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‘Quién manda a nadie leer a GD’

Se murió Gerardo Deniz, autor de una obra que llevó de paseo a la poesía a lugares extraños, evocadores y divertidos

Gerardo Deniz

Gerardo Deniz

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 04 de enero de 2015

El año pasado leí en el periódico que el 20 de diciembre se murió Gerardo Deniz, en México, a sus 80 años. Ninguna sorpresa, puesto que 80 parece un número razonable para enfrentar esos menesteres típicamente humanos y, más prosaicamente, porque se sabía que —como Homero, como Borges— hacía años que no podía leer.

Pero igual me dio pena. Gerardo Deniz era uno de esos tipos a los que apenas uno se descuida comienza a extrañar. Debería comenzar diciendo que era poeta, pero en realidad eso es lo de menos. Escribía unos textos extraños, muy evocadores, que sabían al mismo tiempo cantar y contar, a veces emocionantes o con alguna frecuencia chistosos, a los que por pura costumbre seguimos llamando poemas. Y si uno de desconcertaba — cosa que podía ocurrir cualquier momento, no había porque sentirse culpable— ahí estaba él, parado en el hombro, como un diablito, para recordar: “Quién manda a nadie leer a GD”.

A alguna gente le resultaba difícil leer sus poemas. Se decía que era un poeta hermético, erudito, extravagante... El problema era otro: leer sus textos con la idea tradicional de lo que es o debe ser un poema. Superada esa expectativa la cosa empezaba a fluir y si no fluía, no había problema, todo era cuestión de pasar la página.   

(Dificultad más o menos, estoy seguro de que a los amantes de la poesía de la certidumbre su lectura podría provocarles un ataque surtido.)   Con todo, era un poeta muy considerado. En atención a los que encontraban difíciles sus poemas, preparó unos textos muy divertidos, como el que se publica en esta misma página, que no los explican pero que sí delatan sus “ingredientes”.

Nació en Madrid en 1934 con el nombre de Juan Almela. A sus 12 años llegó a México. Estudió química, ciencia que abandonó después como oficio pero no como pasión, y se dedicó a la traducción —se manejaba en inglés, francés y alemán, pero también en sueco, latín, ruso, el alemán, turco y sánscrito— y a la edición. Tradujo a Levy-Strauss, Benveniste, Jakobson y Dumezil, entre otros. Para todas esas labores alimenticias conservó el nombre de Juan Almela.

Hasta que un día comenzó a escribir poemas. Tenía 36 años cuando publicó, con el pseudónimo de Gerardo Deniz, Adrede (1970), su primer libro. Algunos pocos lectores se entusiasmaron. Los hizo esperar, sin embargo, ocho años hasta su próxima obra, Gatuperio —que contiene algunos grandes poemas como, Julio Verne lo perdone, “20,000 lugares bajo las madres”—. Después vendrían Enroque (1986), Picos pardos (1987) —un delirante poema extenso—, Grosso modo (1988), Mundos nuevos (1991), Amor y oxidente (1991) y algunos otros más que fueron recogidos en Erdera (2005).

En algún momento, leer a Gerardo Deniz dejó de ser difícil y se volvió simplemente prestigioso. Dudo que le importase algo, después de todo él sabía que la “neocursilería” —la palabra es suya— es infinita. Cuando en 1991 le dieron en Premio Xavier Villaurrutia, el jurado afirmó que era un poeta “extraordinariamente arriesgado, que ha conmovido los cimientos y procedimientos de las formas habituales de hacer poesía”. Tenía toda la razón. Así es, apenas uno se descuida, lo comienza a extrañar.

Bruyères

Gerardo Deniz (1934-2014) - poeta

Después de aquellas nieblas y hojas muertas,dispuesta, pero no te decidías,se vio tu borde erizado al desvestirte ante la lámpara(cuentas de Baily)(pero es de frío, ¡vaya! —como dijo el tocayo Jean Sylvain)y, contra la costumbre de los eclipses,un pájaro cantó, posado en la madera de hacer pipas,mientras duró la totalidad. IngredientesA) Títulos de los preludios del segundo libro de Debussy: 1, “Nieblas”; 2, “Hojas muertas”...; 5, Bruyères (“Brezos” o “Brezales”, una de las mejores piezas cortas para piano que existen). Los títulos de los primeros preludios aluden sin duda a episodios inciertos, anteriores al momento del poema.B) Brezo: arbusto (Erica arbórea) de tierras áridas que se cubre agradablemente de flores pequeñas y tiene madera dura usada, por ejemplo, para hacer pipas (aunque, a decir verdad, para hacer esto se utiliza sobre todo la raíz).C) Francis Baily, astrónomo inglés (1774-1844). Descubrió que en los eclipses solares, cuando el borde de la luna casi coincide con el del sol, la luz de éste se descompone en puntos (llamados cuentas o rosarios de Baily), al pasar por los valles y ser interceptada por las montañas lunares.D) Jean-Sylvain Bailly (1736-1793). Astrónomo francés tocayo del inglés por el apellido, tocayo mío por mi primer nombre, y mi nahual, Silvano, por el segundo nombre. Bailly llegó a ser alcalde de París. Puede vérselo subido en una mesa en el famoso cuadro de David El juramento del juego de pelota (por curiosa coincidencia, a la derecha de la mesa del cuadro aparezco yo sentado, en una de mis preencarnaciones, sin compartir el entusiasmo excesivo de todos los demás presentes; pero todo esto es una digresión que no tiene que ver gran cosa con el poema). Algún tiempo después, ya al pie de la guillotina:      —Tiemblas, Bailly… —Sí, pero de frío.E) Durante la fase de totalidad de los eclipses de sol, los pájaros callan, como es bien sabido.F) En el poema hay dos eclipses equiparados (el segundo con cierta vacilación) a eclipses de sol: un eclipse de lámpara en el que la carne de gallina de la friolenta (que no acobardada) provoca cuentas de Bailly; después, un eclipse total de mujer, durante el que un pájaro no deja de cantar, lo cual es singular.G1) tal vez no sea tan singular que el pájaro siga cantando durante el segundo eclipse, aunque sea de sol: no está sometido a los hábitos de los pájaros reales, pues es un pájaro metafórico, destinado a prolongar, posado en el brezal, la expresión musical del júbilo, iniciada por el quinto preludio de Debussy, que da título al poema.G2) O bien —quién sabe— el pájaro desempeña su función metafórica siendo además real. En tal caso sería un ave de las que cantan de noche, y el segundo eclipse, el de mujer, correspondería a un eclipse no de sol sino de luna, que no perturba a los pájaros desvelados. Con lo que el que el trío de la habitación —lámpara, ella y yo— correspondería al trío astronómico sol, luna y tierra. Me toca un buen papel: contemplo el eclipse de sol (o sea el de lámpara) y provoco el de luna (o sea el de mujer).H) Así sucesivamente. 

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