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La muerte de seres queridos

El escritor toma su propia experiencia para ahondar en el sentido de las pérdidas.

La Razón / Mabel Franco - periodista

00:00 / 08 de julio de 2012

Luis Mateo Díez, cuentista y novelista español, quiso cambiar de género para hablar de la muerte. Dos experiencias próximas a él, a su familia, han movido su reflexión acerca de las pérdidas de seres queridos y cómo éstas afectan a quienes se quedan. 

El relato, personal, íntimo, se relaciona con dos muertes separadas por meses apenas. El 12 de diciembre de 2007 parte, por voluntad propia, la sobrina del autor. El 14 de mayo de 2008 fallece la cuñada, víctima de un cáncer fulminante.

¿Qué hace que el lector, que muy probablemente ni siquiera conoce al autor ni de nombre, siga con la lectura hasta la última página? Pues, quizás, el sentimiento de ser parte no de algo ajeno sino de una   realidad que toca o tocará a todos, sin excepción. Y, seguramente, el oficio de un escritor que sabe cómo contar.

El dolor de la muerte. El misterio que sigue siendo para los vivos. La vida que se pone en trance ante el desenlace para el cual, no importa lo que pase, de todas maneras no se está listo. En esto explora Luis Mateo Díez en un texto breve que ha titulado Azul serenidad o la muerte de los seres queridos.

La muerte, como está dicho, es el motivo del relato, aunque es la vida la que al final destaca. En virtud de esto, Charo, la cuñada, cobra presencia, seguramente para muchos lectores reconocible, por ese su valor ante el diagnóstico fatal: ella, a quien Luis Mateo Díez recuerda serena, dulce, inteligente, es quien consuela a la familia. Y Sonia, la sobrina, “la niña que era el regalo que todos habíamos recibido”, está ahí, con su fuerza, sus ganas de comerse el mundo; pero también con el peso de una enfermedad —que no se especifica— que la fue sumiendo en la soledad.

La fotografía, profesión de Sonia, es un elemento al que recurre el autor, en una especie de epílogo visual, para ensayar una interpretación de cómo veía el mundo esa mujer, qué sentía, qué pasaba por su mente. Niños, vecinos de la fotógrafa, asoman en esas imágenes: traviesos, curiosos, vivos. Y en esos rostros también está ella.

Como dice Luis Mateo Díez, el libro no está hecho para profundizar en el dolor, más bien para buscar consuelo. Azul serenidad o la muerte de los seres queridos. Punto de Lectura, editorial Santillana, 2011

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