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La memoria de la selva

‘Siringa’, de Juan Bautista Coímbra, se adelantó por décadas al realismo mágico y explica un periodo fundamental de la historia de Bolivia.

Juan Bautista Coímbra

Juan Bautista Coímbra

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho - escritor

00:00 / 28 de mayo de 2017

En los primeros años de la década de los 70 yo era un adolescente con ganas de descubrir el mundo a través de la literatura y mi padre, Antonio Carvalho Urey, escritor y periodista, me aconsejó leer a los autores del boom latinoamericano. Quedé fascinado con esa escritura maravillosa. Un día me dijo: “Ahora tienes que leer a uno de los nuestros y me entregó un ejemplar de Siringa, de Juan Bautista Coímbra”. Leer esta obra fue descubrir literariamente mi ser amazónico convocado por un extraordinario escritor.

Juan Bautista Coímbra Cuéllar nació en Santa Cruz en 1878 y murió en Cachuela Esperanza, Beni, en 1942; fue un notable escritor y periodista que, al decir de Fabián Vaca Chávez, también hizo las veces de historiador y geógrafo. Coímbra llegó a Beni en 1896 y, en poco tiempo, después de realizar varios trabajos, se hizo con su propia imprenta en Baures, en la que publicaba el periódico El Porvenir. Imagínense no más, un periódico, en un pequeño pueblo perdido en la Amazonía, lejos, muy lejos del Estado. Coímbra redactaba los editoriales, las notas periodísticas y los reportajes; además de escribir poemas que luego serían reunidos en un volumen titulado Selváticas.

“Siringa ha sido una sorpresa y una revelación”, afirma Vaca Díez en el prólogo que escribió para la edición de 1942 y yo lo suscribo plenamente. Es una obra deslumbrante, en la que se muestra un escritor maduro, experto, con un castellano castizo equilibrado con las palabras nativas que enriquecieron a la lengua ibérica; Coímbra escribe con esmero, su adjetivación es adecuada y su capital léxico es evidente. En la narración incluso alcanza hitos poéticos:

“Anocheció. El piélago agitado acentuó su rumor de tromba. Impelidos por furioso vendaval, empezaron a moverse velozmente los islotes en un espectáculo grandioso y complejo de ceguera cósmica…”

Leer Siringa fue para mí acompañar a su autor en un viaje delirante, escucharlo contar la crónica de su vida, despertar en la selva e ir descubriendo sus misterios, sus sueños vegetales, sus delirios míticos, sus arrebatos salvajes y la miseria humana que siempre acompaña todo proceso de conquista. Porque eso fue lo que sucedió con la explotación de la goma elástica y eso es lo que, en el fondo, narra Coímbra. El autor, nacido en la más española de las ciudades bolivianas, cree que junto a otros cruceños tienen el deber de “desencantar la tierra”, como lo afirmó Ñuflo de Chávez al fundarla. Parten al “territorio de colonias” a colonizar, es decir a civilizar. De alguna manera los cruceños vieron en Moxos la prolongación del sueño colonial heredado de sus antepasados españoles; el caucho se convirtió en la quimera del oro, en El Dorado, y partieron en su búsqueda. Siringa es la crónica de esa aventura.

Un dato curioso: en la Feria Internacional del Libro de La Habana encontré un libro que buscaba desde hacía varios años: Amazonía, el río tiene voces, de Ana Pizarro, Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada 2011. Pizarro es una reconocida investigadora chilena y su libro me era necesario para continuar mis investigaciones acerca de la literatura en la Amazonía boliviana, que vengo realizando como un legado de mi padre.

El libro está concebido como una expedición, en la que la autora se interna en la región amazónica con un mapa de navegación descubriendo sus formas culturales y su construcción discursiva. Pizarro nos va narrando la estética de la selva y la oralidad mitológica de este espacio de encantos y desencantos. En el segundo capítulo se ocupa de las “Crónicas de viajes de conquistadores y naturalistas”, especialmente de Carvajal y la expedición de Orellana; Lope de Aguirre contra Dios y contra el Rey, Acuña y el viaje de Texeira, así como de la imaginería europea que bautiza al río Amazonas.

En el capítulo tres llega a la época de la goma y se encuentra con las voces del “seringal”, en sus lógicas y desgarramientos amazónicos. Nos habla de los barones de la goma y, por supuesto, de Nicolás Suárez, de Bolivia, y de Julio César Arana, de Perú, en lo que vendría a ser una especie de gesta civilizadora. En este proceso, pleno de leyendas negras, se da la presencia activa de intelectuales y escritores citados por la autora. Sin embargo, en el caso de Bolivia es notable la ausencia de Juan B. Coímbra y su novela Siringa, fundamental para comprender este periodo nacional.

Muchos críticos no consideran a Siringa como una novela, sin darse cuenta de que la novela es el género literario que lo consiente todo y que nadie puede decirle a un autor cómo se debe escribir. En este caso, creo que esta novela se adelanta con décadas al realismo mágico y por su calidad estética y literaria, así como por su contenido social y político, la propuse para que la incluyan entre las 15 novelas fundamentales de Bolivia; sin embargo, los criterios mezquinos pudieron más y quedó fuera de la lista. Lo que no ha evitado que siga siendo considerada una de las mejores novelas de la selva, mejor que Canaima, de Rómulo Gallegos, y La vorágine, de José Eustasio Rivera. Así lo han expresado autores como Fernando Díez de Medina, Porfirio Díaz Machicado, Augusto Guzmán y otros prestigiosos escritores, críticos y literatos.

A través de la lectura de Siringa podemos comprender un periodo de la historia de Bolivia que muy pocos conocen, tanto en su importancia económica como en su consecuencias sociales y políticas. Poco se ha hablado en nuestro país de que la riqueza que generó la goma pagando impuestos en Villa Bella, en Beni, fue el ciclo económico intermedio entre la plata de Potosí y el estaño de Oruro. Durante muchos años la goma sostuvo al Estado boliviano e incluso financió la Guerra del Acre y, también, la Guerra del Chaco.

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