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Las malcogidas: del cine al teatro

‘El club de las malcogidas’, de Denisse Arancibia, es la obra que se presentará todos los miércoles a las 20.00 en el Teatro Nuna hasta el 4 de julio.

Escena. Marta Monzón, Diego Paz, Bernardo Arancibia, Pamela Sotelo y Katriel Hidalgo. Foto: Loayza Grissi

Escena. Marta Monzón, Diego Paz, Bernardo Arancibia, Pamela Sotelo y Katriel Hidalgo. Foto: Loayza Grissi

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria / Crítico

00:00 / 13 de junio de 2018

Es imposible no comparar la obra de teatro El club de las malcogidas con la película Las malcogidas, ambas escritas y dirigidas por Denisse Arancibia.

Especialmente porque la historia se mantiene: se trató de trasladarla sin cambios demasiado significativos de un formato a otro. Sin embargo, el cambio ha tenido sus consecuencias y es esta relación de pérdida-ganancia la que me interesa hacer notar aquí.

Al principio, me hallé decepcionado: la escena inicial presagiaba que la adaptación no había sido hecha con el cariño que la película parece contener en cada fotograma, pues, aunque se mantenía a la gorda Carmen esperando que su yeso se seque con los brazos extendidos por un largo tiempo en el que un silencio domina la sala, el efecto ya no es el mismo y esto se debe a dos razones. Primero, a la cercanía; a pesar de que en una sala de teatro tienes a los actores frente tuyo y literalmente podrías tocarlos, esto no se compara a la pantalla gigante del cine: al primer plano del rostro de la mujer, agrandado, cercano, casi como si el espectador estuviese en el mismo cuarto, compartiendo el mismo silencio, sufriendo con la mujer frente al espejo, incómoda con su propio cuerpo, incómodo el espectador al tener que verlo tan de cerca. Es necesario resaltar también, en este mismo punto, la idea de la soledad frente al espejo que en la película abre puertas a nuevos sentidos que la obra de teatro no permite: la mujer ya no está sola, todo el elenco la acompaña. La segunda razón se debe justamente al silencio: en una sala de teatro los espectadores hacen ruido, no es algo que se pueda editar y eliminar, a diferencia del cine donde sí se puede explotar el valor verdadero del silencio. Esto no quiere decir que en el teatro no se pueda, pero sí que es más difícil y que requiere una presencia escénica que al principio los actores de El club... parecieron carecer. Esto hizo que el silencio no sea incómodo: no fue un silencio que generó ni risa ni reflexión, fue simplemente significante sin significado.

Pero luego de un par de malas señales más, empezaron a cantar… Lo que Pamela Sotelo no pudo en la actuación lo compensó (y con creces) en el canto (lo contrario sucedió con Marta Monzón quien, aunque no cantaba, conmovió hasta casi las lágrimas e hizo reír a pierna suelta con su actuación y ni hablar de Bernardo Arancibia que cantó, bailó y actuó para demostrar, nuevamente, que el escenario es suyo). “Baila hasta caer”, decía Pamela y su voz me levantaba y me convencía de lo que decía como si fuese una orden.

Cuando empezaban a cantar, los personajes cobraban vida y mayor presencia en el escenario, se te olvidaba que atrás había un bebé llorando, que afuera los hinchas de algún equipo de fútbol festejaban un gol, que demasiada gente entraba o salía de la sala… Sin embargo, dejaban de cantar y volvías a ese desorden mundano, ya no estabas en la obra. Solo querías que vuelvan a cantar, aunque sea una canción de Maná.

Fue la música el mayor fuerte de la obra, a diferencia de la película, donde tomaba un rol secundario opacada tras la metáfora visual de una fotografía bien trabajada y el humor negro. La misma estética musical se mantuvo, agregando nuevas sorpresas muy adecuadas como El baile de los que sobran un clásico de Los prisioneros que parece haber sido especialmente escrita para El club..., donde los personajes marginales son los que dominan la escena: el hombre blanco y atractivo es visto con malos ojos, todos los penes molestan en el sentido más literal de la frase; se alza el matriarcado en tacones y se critica la figura del macho. Pero no solo la música en el sentido estricto de la palabra fue espectacular, sino todo lo que tiene que ver con el manejo de lo sonoro: cuando Arancibia quería que escuches un orgasmo o una relación sexual, sin necesidad de caer en lo grosero o lo pornográfico, lo lograba.

Es así que la película ganó en relación a su capacidad para incomodar y generar reflexiones críticas desde lo visual, pero la obra ganó en cuestión de musicalidad y sonido.

El club de las malcogidas es la primera de nueve obras que se presentarán a lo largo de este año gracias a Teatro Punto Bo, institución que quiere “garantizar y formar públicos, pero con una oferta sostenida de alta calidad y muy atractiva”. Es una obra que, con todos sus peros, vale la pena ver y que estará en cartelera durante todos los miércoles hasta el 4 de julio a las 20.00 en el Teatro Nuna (c. 21 de Calacoto 8509). Y si esta es la primera de nueve, no me imagino el resto, pero mis expectativas no hacen más que crecer…

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