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El mayordomo

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 11 de mayo de 2014

Entre 1957 y 1986, Eugene Allen —fallecido en 2010— fue mayordomo en la Casa Blanca, sirviendo y soportando a ocho presidentes. Su historia cobró cierto estado público a finales de los 90 gracias a un reportaje periodístico de modesta extensión y tímida repercusión, pero que de alguna manera llegó a conocimiento del director Lee Daniels (Precious, 2009; The Paperboy, 2012). Daniels, de origen afroamericano como Allen, se interesó en el asunto. El resultado es El mayordomo.

En torno a esta película la prensa especializada diverge radicalmente. Unos creyeron ver en el biopic de Cecil Gaines —el alter ego fílmico de Allen— una manera de volver desde un ángulo inédito a la historia de la pelea de los negros por sus derechos civiles. Otros, en cambio, la consideran “una abyecta manipulación de lugares comunes”. El mayordomo ofrece materia para una y otra ponderación, más para la segunda si somos francos.

Las dificultades comienzan cuando el guionista Strong y el director resuelven sobredramatizar la infancia del personaje, agregando a la verdadera historia de Allen episodios no vividos: la violación de su madre y el asesinato a tiros de su padre a manos del energúmeno dueño de la plantación algodonera.

Dichos episodios anteceden en la trama cinematográfica a la cuasi adopción del pequeño Cecile por la madre del homicida, quien exorciza su sentimiento de culpa mediante una meticulosa instrucción del huérfano en los secretos del buen mayordomo. El mayor secreto es la capacidad de pasar desapercibido, haciendo lo suyo a la perfección sin el menor afán de notoriedad.

Con aquella lección aprendida, Gaines pasa a servir en un hotel de cinco estrellas donde es reclutado por el encargado de personal del gobierno de Eisenhower. De allí en adelante desempeña su tarea con abnegación lindante con el servilismo rastrero. No le provoca malestar, por ejemplo, que en la Casa Blanca los negros no puedan hacer uso de los baños destinados a los funcionarios blancos, o que éstos reciban por el mismo trabajo un salario más alto. Y hasta se muestra bordeando la felicidad absoluta mientras lustra los zapatos del Sr. Presidente.

Tal entrega, a la que se suman largos horarios de trabajo, provocan conflictos al por mayor en el seno de la familia de Gaines. Su mujer se da al trago, amén de coquetear hasta el borde de la infidelidad con un amigo, mientras su hijo Louis —un personaje inventado— milita  en los sectores más radicales del movimiento negro por los derechos civiles: los Panteras Negras. La idea al introducir este personaje, me imagino, fue graficar dos maneras antagónicas de posicionarse de la “minoría negra” frente al estado de cosas. En el relato ésta es una segunda vertiente argumental. Sin embargo, la manera utilizada por Daniels para acercarse a una y otra establece una suerte de compartimentación que no beneficia la consistencia global de la película. No deja de hacer ruido, por ejemplo, la discordancia entre el engolado tratamiento visual de los ambientes de la Casa Blanca —que, además, lentifica innecesariamente la narración— y el modo de poner en imagen a los primeros mandatarios sobre cuyo hombro el cumplido sirviente atisba cómo se cocina la política sin hacerse notar nunca.

De los ocho presidentes, uno no es mencionado, dos aparecen en fragmentos de noticieros de época y para los otros cinco el director eligió actores de renombre cuyo parecido con los originales termina siendo el principal enigma de la película.

Los líos domésticos de Cecil tienen mucho mayor vuelo y aliento dramático, aunque no se aprovecha a fondo un posible hilo conductor que hubiese permitido mayor ahondamiento en el dilema de tantos ciudadanos negros: la sumisión y la pasividad, así fuera rencorosa, o jugarse el pellejo buscando cambiar las cosas.

Cuando finalmente Cecil resuelve desvestirse del carácter fantasmagórico asumido durante tres décadas y demanda un incremento salarial para él y sus compañeros al presidente Reagan para a renglón seguido dimitir, solo falta ya que un negro acceda a la Casa Blanca, lo cual efectivamente ocurrió en 2008 con Barack Obama. El episodio es utilizado en la película con el mismo sentido de oportunidad —oportunismo sospechan algunos— al de otros guiños desparramados a lo largo de la película que apuntan a los lagrimales del respetable antes que a las honduras que con pretencioso tono simula tener en la mira.

Señalé al comenzar las opiniones encontradas de los críticos en la valoración de El mayordomo. Paradigmático es en este sentido el montaje alterno utilizado por Daniels que pasa de la diligencia con la cual Gaines padre acomoda las sillas para un banquete protocolar a los palos recibido por Gaines Jr. y sus compinches por haberse atrevido a tomar asiento en un restaurante reservado a los blancos. Muestra de pericia narrativa para algunos, de recurso a la banalidad, al facilismo y a la demagogia para otros. Cada escena del film puede ser objeto de la misma lectura divergente.    

Finalmente, si El mayordomo no termina siendo un dramón descartable se debe sobre todo a la enorme versatilidad de Forest Whitaker, actor en muchos casos muy por encima de las películas que protagoniza. Destacable, asimismo, es la faena de Oprah Winfrey en el papel de la esposa. Técnicamente nada que objetar. Menos entendible es la involuntaria parodia de los discutibles clones de los personajes reales. Puede verse, en cambio, positivamente el intento de traer a ras de tierra figuras por lo general mediáticamente embalsamadas en vida: Eisenhower ordena movilizar sus tropas mientras pinta flores; Nixon es sorprendido en la cocina engullendo a escondidas comida basura; Johnson dicta instrucciones a su gabinete sentado en el inodoro; Reagan es casi un pelele digitado por su esposa Nancy. Sin embargo, dada la colisión de tono entre estos apuntes satíricos y la forma tan circunspecta de buena parte del metraje, aparenta ser una salida de madre circunstancial y no una elección coherente con la intención última de la producción, afectada en último análisis por su falta de coherencia en formas y sentidos.

Ficha técnica

Título original: The Butler. Dirección: Lee Daniels. Guión:  Danny Strong. Fotografía: Andrew Dunn. Montaje: Brian A. Kates,  Joe Klotz. Música: Rodrigo Leão. Producción: Horatio Bacon, Julia Barry,  Len Blavatnik,  Charles Sauveur Bonan. Intérpretes:  Forest Whitaker,  David Banner,  Michael Rainey Jr., LaJessie Smith,  Mariah Carey,  Alex Pettyfer,  Vanessa Redgrave,  Aml Ameen,  Clarence Williams III, John P. Fertitta. EEUU /2013.

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