un cajón están destinados a compras para el indeseable hermanito por venir. O en el muro que se hace cada vez más alto para separar la propiedad de la familia los Heros de los empobrecidos vecinos a los cuales Cayetana atisba desde una escalera. O, por último, en la desaprensiva postergación, justo en vísperas de Navidad, del pago a los obreros encargados de la construcción de la piscina.

Dos son, tal vez, los mayores aciertos de la realizadora en el tratamiento narrativo. El primero, mantenerse siempre apegada a la mirada de la niña para desarrollar desde allí el relato. Y el segundo, eludir la condescendencia con los comportamientos de Cayetana. La niña no es una pequeña con la cual pueda uno simpatizar. Caprichosa, neurótica, arbitraria, desalmada a ratos, no deja por ello de representar el drama de tantos hijos desatendidos por padres encerrados en sus propia obsesiones e incapaces de entablar una genuina relación afectiva. Entre las varias líneas paralelas del relato, la presencia de la otra niña enferma junto a la cual Cayetana pasa algunos días en la playa, experimentando una sensación de libertad vedada en la vida cotidiana —a diferencia de otras digresiones narrativas que salen sobrando— cobra sentido como una forma de no cargar las tintas a la antipática forma de ser de la niña, atribuida exclusivamente a su compleja personalidad. Al fin y al cabo, el histérico comportamiento de la madre, consumidora pertinaz de tranquilizantes, la irresponsabilidad del padre, la egoísta lejanía del padrastro, marcan con claridad las culpas de los adultos.

La infancia de Cayetana se encuentra muy lejos de la edad de la inocencia, envuelta por la descomposición y con la muerte apoderándose poco a poco del ambiente circundante, en un tono próximo al que solía rodear a los niños en las primeras películas de Carlos Saura, igualmente dedicadas a la descripción de un mundo en crisis.

La acumulación simbólica del relato cribado por la subjetividad de la protagonista pierde a ratos fuerza distrayéndose en reiteraciones que lo alargan sin necesidad, aun cuando la directora sortea el riesgo del maniqueísmo político entregando una obra personal digna de verse.

Mención especial amerita el impecable trabajo de Fátima Buntix, la pequeña actriz a cargo del papel de Cayetana. También el trabajo de fotografía de Rolo Pulpeiro, principal responsable en la creación de la mórbida atmósfera que abraza todo el relato haciendo uso de una paleta cromática desaturada, de un blanco y negro visible y deliberadamente forzado que apenas da lugar a la presencia de algunos matices de color, en particular del rojo sangre invadiendo la imagen sobre el final. Y a ese clima enrarecido contribuye de igual manera un estilo de montaje que pareciera inspirarse en el modo de los sueños antes que en las formas habituales de la lógica narrativa lineal.

Ficha técnica

Título original: Las malas intenciones. Dirección: Rosario García-Montero. Guión: Rosario García-Montero. Fotografía: Rolo Pulpeiro. Montaje: Rosario Suárez. Arte: Patricia Bueno, Susana Torres. Diseño: Guillermo Isa. Maquillaje: Luciana Salomón. Efectos: Pedro Rebata. Música: Patrick Kirst. Producción: Steve Akerman, Philippe Avril, Juan Carlos Belaunde, Rosario García-Montero. Intérpretes: Fátima Buntinx, Katerina D'Onofrio, Melchor Gorrochátegui, Kani Hart, Jean-Paul Strauss, Paul Vega.

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