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Los mexicanos y el Cervantes

Las 40 versiones del Cervantes se dividen matemáticamente: 20 España; 20 hispanoamérica 

Poniatowska • La flamante Premio Miguel de Cervantes.

Poniatowska • La flamante Premio Miguel de Cervantes.

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 24 de noviembre de 2013

Un extraño criterio de equidad rige de facto el Premio Miguel de Cervantes (al que siempre se lo anuncia como el Premio Nobel de las letras en lengua española). De las 40 veces que se lo entregó —desde que fue creado en 1976—, 20 fueron para España y 20 para los países latinoamericanos. Matemáticamente, miti y miti. Salvo que España es un solo país y los países latinoamericanos en los que se habla la lengua de Cervantes son —si el cálculo no me falla— por lo menos 19.     

Este año, el premio le tocó a una escritora de esta orilla del Atlántico: la mexicana Elena Poniatowska. Los escritores mexicanos son, entre los hispanoamericanos, los que más veces han recibido el Cervantes. El primero fue Octavio Paz, en 1981. Después le tocó a Carlos Fuentes (1987) y más adelante a Sergio Pitol (1993) y a  José Emilio Pacheco (2009).

A México le siguen en este ranking Argentina con tres premiados (Jorge Luis Borges en 1979, Adolfo Bioy Casares en 1990 y Juan Gelman en 2007) y Cuba y Chile con tres cada uno. Por Cuba: Alejo Carpentier (el primer Premio Cervantes en 1976), Dulce María Loynaz en 1992 y el exiliado Guillermo Cabrera Infante en 1997. Por Chile lo recibieron Jorge Edwards (1999), Gonzalo Rojas (2003) y, el más lindo de todos, Nicanor Parra (2011).

Pero volvamos a México. Paz —quien también recibió el Premio Nobel en 1990— es probablemente el escritor mexicano más importante del siglo XX. Fuentes fue un incansable novelista que fatigó las prensas —con suerte decreciente según pasaban los años— prácticamente hasta el último día de su vida y aún más allá. Cuando dio su último suspiro tenía dos o tres novelas listas para la imprenta. Pitol es la rara avis de la literatura mexicana. Nadie duda que es un buen narrador, pero lo íntimamente suyo es un género anfibio que él mismo inventó: una mezcla muy grata de libro de memorias, de ensayo literario, de esbozo autobiográfico y de crítica. Pacheco, muy a la mexicana, encarna la doble figura del hombre de letras —erudito y universal como Alfonso Reyes— y del poeta civil, es decir de aquel que no deja de atormentarse por el destino de la humanidad y, muy especialmente, de la humanidad mexicana.

Poniatowska es una novelista eficiente pero no de gran vuelo. En ella —quiero creer— se reconoce más bien un género de larguísima tradición en México: la crónica. Y en esas faenas es una maestra. Los que son acaso sus dos mejores libros —con los que ingresó además al mundo de la literatura en 1969— responden a la pulsión narrativa más elemental: el deseo de contar. La noche de Tatlelolco es la crónica por definición de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968 en la plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México. Y Hasta no verte Jesús mío es una novela sobre la vida de una soldadera de la Revolución Mexicana pero elaborada sobre la base del testimonio grabado de la protagonista, Jesusa Palancares.

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