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La última morada

Reproducimos un capítulo de ‘Libro de rastros’, que explora la vida diaria, familiar y religiosa de una señora.

Foto: wordpress.com

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La Razón (Edición Impresa) / Óscar García

13:34 / 22 de febrero de 2016

Es la que va, toda de morado, con un cordón blanco en medio de la barriga, como huminta mal amarrada, a rezar a uno de los varios señores que miran hacia el suelo con profundo dolor. Va a pedirle perdón de cualquier cosa y una oportunidad más para el cónyuge en la institución estatal. Se golpea el pecho variadas veces y hablando de dientes para adentro niega varias veces con la cabeza, cerrando los ojos. Es un misterio y llama a la curiosidad saber de qué se queja tanto.

La señora de morado tiene un grupo de señoras de morado y alguno que otro color tristeza. Todas toman té y saben hacer queque de naranja, amén de pintar esporádicamente cosas hechas de porcelana. A veces van a la peluquería y al matrimonio de una sobrina. Gritan a la imilla con razón o sin ella, aman al gato o lo detestan. Una alergia de por medio hace su trabajo en la piel o en las vías respiratorias, justifican la ingesta de pastillas de todo calibre. Las visitas al médico, las largas horas quejumbrosas con licor de menta de por medio. Las señoras de morado no son todas iguales, circulan de sur a norte y de este a oeste. Nadie sabe en verdad a dónde van con tanta paciencia. Al cielo, dicen algunas gentes. Al mercado, desdicen otras.

Se destacan entre el resto de los tristes que caminan agachados. No hay muchos agachados de morado.

Algunas señoras de morado hubieran querido conocer el mar, otras el amor. A unas se les dio, a otras nada.

Para algunas señoras de morado la vida da lo mismo que la no vida. Circulan como almas en pena pidiendo por los hijos y las hermanas, por los tíos y por la dulcera de la esquina. Por el perro de la puerta. Por el presidente de la República.

Las señoras de morado, no todas, hubieran querido bailar tango y aparecer en la página cultural del Excelsior. Una que otra se moría por tocar el piano como la señorita Vera y por cantar tan alto como Luzmila.

Les molesta no saber casi nada de química y disimulan cuando hay que ayudar en la tarea de inglés al niño mimado de la casa. Se las suele ver dando instrucciones al hombre que arregla inodoros, apuntando el problema con el dedo índice y con leve cara de asco. Tienen, sin embargo, la marca del oficio de pelar papas durante incontables años. Por eso sus comidas tienen sello, tienen firma. Tienen frecuencia de fin de semana. Es decir, trabajan en la casa cuando el resto del planeta descansa.

Se espantan las señoras de morado de ver tanta pelada en la tele, tanta violencia. Qué barbaridad diciendo se retiran a su cuarto. Su cuarto queda al lado del cuarto del esposo. En contadas ocasiones se sumerge el cónyuge por un resquicio de la puerta. Y se hace silencio y se aguanta la respiración, todos los autos se ponen de acuerdo para callar sus motores y los perros respetuosamente se entran a dormir. En el ropero espera el vestido morado y su pita blanca, los santos también esperan quietos en la iglesia.

Las señoras de morado se resignan y aman de calladas al esposo, respiran hondo y cada mañana vuelven a vivir aspergando la acera a primera hora, escuchando el paisaje sonoro sin chistar.

(*) Ócar García es músico.

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