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‘Hay que mantener a raya la muerte de la imaginación’

Un diálogo con el eminente crítico Harold Bloom (el canonizador) con motivo de la aparición de su nuevo libro

Harold Bloom

Harold Bloom

La Razón / Winston Manrique Sabogal, Babelia para Tendencias

02:00 / 04 de diciembre de 2011

Hay que mantener a raya la muerte de la imaginación!”, pide Harold Bloom, que calla y cierra los ojos el tiempo suficiente para parecer un busto de mármol blanco de algún sabio griego de cabellos revueltos. La frase suspendida recobra vida con voz grave y cansada: “Una de las maneras es que el crítico se acerque a un libro a través de la confrontación con las cosas directamente. Debe ver lo bueno que es el autor. Y no hablo de los escritores menores sino de los grandes, como Dante, Shakespeare y Cervantes. Saber de qué están históricamente envueltos, cuál es el proceso; pero tiene que sentarse en el mismo sitio del escritor para conocerlo, y cuando lo lea debe leerlo como a un amigo cercano...”. Y Bloom vuelve a suspender la idea un instante hasta encontrar las palabras: “Esa literatura, la canónica, que parece agonizar, es fundamental conocerla si queremos aprender a oír, a ver, a pensar... A sentir...”.

Lo expresa casi al final de la entrevista como una recomendación para dejar de “bordear el abismo cultural”. Es el reclamo de un hombre que siempre ha sostenido un duelo contra lo corriente; alguien para quien la literatura son las pulsaciones de su vida, que ha enseñado a amarla y en cuyo empeño pasó a ser uno de los críticos de referencia del último medio siglo, un relevo y respuesta a otros como el poeta T. S. Eliot (Lumen acaba de publicar sus críticas en La aventura sin fin). LECTOR

Todo viene de aquel niño que a los diez años empezó a leer poesía, a los 13 descubrió Macbeth, de Shakespeare, y, sin darse cuenta, se convirtió en un heredero de Longino, que propugna una ideología estética, y también en una especie de incentivador del espíritu agonista, del duelo dialéctico, en busca de...  ¡La belleza! ¡El arte! ¡Lo sublime!

Esa es su trinidad. Cómo descubrirlas y disfrutarlas serán las ideas que irán y vendrán durante el encuentro con este lector, crítico y docente octogenario a quien nunca le ha temblado la voz para convertirse en un canonizador. “Ahora más que nunca, en esta época paradójica de abundancia informativa y generadora de desinformación”. Y es ese, este momento, el que acoge su libro número 32, su gran legado como crítico literario: Anatomía de la influencia. La literatura como modo de vida (Taurus). Con este volumen, Bloom (Nueva York, 1930) cierra un círculo intelectual después de 44 años con un guiño a su primera obra: La ansiedad de la influencia; que ha coincidido con los 55 como docente de la Cátedra Sterling de Literatura de la Universidad de Yale.

Hijo de inmigrantes judíos de la Europa del Este, Harold Bloom está a pocos pasos de la calle Broadway. Manhattan es un susurro en su apartamento, al que viene de vez cuando desde su casa de New Haven, en Connecticut. Un apartamento con apenas libros a la vista, que no delatan a un autor de títulos como El canon occidental; Shakespeare. La invención de lo humano; Cómo leer y por qué y ¿Dónde se encuentra la sabiduría? Rodeado de tonos beis y camel, que favorecen una luz antigua, él empieza a hablar con su inglés pausado y transparente en la cabecera del comedor de madera. — Usted que siempre ha entablado un diálogo con los lectores, ¿cuál cree que debe ser la verdad de la crítica?

— Admiro al gran héroe que tengo en la literatura occidental y al que he querido ser igual desde que era niño: el señor Samuel Johnson. Lo leo cada semana. Él dice que la función de la crítica literaria es transformar la opinión en conocimiento.

— Me recuerda un pasaje de su libro: “Practicar la crítica propiamente dicha consiste en reflexionar poéticamente acerca del pensamiento poético”.

— Los poetas, los novelistas y los dramaturgos piensan a través de imágenes y metáforas, es un pensamiento figurativo. Nada en la literatura de Walt Whitman, por ejemplo, es real. Él utiliza metáforas como en la ficción y la ficción es lo supremo. Estoy escribiendo una obra teatral sobre Whitman y la dificultad es encontrar que los poetas estén por sí mismos... Básicamente, el problema es que eso es ficción. Los poetas utilizan un pensamiento figurativo para hablar. Si yo ahora quiero hacer crítica debería tener mucha sabiduría, mucha experiencia para poder acercarme a seres como Cervantes, Shakespeare, los grandes.

— Ha expresado su alarma sobre la situación de la crítica. ¿Cómo la ve hoy?

— Es reprobable porque se ha politizado, se ha mezclado lo académico y lo político. Ha surgido una especie de feminismo o racismo y lo que esto ha producido no es real. Lo que ha generado es la destrucción de la literatura en el mundo inglés porque las palabras que se escogen para enseñar o leer no son en base a criterios intelectuales, sino el color de la piel, la orientación sexual o el origen étnico. La llamada nueva crítica y el nuevo cinismo son cómplices inesperados.

— ¿Y fuera del mundo anglosajón?

— Estoy cansado de que me pregunten por otras personas, sólo ha generado problemas y peleas. El arte de la crítica literaria de nuestra época es, como digo en el libro, leer, releer, descubrir, evaluar, apreciar. Porque aunque la crítica no puede invertir el declive de la cultura podría dar testimonio de ella. Suplementos

Bloom chasquea la lengua y se disculpa porque tiene que caminar un poco. “Debo hacerlo cada 15 minutos por problemas de circulación en las piernas”. Se apoya en la mesa para levantarse, coge el caminador y avanza hasta adentrarse en las sombras de un pasillo del apartamento. Sólo se escucha el débil roce de sus pantuflas sobre el suelo. Hasta que regresa quejándose de la disminución de la crítica en la prensa.

— ¿Cuál considera que debe ser la labor de la prensa, los suplementos literarios y la crítica literaria en esta era de tanta información, potenciada por internet, que tiende a la desinformación?

— Le voy a contar un episodio: hace 10 años remodelaron el Museo Británico y me llamaron porque había un acto donde se iba a hablar de la manera como los computadores transformaban el libro. Entonces pregunté qué tenía yo que ver. Me dijeron que era para que defendiera el libro.

Mi respuesta fue que no había necesidad de defenderlo porque no era un dinosaurio extinguido. Aunque es verdad que hoy la desinformación no se distingue de la información. Lo que hay que hacer es cuestionar toda la información, venga de donde venga, porque los jóvenes son adictos a la televisión e internet y son prisioneros de esa realidad virtual. El exceso de la vida a través de tantas pantallas, televisión, computador, cine, móviles y demás, corre el riesgo de acabar con la posibilidad de inspiración y pensamiento. Hemos entrado en la magnificencia de la realidad virtual. Cervantes con el Quijote es un buen ejemplo de ello. Es una profecía que se está cumpliendo porque Sancho y él tenían realidades distintas.

— ¿Se requiere más que nunca de la crítica de referencia, de personas o medios que orienten y fomenten lo mejor?

— Sin duda. Es necesaria una referencia, pero, precisamente, hoy más que nunca es difícil hacerla. Pero no todo está perdido. Dejé la academia y elegí ser profesor para el público en general porque probé la teoría, mis libros están traducidos a más de 40 lenguas y recibo correos electrónicos de todo el mundo. En esa audiencia he comprobado que la gente tiene valor intelectual, quiere aprender. Quiere saber qué es lo bueno, retornar a los clásicos, porque esa literatura es necesaria si queremos aprender. Y yo he encontrado ese público en todos los países. A pesar de que los estudiantes van a la universidad con los profesores y encuentran muchas cosas, ellos han desechado todo eso porque es basura y han regresado a los pilares de la literatura para poder comprender lo que viene después. La literatura sublime transporta y engrandece a sus lectores.

— Pero lo sublime y lo estético no parecen vivir su mejor momento.

— En la vida aparecen caminos extraños y lugares extraños. Todavía hay muchos novelistas estadounidenses fieles a lo mejor del pasado. También los poetas como John Jasper, y hay dos o tres en cada país, que son realmente importantes. Pensaba que cuando terminara la carrera iba a tener que pelear para cambiar eso, pero me he dado cuenta de que he influido en muchos jóvenes en todo el mundo que han tenido el coraje y les he dicho por qué leer, cómo leer y qué leer. Un deseo que ha permitido la continuación de una tradición por el gusto literario. Es el trabajo de la ilusión de más altos ideales, encontrar el auténtico trabajo, la oportunidad de buscar y de establecer grandes estándares como los establecieron grandes escritores. Toda esa parte sensitiva los ayuda. ¡Hay que mantener a raya la muerte de la imaginación! Clásicos

Y tras explicar la necesidad de leer a los clásicos, Bloom se disculpa de nuevo. Se aleja escoltado por el ruido de sus pasos. A su regreso, manda por delante palabras entusiastas por otro libro que acaba de publicar, La escuela de Wallace Stevens (Vaso Roto), y los que está escribiendo: la obra sobre Walt Whitman, un estudio sobre cinco autores esenciales en la creación de su país (los poetas Emily Dickinson, Wallace Stevens, Whitman y Hart Crane, y el novelista Herman Melville) y sus ya legendarias memorias literarias.

— Le voy a mencionar a algunas de las personas que, según usted, más le han influido como crítico. Me gustaría que dijera algo de ellas [Bloom se sorprende y levanta la cabeza al tiempo que sus cejas pobladas se arquean expectantes]. Longino.

— [Sonríe, y su cara adquiere un discreto tono vivaz]. Es el comienzo real del criticismo, de lo que habrá de ser la crítica. Fue un crítico genuino. Longino es de lo que hemos estado hablando aquí todo el tiempo. Longino dice que necesitamos emular a los héroes, emular su propia grandeza y los retos para crecer como personas.

— Samuel Johnson.

— ¡Ah...! Él entendió mejor que ningún otro a Shakespeare. Mostró cómo poner la biografía y la crítica en otro nivel. Mostró cómo tener vida y trabajar en un sentido profundo e independiente cada uno. Pero, sobre todo, en algún sentido, mostró el uso de la literatura como forma de vida, de ahí el subtítulo de mi libro.

— Immanuel Kant.

— [Sonríe y cierra los ojos] ¡Ah...! Me influyó mucho y logró que me emancipara en la estética, la epistemología y la deconstrucción. En Crítica del juicio, Kant enfrenta al crítico, a la razón inteligente de la literatura y dice que tú no puedes estar solo con todo el trabajo, no puedes estar solo cuando pones en escena el drama de Shakespeare. Nuestras emociones son estética.

Y siguen más nombres que le despiertan una evocación de plácida alegría en espiral: Edmund Burke, Walter Pater, Kierkegaard, Gershon-Scholem, Emerson, Kenneth Burke, Sigmund Freud, La Biblia, Angus Fletcher: “Es el crítico canónico de mi generación”; Hart Crane (su primer amor poético): “Ah...”.

Es el Harold Bloom que ha intentado comunicar y enseñar a identificar la belleza y celebrar lo sublime de la literatura. Llega el momento de otro paseo por su casa, esta vez acompañado de sus reflexiones sobre el presente con una voz que va y viene, como oleaje: “Es un momento difícil para la gente... El gran problema es la educación... Si la gente es educada de manera adecuada, puede pensar, pero si la gente no es educada, no es posible que piense. Toda la vida he sido profesor, por eso sé que aquí no pensamos...”.

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