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Las manos grandes de Yes

La muerte de Chris Squire cierra la larga historia de la banda que lideró el rock progresivo

Yes. Foto: dailybusinessgroup.co.uk

Yes. Foto: dailybusinessgroup.co.uk

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Peña - crítico de música

00:00 / 13 de septiembre de 2015

La Paz se ve colmada por músicos locales y de diferentes partes del planeta, cada primera quincena de septiembre, por el Festijazz. Como el aire está atiborrado de jazz en todos sus colores y formas, quizá merezca la pena centrarse en otro estilo, el rock sinfónico, el de la banda Yes, que acaba de celebrar 47 años en el mundo de la música y que perdió a uno de sus fundadores y pilares insustituibles: el bajista Chris Squire, que murió el 27 de junio.

Cuando estaba en el coro del colegio, por su facilidad impresionante para llevar segundas voces y con un registro vocal agudo, Chris Squire quería ser cantante. Pero alguien le dijo que como era alto y tenía las manos grandes debería dedicarse al bajo. Se compró un Rickenbacker y formó su primer grupo, The Syn, en 1968. En Londres, centro de la movida musical europea, Cream, The Who y The Jimi Hendrix Experience se presentaban en el Marquee. Uno de los camareros de ese club se llamaba Jon Anderson, y era cantante de un grupo a punto de disolverse. Anderson se cruzó con el bajista de manos grandes, y ambos formaron una banda con Peter Banks, guitarrista del grupo Chris.

Llegó el momento de bautizar la formación. Jon indicó que deberían llamarse Life. Peter asintió con la cabeza y dijo: “Yes”. Chris sugirió para el grupo el nombre World y nuevamente Peter asintió vehementemente e indicó: “Yes”. Jon y Chris, exasperados con el empecinamiento de Peter, le preguntaron cuál era su propuesta, a lo que él y éste respondieron: “Ya os los dije dos veces, el grupo debe llamarse Yes”.

Así, en junio de 1968, nacía una de las bandas más importantes del rock sinfónico. Pero guitarra, bajo y voces no era el formato adecuado para plasmar las ideas que tenían en la cabeza, y ficharon a un joven que tocaba rock y jazz en la universidad: el baterista Bill Bruford. Y la psicodelia había puesto de moda los teclados que, como demostraba Pink Floyd, generaban nuevas texturas armónicas. En los barrios de Londres no faltan las madres que inscriben a su hijo a clases de piano para que se convierta en un concertista famoso. Una de ellas, la de Tony Kaye, tuvo que aceptar que su niño se quedase en teclista de rock. El primer disco de Yes no tuvo mucho éxito, pero sí algo imprescindible: un sonido propio. El segundo casi les llevó a la quiebra financiera. Peter Banks dejó el grupo por desacuerdos con Chris y llegó un guitarrista barroco, al que le gustaba el country, el blues, el jazz, el laud, la guitarra eléctrica y la acústica: Steve Howe.

 Pero la suerte siempre espera el momento preciso para posarse sobre quienes creen en lo que hacen, viven para ello y se apasionan. En 1971 las listas de ventas de discos se habían convertido en el factor determinante de la industria musical. Estas listas eran elaboradas por las disqueras, que enviaban por correo a una sede central los datos de lo que habían vendido en la semana.

Una huelga de correos en Inglaterra rompió el sistema y los empresarios decidieron construir las listas con los datos de una sola tienda, Virgin Records, de Londres, que había vendido muchas copias del Yes Album porque su gerente era amigo de la banda. Así, Yes entró en el puesto número siete de las listas en Inglaterra y en el número 40, en Estados Unidos.

Con ese impulso comercial casual, cuántico, el grupo pudo invertir en nuevos equipos, sobre todo en sintetizadores, que comenzaban a formar parte fundamental de los grupos de rock. Pero Tony Kaye se negaba a dejar su órgano Hammond porque creía que era lo que le daba al grupo su sonido característico. Squire se puso drástico. Consiguió el número telefónico de Rick Wakeman, el “Brujo de los teclados”, y le llamó a las 03.00: “Hola. Te habla Chris Squire, de Yes. Buscamos un teclista. Te vi tocando con David Bowie y me parece que podrías aportar mucho al grupo”. Al día siguiente Wakeman ya estaba ensayando con Yes, para la grabación de su siguiente álbum: Fragile. Pero el último arribo fundamental a la nave de Yes no sería un músico, sino el artista gráfico Roger Dean, encargado de hipnotizar al público con los diseños de las tapas de los siguientes discos de la banda.

Estos artistas construyeron la inefable música de Yes, que alcanzó la cumbre con Close to the edge. A pesar de las idas y venidas y el alcoholismo de Wakeman, del cuestionado álbum Topographic Oceans, de las entradas y salidas de varios músicos, y de los dramas personales, produjeron más de 20 discos. Por todas las etapas de esta cambiante banda británica transitó el bajista y compositor Chris Squire. Él se encargó de ponerle el sello personal a la base de Yes, y fue su voz la que acompañó al personalísimo Jon Anderson. Un “raro tipo de leucemia” se acaba de llevar a Squire y ha cerrado el último capítulo del que aun sigue siendo el mejor grupo de rock sinfónico.

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