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‘La mariposa baila a cualquier son’

El 4 de febrero se presentó el número 21 de la revista ‘La Mariposa Mundial’; este texto se leyó en la oportunidad

La mariposa mundial. Foto: Takesi Fujishima

La mariposa mundial. Foto: Takesi Fujishima

La Razón (Edición Impresa) / Alan Castro Riveros - Escritor

00:00 / 16 de febrero de 2014

El número 21 de La Mariposa Mundial es uno de los más inquietantes dentro de esta colección que viene mariposeando desde hace 15 años. Digo inquietante, porque su hechura te apremia a revisar números pasados, no para buscar tal o cual texto, sino para adivinar los movimientos, volteretas y quiebres que han ido cosiendo como un sastre desquiciado la extraña unidad de esta revista. No por nada este número abre con la definición que Sainz de Robles hace de la palabra mariposear: variar, mudar, cambiar, tejer, destejer, volverse atrás, bailar a cualquier son.

En el número 21 está una de las obsesiones más tenaces de la revista: Jaime Saenz; pero también la menos pomposa: la traducción. Y es justo esta segunda persistencia medio oculta en las hojas de La Mariposa Mundial la que adquiere mayor brillo en el nuevo número, la que me hace volver atrás y bailar al son de un piano que parecía olvidado —por lo destartalado.

Después de la lectura de este número recordé textos de los primeros vuelos de la Mariposa: La obra continuada de Babel de Rodolfo Ortiz, Pautas para la presencia de cualquier ciudad en Rimbaud de Guillermo Bedregal o La personalidad de Villamil de Rada de Ismael Sotomayor. Aunque, sin duda, encontré mayor cantidad de ecos en el número 13/14: La traducción de la poesía de Yves Bonnefoy de Silvio Mattoni, Traducción de poesía, escrita por Yves Bonnefoy, Theseafarer de un anónimo anglosajón, Theseafarer de Ezra Pound, El navegante traducido por Borges y Kodama, Nota sobre la traducción de El navegante de Juan Cristóbal Mac Lean y El navegante traducido por Mac Lean, uno de nuestros traductores más serios, dicho sea de paso.

Si los anteriores números me recordaban siempre a cierto pasaje del manifiesto del primer número: la “búsqueda que urge resumir en un movimiento sutil: Ogaño-Antaño-Ogaño, cuya llave supina entreabre cierta apropiación de lo antiguo con cierta necesidad eternista” (N° 1), la nueva entrega me hace recordar el tercer elemento de La Mariposa Mundial, que además de revista es editorial, y cuenta con las colecciones que ya sabemos: Papeles de ogaño, Papeles de antaño y la otra: Papeles de argolla, una de las pocas —si no la única— colecciones de traducción boliviana, cuyo único título disponible es la Introducción al método de Leonardo da Vinci, de Paul Valéry, traducido por Moira Bailey y prologado por Silvio Mignano.

Y justamente ahí se posa la mariposa, entre dos papeles y una argolla, haciéndonos recordar su dinámica: “Al inevitable encantamiento de la mariposa precederá una dinámica: los afanes innúmeros por lo ilegible, en sincronía con la legibilidad de estos afanes” (N° 1). Di-ríamos que entre un ala de la mariposa y la otra hay un cuerpo hecho de humo, un cuerpo que quiere ser leído más como afán que como cuerpo.

Por eso, me voy a permitir leer la solapa del único título de Papeles de argolla, que nos hace conocer cuál es el sentir de La Mariposa Mundial con respecto a la traducción: “Leemos para atravesar una argolla. Escribimos traspasándola. En esos dos movimientos se cifra un tercero: la traducción. Aun en lo más insondable, transitamos desde una palabra que va hacia otra palabra —desde un papel que va hacia otro papel—, y en el centro de esa argolla solo humo también”. Es decir, tres movimientos: Leemos para atravesar, Escribimos traspasando y Ciframos un tercero: Lectura-Escritura-Traducción: Antaño-Ogaño-Argolla: Impulso-Travesía-Círculo.

Entonces, en este número 21, además de la persistente recuperación de la obra dispersa de Saenz, que nos trae curiosas fluorescencias como la Añexería anexa que se encontró colada en la última página del libro grande de Sotomayor en la biblioteca de Saenz, o la entrevista que le hace su amigo, el poeta Sergio Suárez Figueroa, cuya Obra poética, por cierto, está a punto de aparecer en los Papeles de Antaño. Además de los apóstoles o protestantes de Saenz que conversan o lanzan certeros botellazos en La Mariposa Mundial —que, cabe recordar, debe su nombre a esa escandalosa escena de la autobiografía llamada La piedra imán—; además de los parroquianos de ogaño o antaño, que por algo persisten en las páginas de esta revista, resplandece esa tercera cifra: la traducción. Y, por la libertad de asociación que siempre me permito, veo esta cifra en las manos o en el alma del pianista que toca un piano destartalado en la chingana de la calle Virrey Toledo, en esa traducción de alma a mano, de palabra a carne —pues el pianista toca con el alma aunque toque con la mano. Allí veo cifrada la traducción, en ese gesto del pianista en una jaula de alambre trenzado, resguardado de los botellazos mientras no se sepa si toca con el alma o con la mano.ARGOLLA. Cuando me pregunto cómo es posible que la traducción, en vez de ser el camino desde el alma hasta la mano (y viceversa), sea una argolla (más allá del círculo, del humo o de la cifra), recuerdo también esa pregunta que esboza la editorial del número 11 de La Mariposa Mundial (uno de los pocos números con editorial, por cierto), allí donde se habla del origen de la revista, del origen como futuridad y como nombre. La editorial nos recuerda que la chingana gigantesca llamada La Mariposa Mundial tenía su competencia, una chingana llamada El Gran Varón. Y dice así: “Hoy El Gran Varón atiende en las gradas que bajan a la Pérez Velasco y La Mariposa Mundial se transformó en una revista; aunque a tal transformación de germen en criatura se sumó el temible dilema —quinto pie del gato— de cómo hacer para meter el piano a la revista.    Meandros para advertir cuál la aguja que sostiene este hilo, pues en esta casa es regla revelar siempre algo que jamás revelará el misterio de un piano dentro de una revista.”

Y ahí podríamos dejar esta argolla, este ojal sin aguja ni hilo, para no invocar un botellazo. En todo caso, sabemos que en un texto traducido algo siempre se pierde, ya sea un piano o un botellazo.

Es por esa capacidad de autorreferencia a un afán que hasta ahora había pasado de puntitas por las páginas de la Global Lepidóptera (como alguna vez tradujeron Kent Johnson y Forrest Gander, traductores de Saenz al inglés), que se manifiesta un nuevo círculo en la publicación de la revista. No solo La Mariposa Mundial se compagina ahora a larga distancia, con referencias a un aquí y a un allá, sino que con su continua autorreferencialidad la revista está tejiendo la memoria de sí misma, y a eso ya puede llamársele una obra o un mundo o una mundialidad o una mundialidad mariposeadora o lo que nosotros traslademos de sus páginas a las nuestras.

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