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La merced denegada

Cervantes intentó pero no logró instalarse en América, y gracias a ello creó a Don Quijote, el personaje que influyó determinantemente en la cultura universal y en unos pocos y selectos artistas bolivianos

aniversario. El viernes se cumplieron 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, ocurrida el 22 de abril de 1616.

aniversario. El viernes se cumplieron 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, ocurrida el 22 de abril de 1616.

La Razón (Edición Impresa) / Dora Cajías - historiadora

00:00 / 25 de abril de 2016

Cuando en 1590 Miguel de Cervantes Saavedra recibió una negativa expresada en los rotundos términos “busque por acá en qué se le haga merced” debió sentir enorme frustración porque se trataba de un segundo intento solicitando un empleo en las Indias a cambio de los servicios prestados a la corona. El memorial adjunto a una “brillante hoja de servicios” no fue suficiente para convencer a Felipe II. Como dice Martín de Riquer: “Gracias a ello tenemos el Quijote, pues si Cervantes llega a establecerse en América seguramente no hubiera escrito su genial novela”.

Los originales de ambas solicitudes, fechadas en 1582 y 1590, respectivamente, se exhiben —entre otros valiosos documentos— en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, en una exposición abierta hace unos meses: Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016). No hay, por lo tanto, una evidencia histórica que confirme la versión cuyo origen desconozco y que circuló en Bolivia, desde siempre: Miguel de Cervantes habría solicitado una vacante en el cargo de corregidor de la ciudad de La Paz.

Lo cierto es que Cervantes no estuvo nunca en América y menos en esta ciudad, pero ni bien se publicó la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en 1605 partieron a nuestro continente cientos de ejemplares y con ellos se inició el “culto cervantino” que, sin embargo, y como pasó en casi todas las tierras hispanohablantes, desplazó al autor para resaltar por encima de él a su criatura literaria. Por varios siglos Cervantes quedó sumido en una imagen misteriosa que alimentaba el mito de un hombre de talante aventurero, de poca fortuna, de mediocre crédito literario pero con un halo heroico proveniente de su intervención en la batalla de Lepanto. Por su parte, el propio Cervantes añadía mayor enigma cuando se refería asimismo como “más versado en desdichas que en versos”.

A principios del siglo XX, los considerados “insignes cervantistas” españoles como Clemencín, Menéndez Pelayo, Unamuno y Menéndez Pidal, entre otros, volcaron su interés en estudiar la novela de Don Quijote y, a través de ella, a su autor. Medio siglo después, Luis Astrana Martín publicó los seis tomos de su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes con una visión considerada algo romántica pero que sumó información a las investigaciones ya mencionadas.

En Bolivia se conocieron esos textos pero —como pasó durante la Colonia, cuando llegaron los ejemplares del Quijote, y como sucede hoy mismo— su repercusión alcanza solo a una minoría letrada. La población de La Paz, por ejemplo, está familiarizada con el nombre de Miguel de Cervantes porque lo reconoce en espacios públicos como una calle, una estatua de una plaza o un colegio pero me atrevo a suponer que muy pocos hayan leído su inmortal Don Quijote y ni siquiera las novelas ejemplares que, hasta hace unos años, figuraban en los programas escolares.

En las aulas de la Universidad Mayor de San Andrés —vale decir en la única carrera de Literatura que existe en Bolivia— hasta donde yo sé, se dictan cursos sobre literatura española con énfasis en la obra de Miguel de Cervantes. Por su parte, la Academia Boliviana de la Lengua participó en la edición especial del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha que se difundió en 2005 y que fue resultado del esfuerzo que la Real Academia Española viene haciendo, especialmente desde el siglo XIX, para difundir la obra cervantina entre un público mayor. La serie de Quijotes pintada por Solón Romero y los textos de Adolfo Mier Rivas, El Quijote de la Cancha y de Gastón Suárez, Las aventuras de Miguelín Quijano son, entre otros, un ejemplo de la vigencia de ese personaje también en el arte.

Pero, sin duda, y de manera mucho más sutil, la novela El otro gallo de Jorge Suárez es la que privilegia un trabajo sobre la ficción que sugiere un homenaje a Cervantes y su famoso personaje. El Bandido de la Sierra Negra evoca al caballero de la Sierra Morena y así como las fantasías de Don Quijote obligan a los demás personajes, desde Sancho Panza hasta el cura o el ventero, a compartir, a vivir la ficción, a disfrazarse, a teatralizar, a sustituir la realidad por la imaginación y el artificio; del mismo modo en la novela de Suárez, Benicia, Don Carmelo y el profesor Saucedo aceptan seguir el juego propuesto por el Bandido. La actitud de ambos personajes es ingenuamente heroica y al rebelarse contra el orden de las cosas, contra su mundo cotidiano, instauran un código de honor personal y por lo tanto bastante arbitrario para establecer quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos y cuál es el ideal al que van dedicadas todas sus hazañas.

Lamentablemente y pese a lo dicho, Cervantes y el Quijote son, en nuestro medio, poco conocidos y estudiados. Un ámbito muy reducido los ha desentrañado y disfrutado pero los más repiten, como cajas de resonancia, algunos refranes, lugares comunes y simplismos que denotan un conocimiento superficial.

Miguel de Cervantes sintió que no era justo el que se le negara la merced que solicitaba y permaneció con su azarosa vida en España. Por suerte para la humanidad, porque años después empezó la escritura del texto más universal de la lengua española, de la novela más traducida de la literatura de todos los tiempos, aunque él, fiel a su talante, solo comentó al respecto de su escritura: “El ver mucho y leer mucho aviva el ingenio de los hombres”.

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