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Los mellizos del Illimani

SIGO XIX. La Paz vista por Melchor María Mercado al promediar el siglo XIX. Es el escenario de los relatos  de Gorriti.

SIGO XIX. La Paz vista por Melchor María Mercado al promediar el siglo XIX. Es el escenario de los relatos de Gorriti.

Juana Manuela Gorriti

00:00 / 18 de diciembre de 2011

Eran dos; y en efecto, se les hubiera creído gemelos. Sin embargo, Álvarez y Loayza eran sólo amigos.

Pero amigos, con esa amistad de la infancia, lazo más fuerte que el parentesco y que el amor.

Hijos de dos familias unidas por una larga vecindad, nacidos en un mismo día, meciolos la misma cuna, y de ella bajaron asidos de las manos para recorrer los senderos de la vida.

Juntos entraron en la escuela; juntos lloraron ante el terrible problema del alfabeto; juntos atravesaron el monótono espacio que se extiende desde el Ba hasta el Zun. Juntos hicieron las primeras travesuras, y juntos recibieron los condignos palmetazos. Juntos dejaron la miga para pasar al colegio; y juntos se rellenaron de griego y de latín; juntos hicieron su entrada en el mundo; juntos corrieron la vida borrascosa de solteros, y juntos pidieron, obtuvieron y recibieron en matrimonio a dos buenas mozas, amadas con idéntico amor, y con igual entusiasmo.

Pero, ¡ay! que aquí esa doble existencia se bifurcó de una manera dolorosa para aquellos dos corazones fundidos en uno solo.

Las esposas se rebelaron contra esa amistad llevada al terreno de lo sublime; creyéronse defraudadas en sus derechos al amor que contaran monopolizar; y la mujer de Álvarez miró de reojo a Loayza; y la mujer de Loayza dio a Álvarez con la puerta en las narices.

Pero ellos estaban demasiado habituados a esta vida de intimidad inalterable, para resignarse a romperla; y si el hogar del uno estaba vedado al otro, la ciudad les ofrecía su larga alameda, sombrosa y perfumada, donde los dos amigos pasaban largas horas entregados a las encantadas reminiscencias del pasado.

Vestidos con la rigurosa igualdad que usaron desde la infancia hasta la vejez, bajo cuya apariencia los presentamos, cubría sus hombros una capa española de color turquí, que contrastaba singularmente con sus cabelleras blancas de largos y plateados bucles.

Cada tarde a la hora del crepúsculo, cuando el sol se oculta, y que el sacro monte a cuya falda se extiende la opulenta Chuquiago, hace resplandecer en el éter la nieve de sus ventisqueros, y cambia en azul el rojo violado de su granítico pie, veíase aparecer al mismo tiempo a los dos amigos, el uno atravesando el puente de Socabaya, el otro descendiendo la calle de Cochabambinos, reunirse bajo el arco de la alameda, estrecharse las manos y desaparecer juntos entre la fronda de los rosales.

En las pláticas de aquellos solitarios paseos, el presente y el porvenir estaban proscritos.

—¿Te acuerdas? –decía el uno, señalando el vuelo de una ave en busca de su nido.

—¿Te acuerdas? –decía el otro, escuchando a lo lejos las dolientes notas de un yaraví.

Y Álvarez dirigía una mirada de temor hacia la calle de Chirinos; y Loayza otra de miedo hacia la plaza de San Francisco.

Un día, Álvarez esperó en vano a su amigo: Loayza no vino; y Álvarez regresó a su casa, quebrantado el corazón, y el alma llena de lúgubres presentimientos. ¿Cómo saber lo que había sido de Loayza? Álvarez estaba desterrado de la morada de su amigo; y el nombre de éste proscrito en su casa.

Y la ausencia de Loayza se prolongaba, y una terrible inquietud se apoderaba de Álvarez, inquietud que se aumentaba con la extraña alegría, que se pintaba en el semblante de su mujer.

Álvarez fue a vagar en torno a la casa de su amigo, y pasó ante su puerta.

El patio estaba lleno de gente arrodillada en la actitud de la plegaria.

Álvarez, con el corazón palpitante y la voz trémula, preguntó lo que aquello significaba.

— El dueño de esta casa está moribundo y le administran los sacramentos –le respondieron.

Álvarez cayó como herido del rayo, y fue conducido a su casa privado de conocimiento.

Tres días después, dos féretros ocupaban lo alto de un catafalco, levantado en el templo de la Merced; y algunas horas más tarde, la puerta del cementerio se abría para recibir los restos de aquellos que no habían querido separarse ni en la muerte, y que eran llamados los mellizos del Illimani por sus capas azules y sus nevadas cabelleras.

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