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Lo mejor de mi vida

La robustez de las interpretaciones evita el naufragio total de un drama que se acerca demasiado a los patrones de las telenovelas.

Russell Crowe en el film 'Fathers - Daughters'

Russell Crowe en el film 'Fathers - Daughters'

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 12 de febrero de 2017

A lo largo de su historia el cine norteamericano —y, mal que le pese a Mr. Trump, todos los ámbitos de actividad en aquellos lares— se nutrió de talentos procedentes de distintas latitudes tentados por ese El Dorado del siglo XX. Los reclutados pueden agruparse de manera un tanto gruesa en dos grupos: los que mudaron de lugar de trabajo llevando consigo estilos, sensibilidades, visiones propias y los otros, que dejaron en casa todo equipaje personal para cuadrarse a los modos de su flamante morada.

El aporte de los primeros resultó esencial para el cine como herramienta expresiva y ventana abierta al mundo y/o a la intimidad de las gentes. Los segundos se beneficiaron individualmente, pero la huella por ellos dejada tuvo opinable durabilidad. Podría ejemplificarse el fenómeno echando mano de una lista sin fin. Baste empero decir que no fue equivalente el legado de Lubitsch, Wilder o Hitchcock que el de Schünzel, Verhoeven, Emmerich o González Iñárritu, así algunos de estos últimos hubiesen puesto su cuota al engorde de la taquilla. Pero eso es agua de otro pozo.

En la nutrida nómina de cooptados recientes figura el italiano Gabriele Muccino (Roma, 1967), cuyo trampolín hacia el otro lado del océano fueron El último beso (2001) y Ricordati di me (2003), dos títulos de relativa repercusión en festivales del viejo mundo. Una vez desembarcado en el nuevo anduvo tentando suerte hasta conseguir dos dianas de boletería: En busca de la felicidad (2006), y Siete almas (2008) —ambas protagonizadas por Will Smith— donde ya explayó, con modesta fortuna creativa, su predilección por los sufridos dramas en torno a padres e hijos. También su inclinación a pulsar, sin la siempre recomendable contención, la tecla del lagrimón fácil.

Jake Davis es un exitoso escritor, con un Pulitzer en la alforja y una familia, aparentemente pura armonía. Las cosas toman un impensado rumbo cuando al regreso en coche de un acto social brota la discusión de pareja sobre infidelidades pretéritas. Jake se distrae un momento, suficiente para provocar tremenda colisión que le cuesta la vida a su esposa. La tercera es Katie, la pequeña hija y ahora huérfana de madre.

De allí en adelante la relación paterno filial semeja puro amor, pero no está exenta de sobresaltos. Especialmente debido a la secuela dejada por el accidente en Jake, una psicosis maniaco depresiva causante de convulsiones que lo obligan a internarse durante siete meses en un sanatorio especializado. Durante ese tiempo la pequeña queda al cuidado de sus tíos, cuyas torcidas personalidades la película intenta compendiar en dos frases: “tengo más dinero que Dios”, apostrofa él. “Los hombres pueden sobrevivir sin amor, nosotras no”, sentencia ella, réplica misógina que no pinta tanto a quién la pronuncia como a las flaquezas de la trama y al embuste de su fingida sintonía con las heridas existenciales de sus criaturas, cosificadas en realidad.

Los tíos, los malos de la película, entablan, cada uno atendiendo a sus propias perversas intenciones, una demanda judicial reclamando la tenencia de la niña con el argumento de la falta de recursos y de salud de Jake.

El relato bascula entre los pormenores de la infancia de Katie y los desequilibrios emocionales vigentes 25 años más tarde, cuando ha devenido en eficiente psicóloga y asistente social, incapaz empero de poner en orden su propio comportamiento. En particular su bloqueo para anudar cualquier vínculo sentimental estable, déficit mal paliado mediante autodestructivos y circunstanciales encontronazos sexuales con quien y donde sea, los cuales ahondan su perplejidad y sentido de culpa.

Todo tiene origen en las magulladuras del ayer, en la basura bajo la alfombra de aquel simulacro de felicidad. De alegorizar los titubeos presentes se encarga el relato mediante la figura de Lucy —el otro yo de la protagonista— esa enigmática niña atrincherada en un mutismo infranqueable desde el día de la muerte de su madre.

Las idas y venidas de la infancia a la madurez o viceversa, las dos líneas temporales y narrativas paralelas, están manejadas con loable sentido del corte y la fluidez y, si bien una sustantiva tajada del mérito le toca al montajista Álex Rodríguez, resulta evidenciable que Muccino es un perspicaz artesano de la escritura fílmica con estimable dominio de la técnica. De eso mismo dan constancia la acertada elaboración figurativa, la criteriosa planificación de los movimientos de cámara y el manejo adecuado de los tiempos. También su prescindencia de los manidos subrayados musicales para enfatizar el tono emotivo de los momentos “fuertes” del drama.

Muccino es un pastelero sabedor de las recetas para conseguir un trabajo apetecible. Solo se le va la mano, y se trata de un despiste fatal, en la cantidad de azúcar adecuada para no volver intragable el pastel, pues en el balance final Lo mejor de mi vida es un drama que se ladea demasiado a menudo hacia los patrones telenovelescos. Está armado a manera de un rompecabezas hecho de varios microdramas entremezclados en estricto apego al menú tópico de siempre.

Semejante procedimiento resolutivo acaba por develar la desconfianza —¿del guionista?, ¿del realizador?, ¿de ambos?— en la facultad del espectador para desentrañar los variados interrogantes vitales que pudieron —debieron— quedar flotando. Al punto que una pregunta salta al final, y queda sin respuesta ¿qué sentido tiene tanto esfuerzo técnico por redondear una obra fluida para luego desbaratarlo todo en los tres minutos finales con una trivial bajada de telón?

Si la película, pese a sus valores técnicos, no naufraga del todo en la puerilidad melodramática —sumando el detestable y cada vez más usual doblaje a las trampas del guión y a los acentos equivocados del tratamiento— puede agradecérselo a la robustez de las interpretaciones de Russel Crowe, lejos ya del fortachón Gladiador; de Amanda Seyfried en Katie adulta; de Diane Kruger (la sinuosa tía). Aporta lo suyo Jane Fonda como editora de Jake y, desde luego, la revelación es la pequeña Kylie Rogers.

Ficha técnica

Título original: Fathers & Daughters.

Dirección: Gabriele Muccino.

Guion: Brad Desch.

Fotografía: Shane Hurlbut.

Montaje: Álex Rodríguez.

Diseño: Daniel B. Clancy.

Arte: Gregory A. Weimerskirch.

Efectos: Rosario Barbera,  Jake Hays.

Producción: Nicolas Chartier, Sherryl Clark.

Intérpretes: Russell Crowe, Amanda Seyfried, Aaron Paul, Diane Kruger, Quvenzhané Wallis, Bruce Greenwood. ITALIA-USA/2015.

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