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La mecha que prendió el ‘boom’ latinoamericano

Carmen Balcells, la representante que facilitó a Vargas Llosa o García Márquez dedicarse a la literatura, falleció a los 85 años

principios. Desde la izquierda, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells, José Donoso y el cineasta Ricardo Muñoz Suay. Foto: elconfidencial.com

principios. Desde la izquierda, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells, José Donoso y el cineasta Ricardo Muñoz Suay. Foto: elconfidencial.com

La Razón (Edición Impresa) / Carles Geli - El País

00:00 / 27 de septiembre de 2015

Yo soy un diamante en bruto, soy una lectora pedestre, una analfabeta”, solía decir de sí misma. Nada más alejado de la realidad: era otra de las calculadas argucias que pergeñó a lo largo de las casi seis décadas durante las que construyó su agencia literaria, de las más potentes del mundo y que cambió para siempre la situación de inferioridad del escritor en el mercado editorial. Fue, sin duda, la artífice del boom literario latinoamericano al proteger a entonces semidesconocidos como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa para que se preocuparan solo por escribir. Apasionada, discreta y contradictoria, la española Carmen Balcells tenía razón en una cosa: era dura como el diamante, lo que explica que estuviera hiperactiva y al frente de su imperio literario hasta el domingo, cuando falleció a los 85 años.

Todo lo que fue lo apuntaba ya de pequeña, mayor de cuatro hermanos criados en las curtidoras y áridas tierras de Santa Fe de Segarra (Cataluña) donde nació en 1930, en una familia modesta, de un padre inculto, pero de una inteligencia que ella heredó, y de una madre refinada que la obligó a estudiar peritaje mercantil —se graduó llena de matrículas de honor en 1949— por si se arruinaban. Por eso trabajó de secretaria de un gremio textil.

Entonces recibió la visita de un empresario brasileño que quería hallar un editor en portugués. Así conoció al escritor rumano Vintila Horia, que tenía una agencia literaria en Madrid. Ella le haría la representación en Barcelona. Cuando el escritor ganó el premio Goncourt y se instaló en París (1960) se quedó con su cartera de autores y se instaló por su cuenta. La relación con el poeta Jaume Ferran le permitió ver la literatura por otro lado: la entonces seminal editorial Seix Barral, de los Carlos Barral, Josep María Castellet, Jaime Salinas y, sobre todo Joan Petit, “la persona de la que más aprendí en mi vida, junto, años después, a Nélida Piñón, vital para mi formación intelectual y para mi confianza”, confesaba.

El mito se forjó pronto: tras estudiar como una entomóloga el sector editorial, vio un campo prácticamente virgen si se ponía a defender los intereses de los escritores. En especial los de aquellos en los que ella encontraba valía literaria y no podían dedicar todas sus energías a escribir por tener que preocuparse de cuestiones materiales. Así captaría a su último premio Nobel, Mario Vargas Llosa: leyéndole, yendo a buscarle a Londres y prestándole de su bolsillo los $us 500 que necesitaba al mes para dedicarse tan solo a escribir y a acabar una novela, que sería Conversación en la Catedral. Se ganó así una amistad de acero y para siempre.

El escaso dominio del inglés la abocó a leer todo lo que pudo en castellano, y en especial de escritores de América Latina, por donde en 1965 hizo un periplo contactando con la mayoría de los que luego conformarían el boom. Una mina. Ahí conoció a Gabriel García Márquez, con unos inicios no muy prometedores: cuando, ufana, le dijo que le había conseguido un acuerdo con la norteamericana Harper & Row para que publicara en inglés por 1.000 dólares, el autor colombiano le espetó: “Es un contrato de mierda”.

pionera. Parecía conseguirlo todo: desde folios para que escribieran, a colegios para sus hijos y organizar fiestas de aniversario, pasando por buscar médicos especialistas o incluso adelantar un préstamo para que Ana María Matute pudiera comprarse un piso. Pero no solo era cuestión de necesidades cotidianas: Balcells fue una pionera en la defensa del autor e implantó las cláusulas de cesión de derechos por tiempo limitado, a partir de derechos electrónicos, o por adaptaciones al cine o al teatro o televisión. Los editores, con razón, la temían.

Lo podía controlar todo porque lo anotaba en unos cuadernos de hojas amarillas cuadriculadas. Esa misma inquietud y afán la llevó a fundar en los setenta RBA, hoy una gran editorial en España y Latinoamérica. Luego optó por quedarse solo con su agencia y sus autores, haciendo de “Mamá Grande”, como éstos la bautizaron parafraseando a Gabo. Y creó una superagencia que llegó a tener cuarenta trabajadores. La nómina de a los que ayudó supera el centenar de nombres y tiene seis Nobel: García Márquez, Vargas Llosa, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, además de Julio Cortázar o Manuel Vázquez Montalbán. Este equipo fue su mayor gloria y, últimamente, su pesadilla, pues sobre él acechaban los competidores.

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